Retribuir es ejercer poder: la ética marca la diferencia entre liderar y dominar

por | Ene 23, 2026

En el Desayuno Canal CEO de enero, Josep Capell y Javier Fernández Aguado invitaron a los directivos a repensar la retribución como un acto de liderazgo ético. “Retribuir es ejercer poder”, recordaron, “y el desafío está en hacerlo con decencia y coherencia”.

Sagardoy Business School acogió el primer Desayuno Canal CEO de la undécima temporada, en una mañana que abrió también una nueva conversación sobre el liderazgo en tiempos de cambio. Con el impulso de Lucca Software, la plataforma integral en la nube diseñada para la gestión de personas y procesos administrativos, y la colaboración de Refruiting, proveedor de fruta fresca y saludable en las oficinas para fomentar hábitos saludables, el encuentro giró en torno a una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿qué vale nuestro trabajo?

Celebrado en formato videopodcast ante 25 altos directivos, el debate lo protagonizaron Josep Capell, CEO de CEINSA, y Javier Fernández Aguado, socio director de MindValue, autores del libro Qué vale nuestro trabajo, junto a Marta Prieto Asirón, CEO de Editorial Kolima y editora de la obra. Y en él algo quedó claro: hablar de retribución no es hablar solo de números, sino de valores.

Como apuntó Capell, “la política retributiva debe ser coherente con los valores de la empresa”. No se trata de cuánto pagamos, sino de qué mensaje enviamos cuando lo hacemos.

Fotos: Late mi lente

El salario como lenguaje del propósito

Fernández Aguado, siempre lúcido en su visión histórica, recordó que ya en el siglo V antes de Cristo se debatía sobre política retributiva. “El dinero que tenemos tiene una hipoteca social”, afirmó. “No es solo mío ni solo para mí. Esa función social no se puede imponer: tiene que ser voluntaria y nacer de la libertad”. Una idea antigua, incómoda y sorprendentemente actual.

Porque el salario —vino a decir— no empieza ni acaba en la nómina. Empieza mucho antes, en el porqué trabajamos. Ahí distinguió tres motivaciones: la extrínseca, por la que intercambiamos tiempo de vida por trabajo; la intrínseca, que explica qué nos sucede por dentro cuando trabajamos —porque hay personas que, al trabajar, se hacen mejores y otras peores—; y una tercera, relacional, que tiene que ver con lo que ocurre con quienes nos rodean. El salario, por tanto, no solo remunera un tiempo: impacta en la persona que somos y en las personas que tocamos.

Nada de esto —advirtió— es nuevo. El mundo ya existía antes de nosotros, y también casi todas las preocupaciones que hoy creemos inéditas. De hecho, apuntó que nuestro tiempo se parece más de lo que pensamos a los primeros cincuenta años del siglo XIII: incertidumbre, tensiones sociales y cambios económicos profundos. Y entonces, como en el siglo V antes de Cristo, ya se discutía sobre retribución, bienes y justicia.

Tener bienes no es el problema. Al contrario: los bienes son buenos. Lo relevante es saber gestionarlos, porque cuando no se gestionan bien, las personas y las sociedades se estancan. De ahí esa idea incómoda y profundamente actual: el dinero tiene una función social, sí, pero no puede imponerse por decreto. Cuando se impone, deja de ser ética y se convierte en coerción. Por eso —sentenció— no funcionan los modelos que niegan la libertad: porque vacían al ser humano de responsabilidad moral.

Y en ese punto dio un salto histórico más. Reconoció que en la denuncia de Karl Marx hay una intuición certera: el salario no es solo una cuestión económica. Cuando a alguien no se le paga bien, no se le roba dinero; se le roba parte de su persona. Porque no nacemos completos: nos vamos completando en el hacer, en el trabajo, en el esfuerzo y en la contribución. “Retribuir -advirtió- es ejercer poder”, y ahí se traza la frontera entre el liderazgo ético y el abuso. “La ética no es un conjunto de normas —concluyó—, sino la capacidad de mirarse al espejo y preguntarse si uno es decente”. “Si hay ética, ninguna ley es necesaria; como vivimos en un mundo imperfecto, estamos obligados a legislar bien”.

Con su habitual ironía, Fernández Aguado provocó risas y reflexión al tiempo que lanzaba un aviso serio: “No hay cosa más triste que los modelos igualitarios. Debemos tender a modelos equitativos, como apunta siempre mi amigo Josep Capell”. La diferencia, explicó, está en reconocer el mérito sin perder de vista la justicia.

De Roma a la Directiva Europea

Por su parte, Capell recorrió la evolución de los sistemas retributivos desde Roma —“ya entonces existía la jubilación y la compensación variable en tiempos de las expediciones de Hernán Cortés”— hasta la actualidad, marcada por la Directiva de Transparencia Retributiva de la UE. Un cambio que, según el CEO de CEINSA, está empujando a muchas empresas españolas a profesionalizar su modelo retributivo:

“Muchas compañías no eran conscientes de que tenían problemas de brecha de género y han visto la oportunidad de ponerse al día”, explicó.

Sin embargo, Capell fue realista: “Somos un país de pymes, y todavía hay quien solo cumple el expediente. Pero también hay muchas organizaciones que están aprovechando para hacer las cosas bien. La evolución es que cada vez las personas ganen más por el trabajo, no haya diferencia entre hombres y mujeres -que en el entorno europeo aún se sitúa en torno al 25%- Y ahora se ha conseguido un modelo que da igual que seas hombre o mujer, sino que se basa en la transparencia. Como profesional, conoces cómo funcionan y retribuyen otras empresas, y tienes la oportunidad de demandar enriquecer el modelo para querer quedarse”

La transparencia, añadió, “no es solo una obligación legal; es una oportunidad para construir equidad interna y confianza”. Y lo resumió con precisión: “Lo que busca la transparencia es que haya relaciones y equidad entre las personas que ocupan un puesto de similar valor”.

La hamburguesa del empleado feliz

En un giro más ligero , Capell compartió una metáfora que se ganó las sonrisas del público: “La experiencia empleado es como una hamburguesa: no a todos nos gusta igual. Debe diseñarse y adaptarse a la realidad, la estrategia y las personas de cada empresa”.

Bajo esa imagen, defendió una idea de fondo transformadora: no hay un modelo retributivo universal. “Implantar idéntico esquema en estructuras distintas es una garantía de fracaso”, advirtió. La personalización, la coherencia con la cultura y la atención al bienestar emocional y económico son, en su visión, el nuevo terreno de competencia para las empresas que quieren retener talento.

Ética, poder y felicidad

Fernández Aguado cerró la conversación con una mirada profunda a la ética: “La riqueza no es un mal, sino su empleo injusto”. Y añadió: “Dentro de cada persona hay bondad y ganas de hacer las cosas bien. La ética te lleva a sacar el ángel bueno y detener al malo”. Con su habitual mezcla de historia, filosofía y humor, recordó un grafiti hallado en el siglo V a. C. en Ática, al sur de Atenas: “Esta generación que viene nos hunde el mundo”. Una sonrisa colectiva recorrió la sala: nada nuevo bajo el sol. “Las nuevas generaciones quieren comerse el mundo —dijo—. Lo que ha cambiado es el momento de la maduración: antes a los 25, ahora a los 34. Pero hay que ponerse las gafas y ver las posibilidades. Quiero lanzar un grito al optimismo”.

Para el pensador, la ética es parte de la esencia del ser humano, “el conjunto de normas que nos permiten llegar a la felicidad y hacer lo correcto”. No se enseña en un laboratorio ni se impone por decreto: se practica en cada decisión. “Tenemos que recuperar el sentido común —insistió—, porque la ética en el fondo es mirarnos al espejo, un par de veces al día, y preguntarnos: ¿tú eres decente?”.

La ética, explicó, no debe usarse como arma arrojadiza, “como un mar de piedras para tirárselas al otro”, sino como una brújula personal que combina reglas universales y arte vital. “Es una ciencia artística: hay verdades que si no aplicas, te estrellas; pero el acierto depende de cómo actúas. En los temas humanos, no hay soluciones de laboratorio: nos vamos haciendo cada día”.

En su mirada, la transparencia no equivale a ética, pero contribuye a ella; y la retribución, más que una cuestión económica, es también reconocimiento y dignidad. “Hay decisiones legales que son lícitas, otras legales e ilícitas, o todo a la vez”, concluyó. Por eso, la verdadera frontera no está en el BOE, sino en el espejo.

Mientras los asistentes apuraban el café, quedó flotando una certeza: pagar bien no es solo cumplir una ley, sino un acto de justicia, una forma de cuidar y liderar. Porque, en definitiva —como resumió Fernández Aguado—, “la ética marca la diferencia entre liderar y dominar”.

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Elena Carrascosa Vela
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