Liderazgo escalable en sistemas complejos

por | May 17, 2026

Por Luis Huete | ¿Por qué fracasa la descentralización? Más autonomía no siempre produce mejores decisiones. Las organizaciones necesitan tres condiciones clave antes de distribuir el poder.


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Durante los últimos años, muchas organizaciones han intentado resolver un mismo problema: cómo operar con mayor velocidad en entornos cada vez más complejos. La respuesta más extendida ha sido impulsar modelos de descentralización, reducir capas jerárquicas y trasladar la toma de decisiones hacia los equipos más cercanos a la operación. La lógica parece difícil de cuestionar. Si la información está distribuida y la realidad cambia rápidamente, parece razonable pensar que la decisión también lo esté.

Sin embargo, la experiencia acumulada en múltiples sectores muestra un patrón recurrente. Muchas de estas transformaciones no producen organizaciones más ágiles, sino sistemas más fragmentados, más difíciles de coordinar y, en última instancia, más dependientes de intervenciones constantes desde el centro. La autonomía, en lugar de resolver el problema, parece amplificarlo.

La explicación habitual suele centrarse en factores como la cultura, el liderazgo o la preparación de los equipos. Se argumenta que la autonomía no funciona porque las personas no están listas para asumirla o porque la organización no ha desarrollado aún la madurez necesaria. Aunque estos elementos son relevantes, resultan insuficientes para explicar la naturaleza del problema.

La dificultad es más estructural

La autonomía no es una propiedad organizativa que pueda introducirse directamente mediante cambios de diseño o declaraciones culturales. Es una capacidad sistémica que solo emerge cuando ciertas condiciones están presentes de manera simultánea.

Para entender esta dinámica, resulta útil observar la relación entre dos variables que suelen confundirse: el nivel de autonomía de un sistema y su capacidad interna para sostenerla. Si ambas dimensiones se representan de forma conjunta, no solo aparecen distintos estados organizativos, sino también las trayectorias a través de las cuales las organizaciones evolucionan cuando intentan descentralizar la toma de decisiones.

Figura 1. Relación entre autonomía organizativa y capacidad sistémica. La autonomía no genera por sí misma la capacidad necesaria para sostenerla; tiende a hacer visibles sus límites. Las organizaciones pueden evolucionar hacia modelos más distribuidos a través de trayectorias estructuradas (primero se construye capacidad, después se escala autonomía) o de trayectorias adaptativas (mediante procesos de aprendizaje que implican fases iniciales de fragmentación).

Como muestra la figura, no todas las configuraciones organizativas responden al mismo tipo de lógica. En entornos de baja autonomía y baja capacidad predominan estructuras burocráticas con escasa calidad de decisión, mientras que el aumento de autonomía sin una base suficiente suele derivar en fragmentación. Sin embargo, esta fragmentación no siempre es disfuncional. En determinados contextos, puede actuar como una fase de aprendizaje en la que el sistema desarrolla, a través de la fricción, los mecanismos necesarios para alinear decisiones distribuidas.

El modelo también permite observar dos trayectorias habituales. Algunas organizaciones avanzan de forma más estructurada, desarrollando primero capacidad antes de escalar la autonomía. Otras recorren un camino más desordenado, en el que la descentralización inicial genera incoherencias que, con el tiempo, fuerzan la construcción de criterios compartidos y mecanismos de coordinación. En ambos casos, la autonomía real solo emerge cuando el sistema es capaz de sostenerla sin depender de la intervención constante del centro.

Este enfoque permite reformular el problema de fondo. Incrementar la autonomía no garantiza mejores decisiones si el sistema no ha desarrollado previamente (o no es capaz de desarrollar durante el proceso) las capacidades que permiten que esas decisiones sean coherentes entre sí.

No obstante, en la práctica, la relación entre autonomía y capacidad no es estrictamente lineal. Muchas organizaciones desarrollan parte de esa capacidad precisamente a través de la fricción que genera la autonomía inicial. Equipos que toman decisiones imperfectas, conflictos que emergen entre unidades o interpretaciones divergentes de la estrategia pueden actuar como mecanismos de aprendizaje colectivo. El desorden inicial no siempre es un fallo; en ocasiones, es una fase necesaria de adaptación. El problema no es la existencia de ese desajuste, sino la incapacidad del sistema para aprender de él y convertirlo en criterio compartido.

¿Cómo se construye un sistema autónomo?

La pregunta relevante deja entonces de ser cómo diseñar estructuras más ágiles y pasa a ser cómo construir las condiciones que permiten sostener la autonomía sin que el sistema se degrade. En la práctica, estas condiciones se articulan en torno a tres dimensiones fundamentales.

La primera es cognitiva. Las organizaciones que operan con autonomía real han desarrollado un lenguaje común y marcos compartidos para interpretar problemas complejos. No se trata de homogeneizar decisiones, sino de alinear la forma en que se analizan y se priorizan.

La segunda es política. A medida que la decisión se distribuye, también lo hace el poder. Sin mecanismos que alineen incentivos y regulen la interacción entre unidades, la descentralización tiende a amplificar agendas locales y conflictos de interés.

Pero esta dimensión no se limita al diseño formal del sistema. En la práctica, se manifiesta en cómo las personas toman decisiones cuando están sometidas a presión por resultados, incertidumbre o riesgo personal. Es en ese momento (no en el diseño) donde el sistema se pone realmente a prueba. Muchas organizaciones descubren entonces que, aunque han cambiado la estructura, no han cambiado el criterio desde el que se decide.

Además, en algunos casos, la descentralización es solo aparente. La organización declara autonomía, pero mantiene mecanismos de control implícitos. La decisión parece distribuida, pero el poder sigue concentrado. En estos contextos, el problema no es solo de diseño, sino de ambigüedad en la intención.

La tercera es operativa. Incluso cuando existe criterio compartido y un equilibrio razonable de poder, la organización necesita mecanismos que permitan coordinarse sin recurrir constantemente al centro. Ritmos, procesos y puntos de conexión que actúen como sistema nervioso del conjunto.

Cuando estas tres dimensiones se desarrollan de manera coherente, la autonomía deja de ser un ideal aspiracional y se convierte en una propiedad emergente del sistema. Las decisiones fluyen con mayor naturalidad, los conflictos se resuelven sin escalar sistemáticamente y la coherencia estratégica se mantiene sin supervisión constante.

En última instancia, la autonomía organizativa no es solo una cuestión de capacidad, sino de coherencia. La capacidad permite decidir; la coherencia permite que esas decisiones encajen.

En entornos complejos, la escalabilidad del liderazgo ya no depende de la capacidad de un centro para tomar más decisiones, sino de la capacidad del sistema para producir más decisores capaces de actuar con coherencia.

Referencias

Siggelkow, N., y C. Terwiesch. “When to Decentralize Decision Making, and When Not To.” Harvard Business Review, 2017.

Lee, M. Y., y A. C. Edmondson. “Self-Managing Organizations: Exploring the Limits of Less-Hierarchical Organizing.” Research in Organizational Behavior, 2017.

Kotter, J. P. Power and Influence: Beyond Formal Authority. New York: Free Press, 1985.

Pfeffer, J. Power in Organizations. Marshfield, MA: Pitman, 1981.

U.S. Army. Mission Command: Command and Control of Army Forces.

U.S. Air Force. Mission Command, AFDP 1-1, 2023.

Luis Huete

Luis Huete lleva más de cuatro décadas en la primera línea del management internacional. Profesor de IESE Business School desde 1982, ha trabajado con comités de dirección de más de 800 empresas en 70 países, acompañando decisiones que definen el rumbo de organizaciones enteras. Su enfoque combina estrategia, liderazgo y ejecución: tres palancas que, según Huete, solo funcionan cuando la parte mecánica y la humana avanzan juntas. Autor de doce libros y doctor por Boston University, es hoy una de las voces más influyentes en el debate sobre cómo se lidera en entornos complejos.

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