Por María José Sánchez Yago I Te propongo ocho pasos para mostrar tu mejor versión en una conversación no fácil; es decir, para ser claro, valiente y cuidadoso.
¿Te suenan esas conversaciones que sabemos que conviene tener, pero que nos remueven por dentro? Esas en las que algo importante está en juego: una decisión clave, un conflicto enquistado, una verdad que ya no cabe debajo de la alfombra. No son solo son momentos incómodos: son momentos de liderazgo, momentos de verdad. A lo largo de más de veinte años acompañando a líderes he comprobado algo: no se trata de aprender una técnica, sino de que te entrenes para mostrar tu mejor versión justo cuando más la necesitas.
Te propongo ocho pasos para ser claro, valiente y cuidadoso:
- Empieza por tu intención
Antes de pensar en argumentos, párate y pregúntate: “¿Para qué, de verdad, quiero tener esta conversación?” Una buena intención no va de “echar la bronca” ni de “ganar” al otro, sino de transformar la realidad para mejor. Si en tu equipo hay roces, por ejemplo, puedes ir desde un enfoque mandón (“poner orden y que cada uno haga lo suyo”) hacia intenciones más potentes, como “alinear al equipo para colaborar con claridad y confianza” o “clarificar, aprender juntos y tomar decisiones”.
2. Ponle nombre a lo que sientes
Las conversaciones no fáciles no solo se piensan, se sienten. Tal vez estás enfadado, triste, tenso o, al contrario, tranquilo y con buena sensación. Mírate con honestidad, como quien se observa en un espejo. Si tu “espejo” está empañado, toma distancia: sal a caminar, haz deporte, desconecta un momento. Pregúntate: ¿qué sentí en mi última conversación difícil?, ¿qué siento ahora?, ¿cómo quiero sentirme cuando acabe esta conversación? Dar nombre a tus emociones es un acto de coraje.
3. Distingue hechos de opiniones
El tercer paso es identificar los hechos relevantes, no una lista interminable de detalles. Menos, es más. Piensa en dos tipos de hechos: los que describen la situación de forma objetiva y los que muestran su impacto. En el caso de una bajada de desempeño, por ejemplo, los hechos podrían ser el retraso claro en un proyecto estratégico y su impacto económico y de confianza. Pregúntate: “¿Qué es estrictamente necesario compartir para orientar la conversación?”.
“No solo importa qué quieres lograr, sino cómo quieres que quede la relación al terminar. Ese es tu objetivo estratégico emocional”.
4. Decide de qué no vas a hablar
Tan importante como tu foco es lo que eliges no abordar. ¿En qué “jardines” no quieres meterte? ¿De qué temas no vas a hablar en esa conversación, bajo ningún concepto? Anticípalo y prepara estrategias de salida: “Este tema es tan importante que prefiero dedicarle un espacio específico” o “esta conversación es para construir entre tú y yo; si vamos a hablar de otras personas, mejor invitarles”. Esto protege la calidad de la conversación y también la relación.
5. Define tu objetivo racional
A partir de ahí, concreta qué quieres que pase en la conversación: tu objetivo estratégico racional. A diferencia de la intención, que depende solo de ti, el objetivo dependerá también del otro. Exprésalo como uno, dos o tres bullets muy sencillos: “Que mi colaborador tome conciencia de su bajada de desempeño”, “que se tome una decisión para desatascar el proyecto X”, “que mi jefe me autorice a…”. Cuanto más claro, más fácil será conducir la conversación hacia ahí.
6. Cuida también el objetivo emocional
No solo importa qué quieres lograr, sino cómo quieres que quede la relación al terminar. Ese es tu objetivo estratégico emocional. Quizá busques reforzar la confianza, aumentar el vínculo o consolidar tu credibilidad. Puedes combinar ambos planos: “Que mi colaborador tome conciencia de su bajada de desempeño y sienta mi apoyo para crecer” o “que se tome una decisión, y que todos se sientan copartícipes de ella”. Tus emociones, bien gestionadas, son parte de la estrategia.
“El estado con el que entras en la conversación puede marcar la diferencia. Descansar bien o practicar la respiración te ayuda a encontrar serenidad”.
7. Entrena tu estado emocional
El estado con el que entras en la conversación puede marcar la diferencia. Descansar bien, moverte, escuchar música o practicar una respiración sencilla te ayudan a encontrar serenidad. Puedes entrenar un pequeño ritual: respirar despacio, elegir palabras que te inspiren (“con amor al otro”, “con responsabilidad”, “con suavidad y firmeza”, “con serenidad, pase lo que pase voy a ser yo”) y dejar que tu cuerpo las integre.
8. Prepárate para sostener ese estado
No basta con entrar bien: necesitas poder volver a ese estado si la conversación se tuerce. Visualízate como quieres estar —escuchando, tranquilo, firme— y conéctalo con recuerdos en los que te sentiste especialmente bien. Cuida también tu lenguaje: pasar de “problema” a “situación a resolver”, de “menudo marrón” a “momento de liderazgo”. No es maquillar la realidad, es describirla de manera que te ayude a actuar mejor.
Y, por último, mantén una sana distancia con el resultado. Observa lo que pasa sin dejarte absorber. Si notas disparadores —un nudo en el estómago, tensión en el cuello—, párate un segundo y “sobrevuela” la escena. Porque al final, prepararte para una conversación no fácil es un acto de valentía. Es decidir no conformarte, apostar por una realidad mejor y poner tu liderazgo —y tu humanidad— al servicio de ello.
Por cierto, soy María José Sánchez creo que un mundo mejor es posible y que lo hacemos entre todos. Este artículo está basado en un audiocurso que escribí con AudioSkills para linkIn, por si te interesa:
*Maria José Sanchez Yago es una ingeniera de telecomunicación, psicóloga, Speaker Internacional, C-Coach y experta en liderazgo con más de 20 años de experiencia asesorando a directivos de grandes empresas en España e internacionalmente. Es fundadora y CEO de Creatia Human, una consultora que promueve un liderazgo humanista y efectivo, centrado en la creación de culturas corporativas abiertas, flexibles y alineadas con los valores y el propósito de cada organización.









