No salí en ninguna foto. No subí al escenario. No entregué ningún premio. Y, sin embargo, fui parte de todo.
Vivir la IV Edición de los Premios DUX desde la butaca, sin focos que me busquen, fue una experiencia profundamente transformadora. Para mí, una argentina, periodista de vocación y de oficio, con el ojo entrenado para detectar los matices, fue como presenciar una coreografía íntima entre liderazgo y emoción, entre propósito y piel de gallina.
Estos premios no son un desfile de egos ni una pasarela de discursos aprendidos. Son otra cosa. Algo que todavía me cuesta nombrar, pero que sentí fuerte en el pecho. Una especie de certeza compartida de que, detrás de un cargo, hay alma. Que el poder, si no se ejerce desde la sensibilidad, se vacía. Que liderar no es subir la voz, sino afinar la escucha.
A veces, lo más potente sucede en el susurro.
Lo sentí con fuerza cuando Claudia Tecglen subió a recibir el DUX Impacto Social. Su voz serena pidió algo que no cabía en ningún protocolo: “Les voy a pedir un favor. Que escuchen desde el corazón”. Y en ese instante, como un eco inmediato que brota del alma colectiva, alguien respondió con un “¡Sí!” que rompió el silencio con fuerza y ternura. No fue un gesto preparado, fue real. Fue como si todo el auditorio hubiera entendido al unísono que aquello no era un discurso, era una invitación. A abrir los ojos, a abrir los espacios, a abrir el corazón.
Claudia no hablaba de méritos, hablaba de justicia. De su equipo, de su fundación. De un reto que debería incomodarnos a todos: “Hagamos espacio a las personas con discapacidad, porque la inclusión es el cambio”. Y entonces llegó esa frase que nos desarmó: “Quitarle el poder a la discapacidad, que no nos impida liderar nuestras vidas.”
Ahí entendí, una vez más, que los Premios DUX no celebran solo lo que se consigue, sino la forma en la que se llega. Y, sobre todo, a quién se incluye en el camino.
Minutos después, Beatriz Magro subió para recibir el DUX al Liderazgo Emergente. Y otra vez, la emoción se coló por las rendijas del guion. “No solo premia lo que hago, sino cómo lo hago”, dijo, con los ojos húmedos y la voz quebrada. Contó que viene de un pueblo pequeño, de mujeres que dieron mucho y recibieron poco. Que su forma de liderar no nació de un manual, sino del impulso de seguir, aunque duela.
“Solo puedo pensar que me dan el premio liderazgo emergente, pero que la que ha emergido no he sido yo, sino una forma de liderar. De ser. Con una convicción muy clara: lo pequeño tiene poder y lo auténtico conecta.”
No sé si alguien más en la sala lo sintió, pero yo sí: ese instante fue un manifiesto. Uno que no hace falta filmar, pero sí vivir.
Y así fue toda la noche. Entre discursos valientes, miradas cómplices, y una sensación difícil de explicar pero imposible de ignorar: en esta gala, no se aplauden cargos, se celebran almas.
Manuel Pimentel tejió en una frase algo que resume con maestría el espíritu del encuentro: “Somos pasado, somos presente, somos futuro.” Porque estos premios no solo nos reflejan, también nos proyectan. Nos recuerdan de dónde venimos, dónde estamos parados y hacia dónde podemos ir si no olvidamos lo esencial.
Todo esto sucedió bajo la dirección de Noemí Boza, que fue el hilo conductor de una gala impecable, tejida con frescura, humanidad y propósito. Acompañó con presencia y complicidad a cada persona que subió al escenario. No hizo falta guión, porque lo que transmitía era verdad. Y cuando el liderazgo se comunica así —con autenticidad y alma— se convierte en experiencia. En algo que no se olvida.
Y detrás, sosteniéndolo todo, el equipo de Canal CEO. Ellos fueron el latido invisible de esta gala. Desde el mediodía, trabajando, coordinando, cuidando cada detalle para que todo fluyera con naturalidad. Hacerlo parecer fácil cuando no lo es, también es una forma de liderazgo. Y de generosidad.
También se escucharon las palabras sabias de Xavier Marcet, que nos recordó algo esencial en tiempos de ruido constante: que el liderazgo con propósito no es una moda ni una pose, sino una responsabilidad. Que la transformación no se hace con titulares rimbombantes, sino con coherencia diaria. Que hay que saber renunciar a ciertas certezas para abrirse al futuro.
Me fui con el corazón lleno y la libreta llena de frases que no quiero olvidar. Pero más que nada, me fui con la convicción (una de esas que se te instalan en los huesos) de que estamos ante un nuevo tipo de liderazgo. Uno que no solo piensa, sino que también siente. Uno que no teme mostrar su fragilidad, porque ahí reside su fuerza.
Y si el mundo, y la vida nos lanza al cambio -como inevitablemente lo hace-, con líderes así de comprometidos, no hay nada que temer.








