Hablamos con Elena Huarte-Mendicoa, Directora General de la Fundación Unoentrecienmil y finalista de los Premios DUX, sobre liderazgo humanista aplicado a la curación de la leucemia infantil: propósito, rigor y un equipo que la puntúa con un 4,8.
Durante 30 años, Elena Huarte-Mendicoa se dedicó a hacer crecer negocios en sectores tan competitivos como las telecomunicaciones, internet o la educación superior. Se le daba bien. Como ella misma resume: "Se me daban bien especialmente dos cosas: hacer que las cosas sucedan y acompañar al equipo para que esas cosas sucedan". Pero llegó un momento en que vender más ADSL o matricular más alumnos dejó de bastarle. "Necesitaba un para qué. Necesitaba sentir que trascendía, que impactaba en lo social", confiesa. En 2015 encontró ese para qué en la Fundación Unoentrecienmil, la organización que persigue la curación plena de la leucemia infantil, el cáncer más frecuente entre los niños de nuestro país.
El aterrizaje tuvo poco de épica y mucho de vértigo. "Cuando me incorporé y escuchaba esto de la curación de la leucemia infantil, me parecía ciencia ficción. Éramos como tres en una sala y pensaba: ¿qué vamos a hacer aquí?", recuerda entre risas. Una década después, la fundación acumula seis años de crecimiento sostenido, ha pasado de 12 a 23 profesionales y se ha consolidado como una de las entidades de referencia en cáncer pediátrico en España. La receta, adelanta, no fue un golpe de suerte: fue trasladar al tercer sector lo mejor de la gestión empresarial sin dejarse la humanidad en la mudanza.
Curar más y curar mejor
En este sentido, su nuevo Plan Estratégico 2026-2030 nace de una reflexión que descolocaría a más de un consejo de administración: el problema ya no era solo el dinero. "Podemos poner todo el dinero del mundo para que la ciencia avance, pero la ciencia también tiene que llegar", explica. De hecho, la fundación se ha encontrado con proyectos de investigación con resultados excelentes que luego tropiezan con la complejidad de un sistema sanitario descentralizado. Por eso la incidencia política entra ahora en la estrategia: pasar de financiar un sistema a transformar un ecosistema.
Detrás de ese giro late una verdad que casi nadie cuenta. Cuando alguien pregunta por la supervivencia en leucemia infantil, la cifra tranquiliza: en algunos casos roza el 90%. Huarte-Mendicoa desmonta el espejismo: "Ojo, es que uno de cada diez no sobrevive. Y todos los demás quedan hechos polvo de por vida". Los tratamientos oncológicos infantiles son más agresivos que los de los adultos, porque el organismo del niño está en pleno crecimiento, y dejan tras de sí décadas de posibles secuelas: cardiopatías, problemas óseos, cognitivos, de fertilidad. Para la directiva, garantizar que los niños "se curen más y se curen mejor" obliga a mirar esa foto completa que tanto incomoda a las estadísticas.
Un 4,8 sobre 5: el liderazgo examinado
¿Y cómo se ejecuta un plan con rigor cuando trabajas rodeada de familias que atraviesan lo peor? Su respuesta desarma cualquier manual: "La sensibilidad me da el para qué. Sentarme con un padre, una madre o un paciente y escucharles es un regalo. Y el rigor es lo que me ayuda a hacer ese para qué bien". Lejos de blindarse emocionalmente, sostiene que lo natural en las personas es mezclar sensibilidad y exigencia, y que lo que requiere esfuerzo es lo contrario.
Su equipo parece darle la razón: la puntúan con un 4,8 sobre 5. Preguntada por el secreto, recurre a lo que llama sus tríos: autonomía real, tiempo de escucha y tolerancia al error. "Cuando las personas forman parte de las decisiones, se comprometen mucho más con ellas", defiende. Y normaliza el fracaso con una aritmética poco habitual en una dirección general: "Puede que de cada siete cosas que saquemos adelante, cinco no funcionan. No pasa nada; lo importante es lo que hemos aprendido".
Como estratega, además, reivindica lo elemental: visualizar dónde quieres llegar, elegir caminos "y renunciar, siempre, siempre, siempre". Priorizar como base de todo, en un tiempo donde tantas organizaciones, grandes y pequeñas, viven instaladas en la urgencia y en apagar fuegos.
Que un buen jefe no sea uno entre cien mil
Al cierre de la conversación, el nombre de la fundación se convierte en espejo del liderazgo. ¿Qué tendría que pasar para que un buen jefe no fuera, también, uno entre cien mil? "Para mí tiene que ver con acompañar. El éxito de las organizaciones debería medirse por el crecimiento y el compromiso de las personas que están dentro, porque eso te lleva a la cifra siempre. Puedes llegar a la cifra con un estilo muy killer, de muchísima presión, o haciendo crecer a la gente. Y el segundo resultado es muchísimo más rico", sentencia esta finalista de los Premios DUX en la categoría de compromiso e impacto social.
Su ambición a diez años vista no es una sede más grande ni un presupuesto mayor: "Ahora estoy impactando en equipos; en diez años me gustaría impactar en líderes". Quizá ahí esté la verdadera curación plena que persigue: la de una forma de dirigir que confunde exigencia con dureza. ¿Cuántas cifras récord valen lo que un equipo que crece contigo?






