De Marco Polo a Cristóbal Colón

Marco Polo salió de Venecia con sólo diecisiete años acompañado por su padre, su tío y dos frailes dominicos para hacer uno de los viajes que más han marcado el devenir de la humanidad. En el siglo XIII el comercio en Europa seguía un sistema triangular, mediante el cual los productos de lujo procedentes de Oriente tenían un protagonismo especial. Estos productos eran fundamentalmente seda y especias adquiridos a través de la famosa ruta de seda.

Esta ruta atravesaba Asia Central y tierras controladas por los sarracenos –nombre con el que se conocía a los musulmanes en la cristiandad medieval– y acababan siendo comprados por comerciantes de Venecia, Génova o Pisa, que los revendían al resto de Europa con importantes beneficios. Por esta razón Venecia y otros puertos italianos aumentaron su importancia e iniciaron una política comercial agresiva con el fin de explotar estas rutas comerciales.

El viaje de Marco Polo, cuyo padre y tío ya lo habían realizado en 1266, duró cuatro años, tiempo en el que atravesaron Israel, Armenia, regiones de la actual Georgia y el golfo Pérsico. Desde allí se dirigieron hacia el norte, cruzaron Persia y se adentraron en las montañas de Asia Central para llegar a Kancheu, ciudad china donde permanecieron un año dedicándose al comercio.

En 1275 llegaron a Shang-tu, residencia veraniega del emperador Kublai Khan, quien quedó prendado por el talento y disposición de Marco Polo hasta tal punto que le encomendó diversas misiones diplomáticas por todo su imperio. Esta confianza permitió a Marco Polo visitar lugares que ningún otro occidental pisaría hasta el siglo diecinueve.

Marco Polo permaneció diecisiete años en la corte de Kublai Khan y en este tiempo pudo estudiar y analizar su gran desarrollo cultural, su poderío económico y político, así como sus adelantos técnicos, avances que se recogen en el libro Los viajes de Marco Polo, que tanto impacto causó en su época.

Vistos con perspectiva, los viajes de Marco Polo parecen más dignos de un relato de ciencia ficción que episodios reales. Pongámonos en situación. Más de 13.000 kilómetros en unos cuatro años de viaje, atravesando desiertos, cordilleras, tierras inhóspitas, encontrando otras culturas, religiones, idiomas, costumbres, sorteando numerosos obstáculos, enfermedades, peligros… ¿Quién se aventuraría a un viaje de estas características e incertidumbre hoy en día aun con todos los adelantos de que gozamos?

Este viaje tuvo su influencia 200 años después, cuando un lector aventurero y con grandes sueños se propuso encontrar una ruta occidental que le llevara a Oriente. Este viajero era Cristóbal Colón, quien inspirado por las ansias de trotamundos de Marco Polo, se lanzó a la mar en una expedición patrocinada por la corona de España.

El viaje de Colón es una de las grandes hazañas humanas dignas de ser tenidas en cuenta, no sólo por lo que supuso desde el punto de vista histórico, sino por el ímpetu de su promotor, un hombre decidido a emprender un proyecto en el cual creía y tenía una fe enorme.

No olvidemos que la expedición de Colón tuvo bastantes detractores que no confiaban que pudiese llevarse a cabo y cuestionaban su viabilidad sin pudor. Colón manejaba distancias que no eran correctas, en realidad las que separaban las costas españolas de Asia eran mucho mayores. Además, se adentró en un mar desconocido y abierto, por rutas inexploradas y con instrumentos con los que apenas podía definir la longitud y la latitud de manera precisa. En aquel tiempo los marineros averiguaban la latitud observando y calculando el ángulo de visión de ciertos astros como la estrella polar y la distancia recorrida se obtenía de manera aproximada. En función de los datos obtenidos, los navegantes se podían hacer una idea del meridiano en el que se encontraban y con todos los datos ubicaban la posición de la nave, aunque en los siglos XV y XVI el cálculo era tan aproximado que se cometían tremendos errores.

Duda, incertidumbre y dilemas rodeaban a la expedición de Colón, pero dicen que no hay mejor abono para las ideas que varios incrédulos poniendo en tela de juicio algo, y si esto lo unimos a las ganas y a la fe, el cóctel que surge es la aventura total. La prisión a la que nos someten ciertos tipos de creencias y sospechas cortan la visión de otras realidades, reduciendo la creación, el descubrimiento y la conquista. A los grandes aventureros les envuelve una capa de características muy especial en la que tienen cabida la inquietud, la curiosidad, la exploración, la observación, el ingenio, la intuición, la imaginación y la visualización. ¿Te identificas con ellos?

COMPARTIR
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn