La lección inesperada de un pulpo

por | Mar 19, 2026

La inteligencia artificial no solo transforma tareas: está cambiando cómo se organizan las empresas. El concepto de “organización pulpo”, desarrollado por Jonathan Brill y Stephen Wunker, propone un modelo con inteligencia distribuida, decisiones ágiles y colaboración humano-IA.

Durante años, el discurso empresarial sobre la inteligencia artificial ha girado alrededor de la misma pregunta: ¿qué puede hacer la tecnología? Pero quizá la cuestión realmente incómoda sea otra muy distinta: ¿están las empresas organizadas para aprovecharla?

Jonathan Brill y Stephen Wunker lo formulan con bastante claridad en su libro La IA y la Organización Pulpo (Almuzara). Según los autores, la inteligencia artificial no es una herramienta más en el arsenal tecnológico de las compañías, sino un multiplicador de capacidades que puede transformar la forma en que se crean valor, se toman decisiones y se compite en el mercado.

El problema es que muchas organizaciones siguen intentando aplicar esta nueva potencia sobre estructuras pensadas para otro tiempo. Jerarquías rígidas, silos funcionales y procesos que concentran la decisión en la parte alta de la pirámide. Un modelo que funcionó razonablemente bien durante décadas, pero que empieza a mostrar sus límites en un entorno donde la velocidad del cambio es radicalmente distinta.

No es extraño que, a pesar de la enorme inversión en inteligencia artificial, solo alrededor del 26% de las empresas haya obtenido un valor significativo de sus iniciativas de IA, según los datos recogidos por los autores.

Quizá el problema no esté en los algoritmos. Quizá esté en la arquitectura de las organizaciones.

¿Aún funcionas con un único cerebro?

La metáfora que proponen Brill y Wunker para explicar este cambio resulta tan sencilla como sugerente. Si uno observa el funcionamiento de un pulpo descubre algo sorprendente: su inteligencia no está centralizada en un único cerebro. Una parte importante del procesamiento ocurre en sus propios tentáculos, que pueden explorar, reaccionar y resolver problemas de manera relativamente autónoma mientras mantienen una coordinación general con el resto del organismo.

Esa combinación de inteligencia distribuida, coordinación flexible y adaptación rápida es la que inspira lo que los autores denominan la Organización Pulpo™. Un modelo en el que la toma de decisiones rutinarias se distribuye, los silos se diluyen y los equipos pueden actuar con mayor rapidez frente a la disrupción.

En lugar de depender de un único centro de mando, la organización desarrolla múltiples nodos capaces de interpretar información, experimentar y responder al entorno. Algo especialmente relevante cuando la inteligencia artificial puede amplificar el criterio humano en cada punto del sistema.

En cierto modo, la metáfora del pulpo recuerda a una idea que el teórico del management Peter Drucker anticipó hace décadas: las organizaciones del futuro serían menos jerárquicas y más basadas en conocimiento distribuido. La diferencia es que ahora la inteligencia artificial actúa como catalizador de esa transición.

Humanos y máquinas pensando juntos

Una de las intuiciones más interesantes del libro es que el verdadero potencial de la IA no está en sustituir a las personas, sino en rediseñar cómo trabajan juntas.

La organización pulpo propone empoderar la primera línea —donde ocurren muchos de los problemas reales del negocio— mediante herramientas de inteligencia artificial que aumenten la capacidad de juicio y decisión. Al mismo tiempo, la empresa construye redes de coordinación que atraviesan departamentos y permiten ejecutar con mayor rapidez.

No se trata solo de tecnología. También implica cambios culturales.

Los autores hablan de crear culturas de experimentación segura, con métricas claras y espacios donde los equipos puedan probar nuevas ideas sin que cada intento fallido se convierta en un problema político interno. En ese contexto, la IA deja de ser un proyecto aislado para convertirse en parte del sistema operativo de la organización.

Este enfoque conecta con algo que el economista y pensador Herbert Simon ya advirtió hace décadas: las organizaciones existen, en gran medida, para ampliar la capacidad de decisión de los individuos frente a la complejidad del entorno. Hoy esa ampliación puede producirse mediante la colaboración entre humanos y sistemas inteligentes.

El lado emocional del cambio

Sin embargo, reorganizar una empresa nunca es un ejercicio puramente técnico. Brill y Wunker insisten en que una parte importante de esta transformación tiene que ver con gestionar las emociones que provoca el cambio tecnológico: la incertidumbre, las resistencias internas o el miedo a perder relevancia profesional.

Por eso el libro dedica una atención particular a las capacidades que necesitarán los directivos en este nuevo escenario. Habilidades de juicio, comunicación y diseño organizativo que permitan crear roles, incentivos y procesos adaptados a un entorno de inteligencia distribuida.

El desafío no es menor. Transformar una empresa implica rediseñar estructuras de poder, responsabilidades y formas de trabajar que llevan décadas asentadas. Pero también abre una posibilidad interesante: que las organizaciones se vuelvan más inteligentes precisamente porque saben aprovechar mejor la tecnología.

La verdadera disrupción

Jonathan Brill lo resume con una provocación que debería incomodar a más de un comité de dirección: la próxima disrupción no será tecnológica, sino organizativa.

Los modelos de inteligencia artificial evolucionan a una velocidad difícil de imaginar —algunos expertos estiman que su coste podría reducirse de forma drástica en los próximos años mientras su capacidad se multiplica—. Pero el verdadero diferencial competitivo probablemente no vendrá de quién tenga acceso a la tecnología, sino de quién sea capaz de organizarse mejor para usarla.

Las herramientas ya existen. Lo que falta, como señalan los autores, es imaginación organizativa. Y quizá por eso el futuro del management no se parezca tanto a una pirámide como a algo bastante más flexible, más distribuido y más vivo.

Algo, por ejemplo, parecido a un pulpo.

Elena Carrascosa Vela
Elena Carrascosa Vela

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