Durante el VIII Summit celebrado el 27 de febrero, el experto en liderazgo reflexionó sobre cómo están cambiando las expectativas de las nuevas generaciones el mundo del trabajo.
“Me gusta hacer de abogado del diablo”, así comenzo su intervención Juan Carlos Cubeiro ante los directivos que asistieron al VIII Summit de Canal CEO en la Cámara de Comercio de Madrid. Con ese inicio y algunas miradas cómplices, el experto propuso una idea central: el liderazgo tradicional ya no seduce a los más jóvenes.
En un contexto marcado por la polarización, la tecnología y el cambio generacional, lo que viene será necesariamente más auténtico, más humano y menos jerárquico. Y para ello, necesitamos mirar el panorama actual con más espíritu crítico.
Cuando el modelo de jefe deja de atraer
Uno de los momentos más comentados de la ponencia de Cubeiro legó cuando abordó la relación entre liderazgo y nuevas generaciones.
“La mayor parte de los centennials, y más la generación alfa, no quieren ser jefes.”
La frase resonó en la sala porque cuestiona una lógica que durante décadas parecía incuestionable, la de ascender en la jerarquía como símbolo de éxito profesional. Según Cubeiro, muchos jóvenes ya no se identifican con ese modelo de poder vertical. El término “jefe” evoca estructuras rígidas, cargos y niveles que poco tienen que ver con la manera en que las nuevas generaciones quieren trabajar.
Para ilustrarlo, el experto recurrió a una imagen conocida: el cine de Charles Chaplin en Tiempos modernos, donde la cadena de montaje simboliza la deshumanización del trabajo industrial. Frente a ese modelo, recordó una intuición que el pensador del management Peter Drucker ya anticipó hace décadas: la organización del futuro se parecería más a una orquesta que a una fábrica. En esa metáfora, cada profesional aporta su talento y coordina su trabajo con los demás sin depender exclusivamente de jerarquías rígidas.
Autoliderazgo: gobernarse antes de dirigir
Si el modelo de jefe pierde atractivo, ¿qué tipo de liderazgo emerge? Para Cubeiro, la respuesta está en el autoliderazgo. «Antes de dirigir equipos, cada persona debe aprender a gobernarse a sí misma», aseveró.
Para profundizar, recurrió a la filosofía clásica. El concepto de felicidad de Aristóteles —la eudaimonía— define el bienestar como una combinación de placer y significado.
El experto recordó que numerosos estudios demuestran que las personas felices son más productivas y creativas. Sin embargo, muchas organizaciones siguen obsesionadas con indicadores y resultados sin atender a las condiciones que permiten a las personas desplegar su talento.
“Es la felicidad la que lleva al éxito y no el éxito a la felicidad.”
En ese punto lanzó una crítica que arrancó complicidad en el auditorio: “dejemos de decir frases de taza”. Es decir, abandonar los eslóganes motivacionales vacíos y apostar por culturas organizativas que realmente fomenten el aprendizaje y el valor diferencial.

Propósito, legado y comunidad
La intervención fue avanzando entre referencias culturales y conceptos procedentes de distintas tradiciones. Cubeiro habló del ikigai japonés —la intersección entre pasión, vocación, misión y profesión— y del whakapapa, una idea maorí que conecta el liderazgo con el legado.
Pero también reivindicó el valor de la comunidad a través del concepto africano Ubuntu, popularizado por Nelson Mandela: “soy porque somos”.
El mensaje final fue claro. En un mercado laboral donde cada vez más profesionales rechazan ofertas o permanecen poco tiempo en las organizaciones, el desafío para las empresas no es solo atraer talento. Es construir entornos donde las personas quieran quedarse. Y para eso —concluyó Cubeiro— el liderazgo del futuro tendrá que empezar mucho antes que en el organigrama.
“Las empresas tienen que atraer, fidelizar y desarrollar jóvenes que muchas veces ya no quieren trabajar con nosotros… porque les sonamos a rancio.”









