Brooklyn Beckham podrá decidir en diciembre qué hacer con su marca. Su caso, y la biología del pulpo, explican por qué tantos relevos en la empresa familiar acaban dañando el legado de los padres.
Por Laura Celeste Karina Sali Pérez Nikitchuk, CEO de The White Rabbit | En diciembre se abre una puerta que lleva diez años cerrada con candado. Según ha publicado Forbes, la marca registrada con el nombre de Brooklyn Beckham ha permanecido todo este tiempo bajo una cláusula que la vinculaba a la estructura empresarial de sus padres. Cuando venza, el primogénito podrá decidir si sigue creciendo dentro de la marca familiar o si empieza a construir la suya propia.
Siguiendo la noticia me acordé del pulpo. La hembra de este animal, uno de los más inteligentes del océano, deja de comer mientras custodia sus huevos. Lo da todo por ellos. Y cuando las crías eclosionan, su propio organismo activa un proceso que acaba con su vida.
El legado Beckham
Pocas familias han cuidado sus huevos con tanta dedicación como los Beckham. David y Victoria llevan casi tres décadas convirtiendo su apellido en un activo: el futbolista, la cantante, el matrimonio, los hijos, cada etapa gestionada con precisión de agencia. La lista de The Sunday Times valoró este año la fortuna familiar en unos 1.300 millones de libras. El patrimonio más valioso de la familia, sin embargo, escapa a cualquier lista: su capital de marca, lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamó capital simbólico. La confianza, el reconocimiento y la capacidad de que un apellido signifique algo concreto en la cabeza de millones de personas.
Ese capital se construye como la madre pulpo cuida la puesta: a costa de uno mismo. Victoria lo sabe bien. Su firma de moda pasó años acumulando pérdidas antes de alcanzar beneficios estables, una recuperación que hoy se cita como caso de estudio. Nada de eso se improvisa ni se hereda por decreto.
Ahora llega la eclosión. Y con ella, el riesgo que los Beckham comparten con miles de empresas familiares, también en España, donde según el Informe de Empresa Familiar 2026 de KPMG el 43% de estas compañías siguen gestionadas por la propia familia. Cuando la siguiente generación entra en escena, lo habitual es que traiga ideas nuevas, otro tono, otro público, otra estética. Las intenciones suelen ser buenas. Pero basta una falta de cuidado con la marca heredada para que la reputación que los padres tardaron décadas en levantar se resienta en unos meses: un cambio de nombre precipitado, una colaboración que no encaja, una polémica que salpica al apellido. En el pulpo, son las crías quienes, con su sola llegada, acaban con la madre. En la empresa familiar ocurre algo muy parecido: la nueva identidad ocupa todo el espacio, el mensaje se confunde y el capital simbólico se evapora.
Los hijos acaban matando la marca de sus padres sin haberlo pretendido nunca
Brooklyn ilustra bien esa tensión. Ha probado suerte como fotógrafo, como cocinero mediático y como emprendedor, siempre bajo la sombra, y el paraguas, de un apellido que le abre todas las puertas y a la vez lo define todo. Su relación pública con sus padres ha ocupado no pocos titulares. Cada paso que da dentro de la marca Beckham obliga a la marca Beckham a explicar de nuevo quién es.
Por eso desconfío del mantra de “renovarse o morir”. En demasiados relevos, una renovación mal capitaneada es precisamente la forma más rápida de morir.
Las crías del pulpo, en cambio, nacen solas. No heredan madriguera ni territorio: se buscan la vida desde el primer día. Quizá ahí esté la lección más útil para los Beckham y para cualquier familia empresaria. A veces el mejor servicio que un hijo puede prestar al legado de sus padres es no heredar su marca. Fundar su propio proyecto, con su propio nombre y sus propios errores, y dejar que la marca familiar siga viva en manos de quien sepa cuidarla. Lo que sale caro es el término medio: usar el apellido del padre como incubadora de la idea del hijo y que el legado muera en la eclosión.
Renovarse sin devorarse es posible
Hay especies de pulpo que han resuelto el problema. El pulpo rayado mayor del Pacífico comparte madriguera con su pareja y se reproduce varias veces a lo largo de su vida sin que eso le cueste la existencia. Renovarse sin devorarse es posible, y casi siempre empieza por la misma decisión: antes de tocar el nombre, el logotipo o el relato, hacer inventario de lo que la marca significa para quienes la compran, la recomiendan y la defienden. Ese inventario debería formar parte del protocolo familiar con el mismo rango que el reparto de acciones.
En diciembre, Brooklyn Beckham tendrá la llave de esa puerta. La madre pulpo no tiene elección. Las familias empresarias, sí.







