Por Isabel de Salas, directora general de Steering Futures | Creo firmemente en la importancia de pensar en el largo plazo: dónde queremos estar dentro de varios años y cómo encaminar nuestros pasos hacia allí; qué legado están dejando nuestras decisiones hoy; en definitiva, el futuro que queremos construir.
Creo tanto en ello, que es a lo que me dedico a nivel profesional. Mi trabajo consiste en ayudar a organizaciones de todo tipo (privadas o públicas, grandes o pequeñas, con 100 años de historia o start-ups) a incorporar el pensamiento a largo plazo en su proceso estratégico. Y lo cierto es que, aunque muchos de mis clientes y de las personas con las que hablo comparten el mismo punto de vista, en la práctica parece que esto resulta cada vez más difícil.
El mundo actual, el entorno en el que nos movemos, da la impresión de estar diseñado para ir en contra del largo plazo. Todo es inmediato, todo es ya, todos los cambios se suceden con una velocidad de vértigo y las decisiones que hoy parecen correctas mañana pueden no serlo más.
La volatilidad y la incertidumbre se han instalado como nuestras nuevas compañeras de viaje y hacen que el futuro sea algo que queda muy bien en los titulares, pero que realmente nadie se atreve a manejar.
Nuevas herramientas para nuevos desafíos
Lo cierto es que existen disciplinas y herramientas concretas que nos pueden ayudar a minimizar toda esta incertidumbre. Una de ellas es el desarrollo de escenarios. Cuando no sabes lo que va a pasar o cómo va a evolucionar un hecho concreto, cuando no hay certezas sobre qué va a deparar una situación nueva es cuando tiene sentido abrir diferentes escenarios de futuro, e imaginar “qué podría pasar si”. Y a partir de ahí, trasladarte hipotéticamente (o trasladar a la organización) a esos escenarios y ver cómo tendrías que prepararte para prosperar en cada uno de ellos.
El desarrollo de escenarios es uno de los momentos más bonitos de mi profesión. Permite a todos los que participan imaginar, soñar, elevar la mirada, soltar el dato por un momento y pararse a pensar en alternativas que aún no han sucedido, pero que podrían hacerlo si se dan las condiciones necesarias. Lo ideal es que surjan tanto escenarios negativos y difíciles, como idealistas, que en cierto modo pueden parecer utópicos pero que permiten elevar la ambición o el propósito de la organización.
Sin embargo, desde hace un tiempo, percibo una situación desconcertante: a mis clientes y alumnos cada vez les cuesta más imaginar escenarios positivos. Aún combinando las diferentes variables de todas las maneras posibles, una y otra vez llegan solamente a escenarios pesimistas, complicados, tristes, cuando no completamente distópicos. Parece que estamos perdiendo nuestra capacidad innata de imaginar futuros mejores.
¿Ya no podemos soñar? ¿Nos hemos vuelto unos pesimistas irredentos? ¿En qué momento ha pasado esto? ¿Por qué?
Programamos para el riesgo
Tras reflexionar mucho sobre el tema, he llegado a la conclusión de que lo que está pasando tiene sentido: es el resultado de la suma de muchos factores, que empujan y presionan para sacar nuestro lado más pesimista. Por un lado, nuestra propia naturaleza como seres humanos. Biológicamente estamos programados para poner mayor atención en los riesgos y los peligros de nuestro entorno: así es como hemos sobrevivido desde la época de las cavernas, y por ello nuestro cerebro tiende siempre a centrarse en lo negativo.
Por otro lado, la situación política y económica en la que se encuentran la mayoría de países occidentales, con ritmos de crecimiento estancados o incluso negativos y un liderazgo político que ha perdido la confianza de la ciudadanía, tampoco ayuda.
En tercer lugar, no podemos olvidar el efecto en nuestra psicología de la digitalización de la comunicación en medios y redes sociales: el fenómeno clickbait y la necesidad de generar tráfico a toda costa ha provocado que estemos constantemente bombardeados por noticias negativas y catastrofistas (puesto que los titulares y contenidos que provocan miedo o enfado, generan un 50% más de tráfico).
Y, por último, la famosa “permacrisis” en la que vivimos envueltos y que parece que no tiene fin. Este concepto se define como un largo periodo temporal de inestabilidad e inseguridad, como consecuencia de perturbaciones y catástrofes de diferente naturaleza que crean alta incertidumbre. Efectivamente, llevamos más de una década enlazando crisis de alto impacto, una tras otra: climática, económica, geopolítica, energética, sanitaria, social…
Todos estos factores juntos han actuado como un mar embravecido que arroja sus olas, una tras otra, contra la barrera de nuestras emociones y nuestra psicología, torpedeando incluso la propia percepción sobre la capacidad de cambiar las cosas. Al final, nos ha vencido, dejando tras de sí ese regusto amargo de desánimo y derrotismo. Aunque a nivel individual las cosas nos vayan bien, cuando elevamos la mirada al entorno, llega la desesperanza y una nueva creencia compartida que antes no existía: “Esto sólo puede ir a peor”.
Ante la desesperanza, imagina un futuro mejor
En consecuencia, a todas estas crisis concatenadas, se suma ahora una más honda, más silenciosa, pero a mi parecer tanto o más peligrosa que todas las demás: una profunda crisis de esperanza. Y aunque sea razonable, aunque nuestra falta de optimismo sea humana y lógica en el contexto actual, es urgente que como sociedad recuperemos la esperanza. Especialmente aquellos que, desde posiciones de responsabilidad política, empresarial o social, toman las decisiones que pueden llevarnos a un cambio de rumbo. Porque, si no somos capaces de imaginar un futuro mejor…, ¿cómo seremos capaces de construirlo?
Aún estamos a tiempo de recuperar la ilusión perdida, de hacer renacer de sus cenizas nuestra capacidad de imaginar futuros mejores. Nos hemos centrado tanto en predecir el futuro que hemos olvidado cómo imaginarlo. Pero hay una realidad incuestionable: las personas y organizaciones que definan el mañana no serán las que mejor lo hayan predicho. Serán las que se atrevan a imaginarlo de forma diferente y tengan la audacia de hacerlo realidad.
Desde las empresas dedicamos todos nuestros esfuerzos a medir, analizar, optimizar… pero ¿cuándo fue la última vez que soñamos? La anticipación, la prospectiva y la estrategia no consisten en hacer predicciones, sino en diseñar posibilidades. Se trata de crear futuros por los que merezca la pena luchar.
Este 2025 es tiempo de soñar a lo grande. ¿Qué futuro te imaginas?






