Por Elena Carrascosa | El pensador catalán presentó en Madrid sus 100 aforismos sobre liderazgo humanista y management. Bastaron unas pocas palabras para lo que años de management no consiguen: hacerte repensar desde el principio.
Rafael pintó La escuela de Atenas entre 1509 y 1511. En esa obra cumbre del Renacimiento italiano, Platón señala al cielo con el dedo y Aristóteles extiende la mano hacia la tierra. Dos maneras de entender el saber, dos formas de liderar la conversación intelectual de una época, todo en un gesto. Sin un solo folio de texto. Pocos siglos después, alguien especializado en el quattrocento italiano llegó al management y trajo consigo exactamente esa misma convicción: que lo esencial cabe en poco espacio.
Xavier Marcet, historiador del arte, articulista de La Vanguardia y uno de los pensadores de management humanista más sólidos del panorama español, presentó el pasado mes de mayo su nuevo libro —100 aforismos sobre liderazgo y management humanista, ilustrado precisamente con ese fresco de Rafael— en el Espacio Fundación Telefónica de la Gran Vía de Madrid, durante la gala del 30 aniversario de Marlex. Cien frases. Cien pequeñas explosiones de sentido.
Una sola frase puede cambia todo
Entre los cien asistentes al acto, cada uno recibió un aforismo. En mi caso, fue el siguiente: «Líderes sencillos: para sofisticar sirve cualquiera». En siete palabras, un desmontaje perfecto de años de culto corporativo a la complejidad ornamental.
Pero Marcet fue más allá. Confesó que esa misma fuerza reveladora le obligó a reescribir Esquivar la mediocridad, actualmente en su 26ª edición. La frase: «La mediocridad es una elección». No un destino, ni una circunstancia. Una elección. Este giro convierte la mediocridad en algo de lo que uno es enteramente responsable. Para un CEO que lleva meses cargando con decisiones que no tienen respuesta correcta, eso no es solo un aforismo. Es un espejo.
De hecho, el poder de los aforismos siempre ha residido en eso: no explican la realidad, te la devuelven girada. Marco Aurelio llenaba sus Meditaciones con frases que cualquier directivo de hoy podría revisitar y seguirían siendo vigentes. Pascal le escribió a un amigo una carta larguísima y la terminó pidiendo disculpas: «No tuve tiempo de escribirte una carta corta». La brevedad, como reconoce el propio Marcet en su obra, «es una muestra de respeto a los demás y requiere invertir bastante tiempo en convertirla en algo prolífico y brillante». En otras palabras: la sencillez es la forma más exigente de inteligencia.
El liderazgo europeo como modelo de equilibrio
Marcet cerró el acto con el aforismo número 100, y no era suyo: era de su madre. «Sin pasión, no pasa nada. Sin compasión, no somos nada.» Ahí está todo el management humanista, sin un solo anglicismo. Como recordaba Carmen Bustos, fundadora de Soulsight, en una conversación reciente: «Tu prójimo es tu próximo». Una forma de nombrar la compasión sin que suene a autoayuda.
Esta convicción atraviesa su pensamiento desde hace años. En un Desayuno Canal CEO celebrado en Barcelona en 2024, ya exponía esta tesis: «Incomprensiblemente hemos hecho seguidismo, en Europa, de un modelo que no es el nuestro. Necesitamos crear un modelo europeo de management. Europa es equilibrio». Entre resultados y personas. Entre crecimiento y sentido. Entre urgencia y perspectiva.
Este modelo europeo supone una propuesta estratégica. Cuando Marcet analiza el ecosistema emprendedor y señala las 2.000 empresas de capital riesgo de San Francisco frente a la lógica pública de muchos entornos europeos, no lo hace para lamentarse, sino para señalar el error de imitar sin infraestructura. La clave, dice, pasa por un emprendimiento «que tenga la sensatez de orientarse más rápidamente al cliente». Y a pesar del diagnóstico crítico, lanza lo que él mismo llama «brotes de esperanza».
Lo que cabe en una frase
Las organizaciones que Marcet admira no son las más sofisticadas, sino las que «respiran autenticidad», las que procuran el mínimo hueco posible entre su discurso y sus prácticas. Las que, en definitiva, han elegido no ser mediocres. Y en esa lógica, un aforismo no es un remate bonito. Es una palanca.
Rafael tardó dos años en pintar La escuela de Atenas. Marcet lleva décadas destilando ideas hasta dejarlas en una sola frase. Lo que tienen en común: sabían exactamente qué dejar fuera.









