El ruido interno del liderazgo: cómo evitar que la mente sabotee los objetivos

por | Ene 26, 2026

El estrés crónico y la fatiga mental están minando el rendimiento de los líderes. Entender cómo funciona el cerebro bajo presión es clave para que los CEOs cuiden su bienestar y el de sus equipos sin perder eficacia ni propósito.

A simple vista, el cerebro parece un aliado perfecto para liderar: analiza, decide, proyecta. Pero cuando la presión se acumula, ese mismo órgano puede convertirse en el saboteador más sutil. No hay estrategia que resista si la mente está en modo supervivencia. Y en los últimos años, los datos lo confirman: solo en España, en 2024, se registraron más de 600.000 bajas laborales por motivos de salud mental, según el Instituto Nacional de la Seguridad Social. La depresión y la ansiedad ya son la segunda causa de incapacidad temporal, un fenómeno que refleja la tensión sostenida que viven las organizaciones.

Gladys Kali, experta en neurociencia aplicada y autora de Neurociencia para el Estrés Laboral, lo resume con precisión: “no se puede pedir constancia, foco y autocontrol desde un sistema nervioso sometido a estrés continuo”.

La neurociencia ha demostrado que, bajo una amenaza percibida —una meta inalcanzable, una sobrecarga constante o la sensación de falta de control—, el cerebro activa el circuito del cortisol y reduce las funciones ejecutivas que permiten planificar, decidir y sostener hábitos.

Este patrón no distingue cargos. También afecta a los CEOs, que suelen gestionar entornos de incertidumbre y exigencia extrema. Como señalaba la psicóloga Irene Caro (Universidad UDIMA), la tristeza, la sobrecarga emocional o la sensación de pérdida de propósito son hoy respuestas adaptativas a un entorno laboral cada vez más incierto. “El problema —advierte— es cuando ese estado se cronifica y termina afectando al cuerpo y a la toma de decisiones”.

El cerebro, la motivación y los hábitos posibles

Las empresas suelen definir objetivos anuales con gran ambición, pero el entusiasmo inicial tiende a diluirse. ¿Por qué? La neurociencia lo explica: cuando el cerebro percibe que la meta es inalcanzable, responde con estrés y libera menos dopamina, el neurotransmisor de la motivación. De ahí que la especialista Gladys Kali recomiende dividir los retos en ciclos de 12 semanas, una práctica que permite pequeños logros frecuentes y mantiene activa la llamada “confianza neuronal”, ese músculo invisible que refuerza la constancia.

También influye el sentido. No basta con saber qué hay que hacer; el cerebro necesita comprender para qué. Estudios de la Universidad de Stanford sobre motivación y dopamina han comprobado que los equipos que vinculan su trabajo con un propósito claro mantienen niveles más altos de implicación y satisfacción. Cuando el propósito se diluye, el sistema nervioso se resiente.

La buena noticia es que estos mecanismos pueden entrenarse. Incorporar microhábitos de autocuidado —como pausas conscientes, descanso digital, o la práctica de atención plena— reduce el nivel de cortisol y favorece la autorregulación emocional. Un informe de Deloitte sobre salud mental en el trabajo (2024) apunta que los líderes que integran estos hábitos no solo gestionan mejor su estrés, sino que mejoran la confianza y la retención del talento en sus equipos.

Cuidar el cerebro, cuidar la empresa

El liderazgo sostenible empieza en el sistema nervioso del propio líder. Y, sin embargo, las organizaciones siguen premiando la hiperproductividad por encima del equilibrio. En palabras de la OMS, “no hay salud sin salud mental”. En la empresa, esto se traduce en políticas que protejan el bienestar psicológico como un activo estratégico, no como un beneficio accesorio.

Algunos CEOs pioneros ya lo están entendiendo. Implantan rutinas que fomentan el descanso cerebral: reuniones sin pantallas durante las primeras horas del día, límites claros a la disponibilidad digital y programas de “entrenamiento cognitivo” para aprender a identificar y frenar pensamientos rumiantes. Otras organizaciones introducen semanas de “deep work” sin interrupciones, adaptadas a los ritmos naturales del cerebro.

Desde la neurociencia, la clave no es eliminar el estrés —inevitable en contextos de alta responsabilidad—, sino aprender a regularlo.

Como explica Kali, “el cambio real no depende de la fuerza de voluntad, sino de cómo diseñamos nuestros hábitos”. Y esos hábitos comienzan por reconocer los límites. El autocuidado no es indulgencia: es eficiencia a largo plazo.

Liderar con mente presente

Los líderes de hoy ya no pueden permitirse ignorar su biología. La productividad sostenible pasa por una mente regulada. No se trata de añadir más horas al día, sino de ganar claridad.

El primer paso es sencillo: escuchar al cuerpo. El cansancio, la desconcentración o la irritabilidad son señales de un sistema nervioso saturado, no de debilidad. Luego, rediseñar el entorno: crear agendas que permitan recuperación, fomentar espacios de conversación psicológicamente seguros y establecer metas que generen dopamina, no ansiedad.

Al fin y al cabo, el liderazgo más inteligente es el que entiende que la mente también necesita entrenamiento. Entrenar el cerebro no es una metáfora: es aprender a respirar entre decisiones, a enfocar cuando todo se dispersa, a sostener la calma en medio del ruido.

Un líder sereno no solo piensa mejor: también inspira mejor.

Elena Carrascosa Vela
Elena Carrascosa Vela

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