Un CEO no necesita levantar la voz para hacer pequeño a su equipo: le basta con guardar la llave. Dickens dibujó a los dos tipos de jefe en un mismo libro, y Chesterton dejó la frase para distinguirlos
Quince chelines a la semana, una mujer y unos hijos que mantener, y un jefe que guarda el carbón bajo llave en su propia habitación. Cada vez que el escribiente se acerca con la pala, el jefe anuncia que tendrán que separarse. Así presenta Charles Dickens, en Cuento de Navidad (1843), a Ebenezer Scrooge y a su empleado Bob Cratchit.
Ni látigo ni villano de folletín: solo un jefe con la llave del carbón y un empleado que depende de ella, una escena de despacho que cualquier CEO podría reconocer como patrón de lideraz. Y es la que mejor ilustra la frase que Gilbert Keith Chesterton dejó en el estudio dedicado al novelista, publicado en 1906: la distinción entre el gran hombre que hace sentir pequeños a los demás y el que consigue que todos se sientan grandes. Dickens murió en 1870 y no pudo leerla. Pero ya la había dibujado.
Un niño que miraba desde abajo
Dickens conocía ese ángulo de visión. En 1824, con su padre encerrado por deudas en la prisión de Marshalsea, él, que tenía unos doce años, fue a trabajar a una fábrica de betún en Hungerford Market. Caminaba unos seis kilómetros en cada sentido entre la fábrica y su alojamiento, y los domingos visitaba a su padre. Fue una etapa breve y, aun así, la guardó casi como un secreto: según The Victorian Web, solo habló de ello con su mujer y con su amigo John Forster.
No hace falta forzar la biografía para intuir de dónde le viene la puntería. Quien ha mirado un despacho desde abajo, siendo un niño, sabe cuánto pesa un jefe: su humor al entrar, su forma de decir buenos días, el cajón que abre o que deja cerrado.
El otro jefe del mismo libro
Pero Cuento de Navidad guarda un segundo jefe. El fantasma de las Navidades pasadas lleva a Scrooge hasta su antiguo patrón, el señor Fezziwig, que da un baile a sus aprendices hasta que el reloj marca las once. La fiesta le ha costado unas pocas libras, tres o cuatro quizá, apunta el fantasma. Scrooge responde que el poder de un jefe consiste en hacer el trabajo ligero o pesado, un placer o una carga, y que ese poder vive en palabras y gestos tan menudos que es imposible sumarlos. Lo dice el mismo hombre que guarda el carbón bajo llave.
Todo el que dirige guarda alguna llave: la de la palabra en el comité, la del reconocimiento, la de la información. Puede abrirla o mantenerla cerrada, y casi nunca cuesta dinero. De hecho, empequeñecer sale gratis y es casi automático, mientras que agrandar exige intención y magnanimidad. Hablar el último en la mesa, preguntar antes de opinar, nombrar a cada persona por su aportación concreta: esas son las tres o cuatro libras de Fezziwig.
Ya viejo, Scrooge recuerda hasta el nombre de Dick Wilkins, su compañero de aprendizaje, que le tenía mucho cariño. Cuando tu equipo salga hoy de tu reunión, ¿llevará consigo algo más grande que cuando entró?







