“La incertidumbre es una posición incómoda, pero la certeza es una posición absurda”, Voltaire

por | Abr 26, 2026

El liderazgo en la incertidumbre ya no es una habilidad blanda: es una competencia crítica. Voltaire lo vio venir hace tres siglos. Y quizá hoy tenga más sentido que nunca en la empresa.

“La incertidumbre es una posición incómoda, pero la certeza es una posición absurda.” La escribió Voltaire hace tres siglos, en pleno auge de las monarquías absolutas y los dogmas religiosos. Y, curiosamente, suena menos a filosofía de salón y más a manual de supervivencia empresarial en 2026. Porque la pregunta que ningún CEO puede esquivar hoy es esta: ¿qué líder puede, honestamente, prometer certezas?

Mercados imprevisibles, tecnología que muta más rápido que los planes estratégicos, talento que ya no compra jerarquía a cualquier precio y una geopolítica convertida en partida de ajedrez con piezas invisibles. En ese escenario, seguimos actuando como si liderar consistiera en tener respuestas. Ahí, precisamente, puede empezar el error. La empresa moderna ha construido durante décadas una liturgia de la previsibilidad: planes estratégicos a tres años, forecasts trimestrales, roadmaps, KPIs, modelos de crecimiento. Todo ese aparato tiene sentido. El problema empieza cuando confundimos planificación con control. Planificar es imaginar escenarios. Controlar es creer que los escenarios obedecerán. Y no obedecen.

Voltaire, que dedicó su vida a combatir el fanatismo y la certeza como forma de poder, entendió algo que muchos directivos aún tardan en aceptar: la certeza absoluta suele ser la antesala de la ceguera.

La historia empresarial está llena de gigantes que confundieron convicción con verdad. Kodak. Nokia. Blockbuster. Los tres casos tienen algo en común: no fueron víctimas de la ignorancia, sino de la certeza. La certeza les sentaba como un traje impecable, hasta que el mercado cambió de cuerpo. Como señalaba Peter Drucker, la mayor fuente de peligro en tiempos de turbulencia no es la turbulencia en sí, sino actuar con la lógica de ayer. Y la lógica de ayer suele estar avalada por resultados. Los resultados generan convicción. Y la convicción, si no se revisa, genera rigidez. Es un ciclo casi perfecto, y casi siempre silencioso.

Voltaire y el liderazgo

Nacido como François-Marie Arouet en 1694, Voltaire fue escritor, filósofo, historiador y probablemente uno de los primeros disruptores intelectuales de Europa. Defendió la libertad de pensamiento, convirtió la ironía en arma política y puso la razón por encima del dogma. Trasladado al liderazgo, su legado es dinamita fina: liderar no es administrar verdades, es gestionar preguntas. Y aquí aparece una paradoja que pocas organizaciones se atreven a nombrar en voz alta: cuanto más alto asciende un directivo, más escaso se vuelve el desacuerdo sincero. No porque desaparezca, sino porque se silencia. El poder filtra la verdad. Los equipos editan. Los entornos se acomodan. Y el líder corre un riesgo silencioso: empezar a creer una versión demasiado limpia de la realidad.

Frente al prejuicio de que dudar es inseguridad, la neurociencia lleva años desmontando el mito. Los trabajos de Adam Grant sobre la capacidad de repensar demuestran que cambiar de opinión no es inconsistencia, sino inteligencia adaptativa: correlaciona con mejores decisiones, menos sesgos y mayor innovación. Voltaire lo habría celebrado, porque la duda bien gestionada no paraliza, afina. Es como ajustar la lente de una cámara: la imagen no cambia, cambia la nitidez. El caso de Netflix ilustra con precisión esta idea: cuando vio que el streaming llegaba, dudó de su propio modelo de negocio. Esa duda estratégica le salvó, mientras Blockbuster estaba demasiado ocupada teniendo razón.

Organizaciones que aprenden, organizaciones que se protegen

Aquí aparece una diferencia decisiva que pocas empresas se atreven a nombrar. Hay organizaciones que aprenden y hay organizaciones que se protegen. Desde fuera pueden parecer iguales. Desde dentro son radicalmente distintas. La organización que aprende tolera la incomodidad del cuestionamiento, acepta conversaciones difíciles y revisa decisiones. La organización que se protege premia la alineación rápida, castiga el matiz y convierte la discrepancia en amenaza. La cultura de una empresa se mide también por su capacidad de soportar preguntas incómodas, porque las preguntas incómodas suelen llegar antes que las crisis. Solo que casi nunca se escuchan.

De todo esto se desprenden cinco aprendizajes prácticos que Voltaire, de haber dirigido una empresa, probablemente habría incluido en su manual de gestión:

  • Practicar la duda operativa. No cuestionarlo todo, pero sí lo suficiente como para preguntarse qué damos por hecho que quizá ya no sea verdad.
  • Separar convicción de rigidez. Convicción es avanzar con criterio. Rigidez es avanzar con los ojos cerrados.
  • Construir culturas donde disentir no penalice. Si nadie contradice al CEO, no hay alineamiento; hay miedo.
  • Escuchar antes de reaccionar. Voltaire escribió miles de cartas porque entendía que pensar también es conversar. Noemí Boza lo ha señalado en numerosas ocasiones: liderar bien es comunicar mejor, y comunicar no es emitir, es entender.
  • Aceptar que el liderazgo es versión beta. El líder del siglo XXI no opera en mármol, sino en borrador.

Porque quizá el verdadero poder de un CEO no esté en cerrar preguntas, sino en abrir las correctas. Y la que Voltaire disfrutaría dejando sobre la mesa de cualquier comité de dirección sigue siendo la más difícil de responder: si mañana todo aquello que das por cierto dejara de serlo, ¿seguiría en pie tu forma de liderar?

Pablo Peinado
Pablo Peinado

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