No seas como Michael Jordan: el fin del liderazgo tóxico

Michael Jordan fue un trabajador nato, un deportista único y un competidor tremendo. Sin embargo, el documental The Last Dance pone en cuestión su estilo de liderazgo frente a sus compañeros: para liderar un proyecto exitoso, no hace falta ser como él.

El documental The Last Dance, que en España puede disfrutarse a través de Netflix, nos devuelve a la actualidad a uno de los mitos deportivos de los noventa. En aquella década, todos querían ser como Mike. Y así se creó un emporio comercial en torno a la figura de Michael Jordan: zapatillas deportivas, equipamiento, bebidas energéticas… Todo un ídolo deportivo cuyas sombras fueron enterradas por la industria y que ahora afloran en la serie.

Apesar de ser una producción a cargo de una de las compañías del propio protagonista, a lo largo de sus capítulos las aristas del mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos, como nos presenta el documental y como opina la inmensa mayoría de aficionados a la NBA, son bastante evidentes. El documental reflexiona sobre la importancia de la dureza con la que Mike trató a la mayoría de sus compañeros, una exigencia que se transformó en actitudes reprobables en forma de liderazgo tóxico y un bullying injustificado.

El liderazgo tóxico y el bullying de Michael Jordan

De acuerdo con el testimonio de Noam Scheiber, periodista especializado en asuntos laborales en The New York Times: “Su estilo de liderazgo, tal y como era, parece anticuado”. Según la mayoría de estudios sobre la materia, la norma general es que tener un líder tóxico no es beneficioso para ninguna organización.

Aunque los resultados positivos fueron evidentes, el éxito nunca debe hacer tolerables ciertos comportamientos. “Estuve allí en 1998, le vi en acción. No era bonito, podía ser cruel, grosero, despiadado. Podía ser todo aquello que, sumado, te convierte en un abusón”, opina Skip Bayless, columnista del Chicago Tribune durante esa temporada. Sus compañeros, en el mismo documental, constatan lo difícil que era tratar con Jordan.

El peligro está cuando la deidad trata de justificar su comportamiento. Una actitud en la que muchos líderes acaban por escudarse y puede ser el punto de partida de su destrucción como tales. Al final del séptimo episodio, Jordan no puede contener las lágrimas y pide cortar la grabación. Así termina el capítulo, dejando entrever que él mismo comprende la dimensión de alguno de sus excesos.

“Ganar tiene un precio. El liderazgo tiene un precio. Apreté a gente que no quería ser apretada”.

El liderazgo en la distancia

¿Es justo juzgar su figura desde la perspectiva de 2020? ¿Fue Michael Jordan una simple copia del patrón de éxito de los 90? Una personalidad llamada a cambiar la historia, en este caso la del baloncesto, a cualquier precio. Un liderazgo individualista y arrollador, en el que sólo existía la gloria o el olvido. El segundo, el mayor perdedor.

Lo cierto es que, como la sociedad, se ha evolucionado hacia un baloncesto en el que no es necesario que alguno exija de esa manera. Cada uno ha llegado donde ha llegado por su talento y su trabajo, y al final todo el mundo entiende que quiere lo mejor para el equipo”, declaraba el jugador del Barça Álex Abrines al diario El País.

Hoy sería inimaginable un líder tiránico como Michael Jordan , tampoco deberían estar justificados sus actos en la NBA de los noventa, no hasta los extremos que él llegó, al menos.

“Las superestrellas abusonas proyectan una larga sombra”, explica Chai R. Feldbum, autora de un estudio sobre el impacto de los grandes referentes en el comportamiento y actitud de las organizaciones. “Si alguien puede permitirse salir indemne de un mal comportamiento, eso manda un mensaje al resto de compañeros”. El mensaje, en el caso del documental de Jordan, se proyecta no solamente a sus compañeros, sino a todos nosotros, los espectadores. ¿Qué ejemplo es ese para los jóvenes jugadores?

La crudeza que muestra de The Last Dance nos pone frente al espejo: algunos de los hechos que se muestran deberían ser motivo de vergüenza y arrepentimiento, algo de lo que parece incapaz Michael Jordan.

Pese a ser un ángel del baloncesto cada vez que se ponía el número 23 a la espalda, no ser un líder como Mike, puede ser la mejor lección de liderazgo.