El país que trabaja incluso en la toalla

por Elena Carrascosa Vela | Ago 2, 2026

Más del 80 % del talento en España atiende asuntos laborales fuera de su jornada y uno de cada cinco no suelta el móvil ni en vacaciones. La desconexión digital, lejos de mejorar, retrocede: un problema de cultura empresarial más que de voluntad individual.

Agosto debería ser una tregua. Sin embargo, para la mayoría de los profesionales españoles la tumbona convive con la pantalla del móvil iluminándose a media tarde. El correo que no espera, el grupo de WhatsApp del equipo, la llamada del cliente que "solo será un minuto". La frontera entre la jornada y el descanso se ha vuelto porosa, y los números confirman que la grieta se ensancha.

El Estudio de Bienestar y Salud Laboral en España 2026, elaborado por Edenred, sitúa la magnitud del fenómeno con crudeza: el 81,6 % del talento en España atiende llamadas o mensajes fuera de su jornada, frente al 65 % del año anterior. Un salto de más de dieciséis puntos en doce meses. La conclusión incomoda a cualquiera que presuma de avances en conciliación: la cultura del "siempre disponible" no solo persiste, sino que gana terreno.

Dentro de esa cifra hay matices que conviene leer despacio. Un 19,7 % reconoce mantenerse conectado de forma frecuente, incluso durante las vacaciones. Apenas un 18,4 % afirma que consigue no responder ni una llamada ni un mensaje fuera de su horario. En un país que legisló la desconexión digital hace siete años, el dato revela una distancia notable entre lo que dice la norma y lo que ocurre en la práctica.

Cuanta más veteranía, menos tregua

El estereotipo diría que son los jóvenes, pegados al smartphone, quienes peor desconectan. El estudio lo desmiente. Son los Baby Boomers, profesionales de entre 62 y 65 años, el grupo que menos logra apagar el interruptor: un 87,4 % sigue atendiendo asuntos laborales fuera de su jornada, y casi tres de cada diez lo hacen incluso de vacaciones.

Tras ellos se ordenan los Millennials (82,9 %) y la Generación X (80,8 %). La Generación Z, con un 79,3 %, registra el porcentaje más bajo, aunque la palabra "bajo" resulte casi irónica cuando cuatro de cada cinco veinteañeros tampoco desconectan. ¿Qué dice de una organización que sus perfiles más experimentados, los que deberían marcar el ejemplo, sean precisamente los que peor protegen su descanso?

La respuesta apunta a una cultura de disponibilidad arraigada, heredada de una época en la que estar localizable era sinónimo de compromiso. El territorio también pesa: Andalucía encabeza la falta de desconexión, con un 83 % de profesionales que atienden trabajo fuera de horario, seguida a distancia por Cataluña, Galicia y la Comunidad de Madrid.

Un derecho que la ley reconoce y la costumbre ignora

Aquí conviene recordar algo que muchas plantillas desconocen y no pocas empresas incumplen: la desconexión no es una cortesía, es un derecho. El artículo 88 de la Ley Orgánica 3/2018, de Protección de Datos Personales y Garantía de los Derechos Digitales, reconoce el derecho de los trabajadores a no atender comunicaciones profesionales fuera de su jornada. La Ley 10/2021 de trabajo a distancia lo refuerza en su artículo 18 para entornos de teletrabajo, y los incumplimientos pueden derivar en sanciones que alcanzan los 7.500 euros según la gravedad.

No es letra menor. La ley obliga a toda empresa, con independencia de su tamaño, a dotarse de una política interna que delimite cómo se garantiza ese descanso. Para la pyme, que rara vez cuenta con departamento de recursos humanos, la exigencia se traduce en un reto práctico: fijar reglas por canales y horarios, definir las excepciones reales y formar a mandos y equipos. La disponibilidad permanente, además de erosionar la salud del equipo, expone jurídicamente al empresario.

Y erosiona más de lo que parece. El agotamiento crónico no mejora la productividad; la degrada. Un profesional que nunca desconecta rinde peor, decide peor y acaba marchándose antes. ¿Cuánto talento se pierde por confundir presencia con compromiso?

Descansar también se lidera

La escritora Anne Lamott lo formuló con una imagen difícil de olvidar: «Casi todo volverá a funcionar si lo desenchufas durante unos minutos… incluida tú». El descanso no es la ausencia de trabajo, sino la condición para sostenerlo. Y en una organización, desenchufar no puede quedar al arbitrio de cada empleado: se lidera desde arriba.

Olga Zografou, Head of People & CSR de Edenred España, lo resume sin rodeos: «La desconexión digital no puede depender únicamente de la voluntad individual. Es necesario que las organizaciones impulsen una cultura del descanso real, con normas claras, liderazgo coherente y herramientas que ayuden a respetar los tiempos personales».

La clave está en esa palabra: coherencia. De poco sirve una política de desconexión si el gerente es el primero que escribe al equipo a las once de la noche.

Ahí se juega la partida en la empresa española: en el ejemplo cotidiano de quien manda. Cuidar la desconexión es una decisión de gestión, no un gesto de buena voluntad. La pregunta que cada responsable debería llevarse a las vacaciones es sencilla: ¿su equipo descansa de verdad, o solo finge hacerlo mientras espera el próximo mensaje suyo?

Elena Carrascosa Vela
Elena Carrascosa Vela