Eva María Córdoba, CEO y fundadora de Bornan Sports Technology, reflexiona sobre liderazgo femenino, igualdad y el futuro del talento en la industria tecnológica aplicada al deporte global.
Hay sectores donde la igualdad avanza con paso firme. Y hay otros donde todavía parece caminar cuesta arriba. La tecnología es uno de ellos. El deporte de alto nivel, también. Cuando ambos mundos se cruzan —tecnología aplicada a grandes eventos deportivos— la presencia femenina en puestos ejecutivos sigue siendo una rareza estadística.
En ese territorio híbrido se mueve Eva María Córdoba, CEO y fundadora de Bornan Sports Technology, una empresa española que en menos de una década ha pasado de ser una start-up a convertirse en socio tecnológico de algunas de las mayores competiciones deportivas del mundo.
Fundada en 2017, la compañía cuenta hoy con oficinas en España, Suiza y Catar, un equipo cercano a 200 profesionales y presencia en competiciones internacionales de primer nivel. Su próximo gran reto llegará en 2026, cuando Bornan actuará como integrador tecnológico oficial de los Juegos Asiáticos de Aichi-Nagoya, uno de los mayores eventos multideportivos del planeta.
En un ecosistema dominado históricamente por perfiles masculinos —ingeniería, tecnología y gestión deportiva— Córdoba representa algo más que un caso de éxito empresarial. Encaja en una nueva generación de líderes que está demostrando que el talento español puede competir en escenarios globales altamente exigentes.
Por eso, cuando le preguntamos qué le gustaría celebrar dentro de diez años cada 8 de marzo, su respuesta tiene algo de paradoja lúcida. “Me gustaría que dentro de diez años el mayor logro fuera, precisamente, dejar de necesitar celebrar este día”.
Cuando el liderazgo deje de ser noticia
La CEO de Bornan no habla desde el discurso reivindicativo clásico. Habla desde la experiencia. Su aspiración es sencilla en apariencia, pero profunda en significado: que una mujer deje de ser noticia por ocupar un puesto de responsabilidad.
“El verdadero avance será que una mujer no sea noticia por ocupar un puesto directivo, sino por su talento, por sus decisiones o por los resultados que genera.Cuando eso ocurra —explica— el debate habrá cambiado de nivel”
Ya no se preguntará si una mujer puede liderar. La conversación girará en torno a cómo lidera y qué aporta. Será entonces cuando, por fin, habremos pasado de la fase de reivindicación a la normalidad. Una etapa donde el liderazgo se mida por la capacidad, la visión y el impacto, y no por el género de quien lo ejerce.
El reto pendiente: redefinir el éxito profesional
Pero para llegar a ese punto hay una transformación más profunda que todavía está en marcha. Durante décadas, muchas mujeres han tratado de encajar en un modelo de carrera diseñado en otra época. Un patrón rígido, intensivo y lineal que no siempre tenía en cuenta la diversidad de trayectorias vitales.
“Durante años muchas mujeres hemos intentado adaptarnos a un modelo de liderazgo diseñado históricamente por y para hombres”, explica Córdoba.
Ese modelo funcionaba como una especie de molde invisible: quien quería progresar debía ajustarse a sus reglas. Hoy el desafío es distinto. Transformar las organizaciones para que sean compatibles con la vida, y no obligar a las personas a sacrificar su vida para encajar en las organizaciones.
No se trata de un planteamiento idealista. Es una cuestión de inteligencia organizativa. El talento no necesita uniformidad, necesita flexibilidad. Las empresas que entienden esto —las que integran distintas formas de liderazgo, distintas etapas vitales y distintas maneras de aportar valor— terminan siendo más resilientes, más innovadoras y más humanas.
Emprender con el peso de representar a todas
España vive un momento interesante en términos de emprendimiento femenino. Cada vez más mujeres lideran proyectos empresariales, también en sectores tecnológicos.
Sin embargo, todavía existen barreras invisibles que condicionan ese camino. Una de ellas es la percepción del fracaso. “Emprender implica asumir riesgos, equivocarse y volver a intentarlo. Pero muchas mujeres sienten que no tienen ese mismo margen de error”, explica.
El motivo es sutil pero poderoso. Cuando una mujer fracasa, a menudo siente que no solo falla como profesional, sino que parece confirmar prejuicios que aún persisten sobre el liderazgo femenino. Ese peso simbólico cambia la percepción del riesgo.
Por eso, uno de los cambios culturales más importantes que todavía necesitamos —señala— es normalizar el error como parte del aprendizaje, exactamente igual que ocurre en el emprendimiento masculino. Cuando una mujer pueda arriesgar, equivocarse y volver a empezar sin cargar con ese juicio adicional, una de las barreras más profundas habrá empezado a desaparecer.
Igualdad sin trincheras
Hay otro dato que invita a la reflexión. Según estudios recientes del CIS, una parte relevante de la sociedad percibe que el debate sobre igualdad se ha convertido en un terreno de confrontación. Para Córdoba, esto revela algo importante: falta empatía en ambas direcciones.
“Fallamos cuando comunicamos la igualdad como una batalla en la que para que uno gane el otro tiene que perder”.
Su mirada introduce un matiz interesante. La igualdad no debería entenderse como una amenaza para los hombres, sino también como una liberación para ellos. Durante décadas —explica— muchos hombres han cargado con el peso cultural de no poder mostrarse vulnerables, de tener que proyectar fortaleza constante o de asumir determinados roles sociales.
Por eso cree que el feminismo no debería atacar la identidad masculina, sino aspirar a algo más ambicioso: construir una humanidad mejor entre todos.
Empresas que parecen casas
Cuando le pedimos una imagen para explicar cómo deberían ser las organizaciones realmente inclusivas, Córdoba recurre a una metáfora doméstica. “El lugar de trabajo debería parecerse a tu casa”.
Invitar a tus amigos a cenar —dice— es diversidad. Querer que todos se sientan cómodos, eso es integración. En las empresas ocurre algo parecido. Las personas no deberían sentir que tienen que ocultar quiénes son para encajar en la organización.
Ser madre, padre, joven o sénior no debería restar puntos en una carrera profesional. Aquí el liderazgo vuelve a ser clave. Cuando un líder —a menudo percibido como una figura infalible— es capaz de decir “me he equivocado”, ocurre algo interesante: da permiso al resto para mostrarse con naturalidad.
Y cuando aparece la confianza, aparece también la igualdad. Porque en las culturas donde nadie necesita esconder sus debilidades, las personas pueden desplegar lo mejor de su talento.
El liderazgo que viene
La conversación con Eva María Córdoba deja una sensación clara: el liderazgo empresarial está cambiando. No se trata solo de resultados, tecnología o crecimiento internacional —aunque Bornan Sports Technology es un buen ejemplo de cómo una empresa española puede posicionarse como socio estratégico en grandes competiciones deportivas globales.
El liderazgo del futuro se medirá también por otra capacidad: crear entornos donde las personas puedan aportar valor sin renunciar a quiénes son.
Tal vez ese sea el verdadero indicador de progreso. Y quizá el día que una mujer lidere una gran compañía tecnológica aplicada al deporte y nadie considere que eso es noticia… ese día habremos avanzado más de lo que creemos.







