Los gemelos digitales y la inteligencia artificial ya rastrean el plástico de los ríos más contaminados del planeta y deciden dónde intervenir. Pero la misma tecnología que cuida el agua es una de sus grandes consumidoras.
La Semana Mundial del Agua - del 20 al 27 de agosto- vuelve a colocar sobre la mesa una paradoja que define nuestra época: nunca hemos tenido herramientas tan sofisticadas para gestionar los recursos hídricos y rara vez han estado sometidos a tanta presión. En ese cruce de caminos irrumpe la inteligencia artificial, presentada como aliada de la sostenibilidad.
Durante décadas, la gestión de los ríos se apoyó en la observación directa, las mediciones sobre el terreno y el análisis de registros históricos. Un enfoque necesariamente reactivo: se actuaba cuando el problema ya era visible. La combinación de datos en tiempo real, modelos predictivos y aprendizaje automático propone invertir esa lógica y anticiparse al deterioro antes de que se materialice. El instrumento que encarna ese giro tiene nombre propio: el gemelo digital, una réplica virtual que integra información de sensores, satélites, datos meteorológicos e indicadores ambientales para ofrecer una radiografía viva del estado de un río.
Su utilidad no reside en acumular datos, sino en convertirlos en decisiones. Ahí la inteligencia artificial aporta su valor real: detecta patrones, identifica anomalías y genera predicciones sobre volúmenes de información inabordables para el análisis manual. Aplicada a un cauce, permite señalar las zonas de mayor acumulación de residuos, prever cómo se desplazarán los contaminantes y priorizar las intervenciones donde rendirán más. La pregunta pertinente no es si la tecnología impresiona, sino si mejora de verdad la toma de decisiones sobre el terreno.
Aplicada a la gestión de los recursos hídricos, la IA puede ayudar a identificar zonas con mayor acumulación de residuos, prever cómo se desplazarán determinados contaminantes o anticipar episodios de mayor presión ambiental. Esto permite actuar de forma más rápida y eficiente, priorizando las intervenciones allí donde pueden tener un mayor impacto.
Manila como laboratorio: el caso del río Pasig
El ejemplo más documentado se encuentra a miles de kilómetros de España, en Filipinas. El río Pasig, que atraviesa Manila y conecta la laguna de Bay con la bahía de la capital, figura entre los cursos más contaminados del planeta: se estima que aporta más del 6% del plástico que llega a los océanos de todo el mundo. Sobre ese escenario extremo, el Banco Asiático de Desarrollo lanzó un desafío de innovación que ganó la firma de ingeniería Arup, en colaboración con la empresa RiverRecycle.
El proyecto consistió en desarrollar un prototipo de gemelo digital de código abierto capaz de cartografiar cómo fluye el plástico a lo largo del río. Mediante inteligencia artificial y aprendizaje automático, el sistema clasifica los tipos de residuo, analiza y predice su volumen y movimiento, y permite ensayar intervenciones antes de ejecutarlas. La Dra. Serryn Eagleson, responsable de Asesoría Digital de Arup en Australia, resumió el enfoque como la capacidad de «traducir datos complejos en información accionable para orientar la retirada de plástico del río Pasig».
“Gracias a esta herramienta, es posible visualizar cómo se comportan los residuos a lo largo del río, identificar puntos de acumulación y evaluar el impacto potencial de distintas medidas antes de implementarlas. Este enfoque permite mejorar la planificación de las actuaciones, optimizar el uso de los recursos disponibles y contribuir a una gestión más eficaz de los ecosistemas fluviales”, Water Business Leader de Arup en España.
Los gemelos digitales permiten dar forma a ese nuevo enfoque. A partir de información procedente de distintas fuentes, como sensores, imágenes satelitales, datos meteorológicos o indicadores ambientales, estas réplicas virtuales ofrecen una visión más completa del estado de un río y de los factores que influyen en su evolución.
Este prototipo ha sido probado con más de cuarenta actores gubernamentales y comunitarios y entregado al Gobierno filipino para su posible expansión. Es un avance verificable y prometedor, que requiere de la acción humana para la retirada del plástico para ser 100% efectivo.
La otra cara: una tecnología sedienta
Los centros de datos que sostienen los modelos de IA generan un calor inmenso y dependen de sistemas de refrigeración que, con frecuencia, consumen agua potable. Un estudio publicado en 2025 en la revista científica Patterns, firmado por el investigador Alex de Vries-Gao, estima que la huella hídrica de la IA ese año se situó entre 312.500 y 764.600 millones de litros, una cifra comparable al consumo mundial de agua embotellada. A escala individual, investigadores de las universidades de California Riverside y Texas en Arlington calcularon que una conversación de entre veinte y cincuenta preguntas con un chatbot puede consumir hasta medio litro de agua.
Más de dos tercios de los centros de datos construidos desde 2022 se ubican en regiones con estrés hídrico, según los análisis del sector. La tecnología que en Manila ayuda a limpiar un río puede, en Arizona o en Querétaro, competir por el agua con la población local. No se trata de demonizar la herramienta, sino de reconocer que su balance ambiental neto depende de cómo, dónde y con qué energía se despliega.
Ni milagro ni amenaza: una cuestión de gobernanza
En este sentido, la inteligencia artificial es una herramienta poderosa cuyo impacto real se juega en la gobernanza: en las decisiones sobre eficiencia hídrica de los centros de datos, sobre transparencia de las tecnológicas —que rara vez publican métricas específicas de IA— y sobre la finalidad a la que se destina esa capacidad de cálculo.
Adoptar IA con criterio de sostenibilidad implica preguntar por la huella de la propia herramienta, no solo por el problema que resuelve. La coherencia ambiental se mide, pues, por el balance completo de recursos que consume y ahorra. Rachel Carson, pionera del ecologismo moderno, advirtió que «en la naturaleza nada existe aislado». La máxima se aplica a esta tecnología: cada litro que la IA ayuda a proteger en un río y cada litro que evapora para refrigerar un servidor forman parte del mismo balance hídrico global.
Este proyecto demuestra cómo la combinación de gemelos digitales e inteligencia artificial puede ayudar a los responsables políticos y a las comunidades a abordar desafíos ambientales complejos a través del diseño de intervenciones específicas y eficaces que generen nuevas oportunidades para la gestión sostenible de los recursos hídricos.
Aunque la verdadera medida del progreso no será cuántos ríos aprendamos a vigilar con algoritmos, sino si somos capaces de hacerlo sin secar, en otro lugar, el recurso que decimos proteger.
¿Está tu organización midiendo las dos caras del agua cuando incorpora inteligencia artificial?








