Grandes entidades europeas y plataformas de pago aceleran sus proyectos de stablecoins para no ceder a otros el control del dinero digital. Una carrera con trasfondo geopolítico donde el euro parte muy por detrás del dólar.
Durante años, la banca tradicional observó las stablecoins con la distancia de quien contempla un fenómeno ajeno, propio del ecosistema cripto y de sus sobresaltos. Esa época ha terminado. Las grandes entidades han comprendido que en juego no está una tecnología marginal, sino la infraestructura sobre la que podría moverse buena parte de los pagos de la próxima década, y han decidido entrar en la partida antes de que otros fijen las reglas. El objetivo es no quedarse atrás en una transformación que redefinirá el control del dinero digital.
El movimiento tiene forma de aceleración coordinada. En Europa, nueve grandes bancos —entre ellos CaixaBank, ING y UniCredit— han constituido un consorcio para emitir una stablecoin denominada en euros bajo el paraguas del reglamento MiCA, con lanzamiento previsto para la segunda mitad de 2026.
En paralelo, plataformas de pago y emisores privados anuncian sus propias monedas digitales, y grandes bancos de inversión trabajan en dinero tokenizado denominado en las principales divisas del G7. La banca, en suma, ya no quiere limitarse a custodiar las stablecoins de otros: quiere emitir las suyas.
Conviene explicar de qué hablamos. Una stablecoin es un activo digital cuyo valor se mantiene anclado a una moneda tradicional, habitualmente el dólar o el euro. El usuario entrega dinero convencional y recibe a cambio un token equivalente que puede transferir a cualquier hora, entre carteras y plataformas, con un coste reducido. Para garantizar la paridad, el emisor conserva una reserva equivalente, buena parte invertida en deuda pública a corto plazo. Y ahí reside la clave del negocio.
Un modelo tan rentable como concentrado
Los intereses generados por esas reservas constituyen una de las principales fuentes de ingresos del emisor. La dimensión del filón la ilustra Tether, el mayor emisor mundial: cerró 2025 con más de 10.000 millones de dólares de beneficio y una exposición a deuda estadounidense cercana a los 141.000 millones, todo ello con una plantilla de poco más de cien personas. Pocos negocios exhiben semejante ratio entre beneficio y tamaño.
Para la banca, el envite trasciende la mera adopción de una tecnología. Paula Pascual, fundadora de la firma MERGE y durante cinco años integrante del equipo de criptoactivos de Banco Santander, resume lo que está en juego: «Cuando un cliente traslada su dinero a una stablecoin privada, el banco puede perder el depósito, parte de la relación directa con ese usuario, el flujo de las transacciones y el margen generado por las reservas». La defensa del terreno propio, más que la fascinación tecnológica, explica la prisa.
La pregunta pertinente, sostiene Pascual, ha dejado de ser si las stablecoins se integrarán en el sistema financiero. «La pregunta ya no es si terminarán integrándose, sino quién las emitirá, bajo qué regulación y sobre qué infraestructura», afirma. Los bancos han entendido que quien no participe ahora en la definición del estándar tendrá que aceptar más tarde el que construyan otros.
El euro, a la sombra del dólar
La carrera encierra una dimensión geopolítica difícil de exagerar. Más del 99% de las stablecoins en circulación están denominadas en dólares, según el Banco Central Europeo. Cada vez que un usuario recurre a ellas para proteger sus ahorros o enviar dinero al extranjero, adquiere exposición a la divisa estadounidense y contribuye, de forma indirecta, a generar demanda de deuda pública de Estados Unidos. La moneda digital privada se convierte así en un vector de influencia monetaria.
Europa intenta reducir esa dependencia mediante MiCA, el reglamento que ha ordenado el sector y que ha expulsado de los mercados europeos a emisores no adaptados, como el propio Tether, cuya moneda USDT ha sido retirada de las principales plataformas del continente por no cumplir los estrictos requisitos de reservas comunitarios. Ese vacío ha abierto una oportunidad para los emisores regulados y los consorcios bancarios europeos.
El punto de partida, sin embargo, es humilde. El mercado de stablecoins denominadas en euros permanece por debajo de los 350 millones de euros y está muy fragmentado, una cifra diminuta frente al universo del dólar. La ambición europea de autonomía monetaria choca, de momento, con una realidad de mercado que apenas despega.
Prudencia regulatoria frente al entusiasmo
El Banco Central Europeo ha advertido de que MiCA podría resultar demasiado indulgente, y la Junta Europea de Riesgo Sistémico ha alertado de un peligro de fondo: una retirada masiva sobre stablecoins respaldadas por bonos del Tesoro estadounidense podría llegar a congelar mercados de deuda, como sucedió en episodios de tensión anteriores. El riesgo no es solo el vaivén de las criptomonedas, sino quién resulta damnificado cuando el mercado intente salir en desbandada.
Existe además una tensión regulatoria abierta en el seno de la propia Unión: mientras el BCE reclama mayor severidad, la Comisión Europea estudia flexibilizar ciertas reglas. Ese pulso determinará el equilibrio entre fomentar la innovación y preservar la estabilidad financiera, y su resultado condicionará hasta dónde puede llegar la ambición del euro digital privado.
Para el consumidor europeo, además, la revolución en los pagos cotidianos es relativa. En España, herramientas como Bizum y las transferencias instantáneas SEPA ya ofrecen inmediatez a coste bajo. La utilidad de las stablecoins se concentra en otros terrenos: los pagos internacionales, las nóminas de equipos distribuidos, las transferencias entre filiales o las remesas hacia economías con monedas inestables, donde su adopción avanza con mucha más fuerza.
Los frentes que vienen
Los pagos transfronterizos son apenas el primer caso de uso. La tokenización de los mercados de capitales —la emisión de bonos, fondos o acciones sobre cadenas de bloques— exigirá dinero digital dentro de esa misma infraestructura para liquidar operaciones de forma inmediata. Y despunta un segundo frente aún más disruptivo: el comercio ejecutado por agentes de inteligencia artificial, capaces de contratar servicios o realizar pagos sin intervención humana, para el que las infraestructuras tradicionales no fueron diseñadas.

En ese escenario, según Pascual, las stablecoins encajan de forma natural: funcionan de manera permanente, son programables y operan con costes mínimos. «Quien controle esa capa ocupará una posición estratégica en la economía digital de la próxima década», sostiene. La demanda, además, ya no procede solo del ecosistema cripto: los responsables de tesorería de grandes compañías empiezan a reclamar a sus bancos herramientas para pagar a proveedores internacionales o liquidar operaciones entre filiales.
La competición se libra entre tres bloques: los emisores nativos como Tether y Circle, los consorcios bancarios y las plataformas de pago con gran capacidad de distribución. Buena parte de estos actores se darán cita en Madrid a finales de octubre, en un encuentro sectorial sobre el futuro del dinero digital. La incógnita de fondo permanece abierta: si la banca tradicional sabrá convertir su ventaja regulatoria y de confianza en una posición dominante, o si llegará tarde a un terreno que otros ya han empezado a ocupar.







