Emociones que nos unen con todo

Pino  Bethencourt |  18 de enero de 2015

Érase una vez, hace muchos miles de años, apareció en la Tierra una nueva especie llamada Homo Sapiens. Nadie sabe muy bien cómo aparecieron, pero esta tribu tenía algo especial que no tenía ningún otro animal o ser vivo del planeta. Estos primeros pueblos humanos vivían en unión permanente entre sí y con la Naturaleza, hasta que emprendieron un viaje de auto-superación que los convirtió en los amos del mundo. Tuvieron grandes aventuras y construyeron mil maravillas. Pero perdieron su capacidad para unirse con el todo, y empezaron a sentirse solos e incompletos.

En Filipino la expresión “Sama-Sama” significa juntos, unidos en el todo. En japonés hay una expresión que suena igual y que alude a sentirse agradecido, e incluso hay quien la define como bienvenidos. Bienvenidos, juntos, unidos y agradecidos. Esto es lo que pretende lograr el espectáculo Sama-Sama que arrancó su gira mundial en Madrid antes de Navidades.

Porque en Sama-Sama el espectáculo es el espectador. Varios millones de euros y muchos meses de trabajo con los mejores profesionales expertos en ritmo, música, baile y tecnología acústica y visual se han invertido en crear una experiencia de cuento. Sama-Sama recrea aquello que los humanos hemos perdido hace tanto tiempo que ya no sabemos cómo recuperarlo. Se trata de volver a hacer lo que siempre hicieron los Homo Sapiens desde su aparición: bailar, cantar, moverse y tocar sincronizados en el mismo ritmo, unidos en una misma armonía que lo une todo.

El reto para los ciudadanos modernos del siglo XXI, sin embargo, es la desconexión. Nos es mucho más fácil salirnos –o sentirnos fuera – del movimiento que integrarnos plenamente en él. Y es que ya no sabemos cómo dejarnos unir por la emoción. De ahí nuestros desaguisados en política, empresa, familia, y casi todo lo que tocamos últimamente. ¡Hay que ver cómo está el patio este arranque de año! ¡Dan ganas de cerrar el periódico y apagar la televisión!

Y es que cuando nos metemos en cualquier grupo de personas empiezan a aflorar emociones que estábamos intentando no sentir. Sobre todo nos estresamos mucho porque sube algo tenso en nuestro cuerpo que nos incomoda. De modo que respiramos menos aire, endurecemos el cuerpo y nos refugiamos en nuestra mente, en la que hacemos una larga lista sobre lo que no nos gusta: “No me cae bien el de al lado. No me gusta lo que dice este otro. No me gusta la temperatura ambiente. No me gusta esta música. No me gusta el plan estratégico. No me gustan las sillas que nos han puesto. No me gusta el clima que hace hoy. Etc, etc, etc”

Frente a la subida de cualquier sensación o emoción incómoda nos ponemos duros e intelectualmente negativos. Nos bloqueamos frente a las oleadas de energía que recorren nuestro cuerpo con cosquilleos, tensiones musculares cambiantes, pulsaciones y contracciones internas, variaciones de temperatura, o incluso vibraciones en la voz y temblores diversos.

O nos escapamos: Bebemos alcohol para coger un ‘puntillo’ que nos separe de estas sensaciones estresantes, o fumamos y comemos más de la cuenta para centrar nuestra atención en otra cosa. Nos evadimos con elaborados planes estratégicos, series de televisión y películas, libros fantásticos y juegos electrónicos sin fin. Los móviles y sus miles de vídeos, fotitos y bromitas han invadido nuestras mesas de tal modo que es difícil hablar de algo real como lo que sentimos en este momento sobre las personas a las que más queremos.

Disfrutaríamos como enanos si fuésemos capaces de aflojar el cuerpo, agrandar la respiración y fluir con todas esas sensaciones caóticas, impredecibles y sorprendentes que nos suben por dentro al cantar, bailar y hacer música con otras personas. Volveríamos a sentirnos bienvenidos, juntos, unidos y agradecidos con todos los demás al entrar en el espectáculo Sama-Sama. Volveríamos a participar en exactamente los mismos rituales de unión, danza, canto y percusión que empleaban todas las tribus primitivas de todos los rincones del mundo desde que aparecimos en el mapa.

Si dejásemos de temer instintivamente a las emociones dejaríamos de tener tantos problemas de desmotivación en las empresas. Dejaríamos de tener tantas empresas sin alma ni sentido real y emocionante. Hemos fabricado una sociedad llena de soledad y contaminación en las grandes ciudades, con millones de personas peleándose en los atascos para llegar a trabajos que no les hacen sentir nada, y sólo sirven para pagar las facturas de cosas que tampoco las emocionan tanto como esperaban. Si pensásemos menos y sintiésemos más, sólo trabajaríamos en aquello que nos hiciese sentir Sama-Sama: bienvenidos, juntos, unidos y agradecidos.

Las emociones son la sal de la vida. Sin ellas la vida no sabe a nada. Y una vida sin sabor no es más que muerte viviente. Tenemos que recuperar aquello que perdimos al hacernos tan listos y tecnológicamente avanzados, aunque solos e incompletos.

Todos los animales mamíferos dedican todo su tiempo libre a jugar, chuparse, acicalarse mutuamente, retarse y reforzar sus vínculos entre sí. Instintivamente refuerzan la pertenencia, la jerarquía y la reciprocidad para que cuando salgan a cazar, o ser cazados, consigan el mejor resultado posible para la manada. En los humanos este comportamiento evolucionó hacia los abrazos y cariños a nivel íntimo y familiar, y hacia los rituales de canto, baile, y percusión a nivel tribal. Era esencial bailar y cantar todos juntos para reforzar los vínculos, la pertenencia, la jerarquía y la reciprocidad. Sin pensar ni maquinar. Sólo fluir y sentir.

En el fondo Sama-Sama ha recuperado un ritual esencial para la supervivencia de la especie humana y, lo más importante, para la placentera vivencia de sentirnos bienvenidos, juntos, unidos y agradecidos. Os animo a todos a probarlo con familia, amigos o compañeros de trabajo.

Cada vez que os sintáis desconectados, o duros, o en plena lista mental de cosas que no os gustan, pegad una gran respiración profunda y aflojad el cuerpo con un poco de bailoteo. Observad lo fácil que os resulta desconectaros y lo difícil que es seguir disfrutando como enanos, ¡literalmente!: los niños no paran quietos en todo el espectáculo.

Y luego hablad sobre lo que sentisteis. Escribid sobre los momentos de desconexión, estrés o aburrimiento. Compartid con otros cómo fueron los momentos de ritmo plenamente conectado. Incluso dejad que surjan los miedos, las penas o las rabias que quizás quisieron salir pero no supieron cómo. Para poder sentir las emociones buenas hay que dejar salir también las malas.

No es que Sama-Sama vaya a transformar vuestras vidas de un día para otro. ¡Ojalá! No. Lo que hace esta experiencia es señalarnos el camino de un modo instintivo y profundo, en el lenguaje que mejor entienden el corazón y el cuerpo humano: el movimiento y la emoción.

Luego os toca a vosotros seguir buscando esos momentos de conexión en el trabajo, en casa y con los amigos. Os bastará con hacer lo mismo que hicisteis durante el Sama-Sama: aflojar el cuerpo, respirar profundo, y dejar que se mueva la emoción de nuevo. Poco a poco haréis sentir a los demás bienvenidos, juntos, unidos y agradecidos cuando están con vosotros. Y francamente, no se me ocurre mejor definición de un líder que alguien capaz de hacer esto.