Paula Fernández-Ochoa: «La carrera más difícil que he corrido ha sido ser fiel a mí misma»

por Elena Carrascosa Vela | Jul 15, 2026

Paula Fernández-Ochoa reunió a veinte directivos en el primer Desayuno Canal CEO de Donostia-San Sebastián para hablar de liderazgo auténtico, confianza y equipos de alto rendimiento: «Ya no es cuestión de ego, sino de legado», defendió la consultora.

Una pared de granito. Una cordada subiendo. Y una pregunta lanzada a la sala antes del primer café: si hoy te cayeras, ¿quién de tu equipo te sostendría? Con esa imagen —muy de esta tierra que ha dado más alpinistas por metro cuadrado que casi ningún otro rincón del mundo— abrió Noemí Boza, socia directora de Más Cuota, el primer Desayuno Canal CEO celebrado en Donostia-San Sebastián. Fue el 14 de julio, en EKINN, el espacio de innovación del Alto de San Bartolomé, con Fomento San Sebastián como anfitrión y en el marco del Donostia Innovation Club.

El dato que sobrevoló la conversación no invita a la complacencia: según Gallup, apenas dos de cada diez empleados en el mundo se sienten realmente comprometidos con su organización. Y cuando Google quiso averiguar qué hacía extraordinarios a sus mejores equipos —el célebre Proyecto Aristóteles—, la respuesta no fue el talento individual ni la metodología de moda, sino la seguridad psicológica: la confianza suficiente para decir lo que uno piensa sin miedo. Es decir, la cuerda.

Para tirar de ella llegó Paula Fernández-Ochoa, abogada, economista, consultora en entornos de alta competición y autora de Vivircorriendo. Hija de Paco Fernández Ochoa, primer oro olímpico del esquí español, ha terminado el Marathon des Sables y la Everest Trail Race, dos laboratorios donde se aprende lo que no cabe en un máster: cómo se comporta un equipo cuando la presión es real.

Del ego al legado: el éxito ha cambiado de dueño

Paula ejerció en grandes despachos —Garrigues, Roca Junyent— siguiendo el carril que se esperaba de ella, hasta que la vida le puso delante su propia caducidad: su padre murió con 56 años. «Era un héroe nacional y era mi héroe particular», recordó. Aquella pérdida la empujó a atreverse. «La carrera más difícil que he corrido ha sido ser fiel a mí misma», confesó ante los veinte directivos de la sala. ¿Y qué es hoy el éxito para alguien que creció entre podios? Coherencia. «Me acuesto cada noche sabiendo que lo que digo, hago y pienso es lo mismo. Me ha costado muchas guerras, pero aquí estoy, con esa paz mental». No será millonaria, admitió entre risas, pero sí rica de espíritu.

De ahí el título de su método: del ego al legado. El ego era aquel éxito de cumbre y reconocimiento; el legado es la huella, dejar las cosas mejor de lo que estaban.

La marca personal es tu huella

En este sentido, su tesis sobre la marca desmonta una obsesión directiva muy extendida: no es un objetivo que perseguir, es la consecuencia de quién eres. «Marca personal es aquello que nos hace únicos, es lo que hace que te recuerden, pero no todo el mundo lo gestiona bien. La gente confunde visibilidad con marca personal, y la visibilidad solo es un canal», advirtió. ¿Dónde está entonces la diferencia entre el directivo que hace ruido y el que deja rastro? En una palabra que repitió varias veces a lo largo de la mañana: valor. «La gestión de marca va de dónde aportas valor». Y remató con una idea que condensa todo su método: «Cuando te atreves a sumar en el mundo es cuando dejas huella».

Atreverse. Ahí anida la autenticidad de la que habló Paula, que tiene menos de estrategia y más de piel. Literalmente. Ella, que compite en pruebas extremas y muestra sin complejos las cicatrices de sus rodillas, lo formuló así: «No hay nadie más atractivo que quien se siente bien en su piel». Las cicatrices, defendió, no se esconden: demuestran que has sido valiente y que te has recompuesto. Trasládalo al liderazgo y entenderás por qué la coherencia genera esa confianza que ningún organigrama puede imponer.

«Estamos en una vorágine de tecnología y velocidad en la que lo humano está siendo un nuevo lujo», advirtió. Las marcas se visten de personas para conectar. Los líderes deberían tomar nota.

¿Y cómo actúa el líder que quiere construir equipos de alto rendimiento? Paula fue precisa: «El líder es el que transforma y saca lo mejor de cada uno». No el que controla, no el que exprime: el que adapta. «Los líderes deben saber adaptarse al entorno y al talento», sostuvo, porque cada persona del equipo rinde desde un lugar distinto. Para ella, además, el cuidado no se presupone: se dice. «Verbalizar que es cuidar es una fortaleza». Y desmontó de paso uno de los últimos tótems de la cultura directiva: «El workaholic ya no es éxito. El descanso es parte del trabajo». Quien ha corrido 250 kilómetros por el desierto sabe que nadie llega a meta sin gestionar la recuperación.

Equipos que rinden porque confían

Ahí enlazó con la provocación que daba título al encuentro: los equipos de alto rendimiento no nacen del control ni de los fichajes brillantes. Nacen de líderes que saben quiénes son, que actúan desde sus valores y que generan a su alrededor la confianza suficiente para que otros se atrevan a dar lo mejor de sí mismos. Sin esa base, cualquier estrategia de talento es arquitectura sobre arena. De hecho, un equipo puede alcanzar objetivos bajo presión y, al mismo tiempo, estar erosionando la cultura que lo sostiene. ¿Tu gente rinde porque confía o cumple porque teme? Esa distancia —la que separa funcionar de transformar— se juega casi siempre en las decisiones más humanas.

Como recordó Paula, la confianza exige además un requisito que solemos olvidar por obvio: el líder tiene que ser muy bueno en lo suyo. «Pasa en el amor: necesito admirar y luego ya te creeré. En el trabajo pasa lo mismo». La autoridad no la regala el organigrama; se gana con conocimiento, con ejemplo y con esa mirada que nace de dentro hacia afuera —«creo en ti»— que es, dijo, cuando las cosas empiezan a pasar de verdad.

¿Y la autenticidad? Para Paula consiste en atreverse a exponer el yo que de verdad eres. «No hay nadie más atractivo que alguien que está a gusto en su propia piel», afirmó. Ella, que sigue subiendo montañas con una rodilla rota, ha hecho de sus cicatrices un argumento: demuestran que es valiente y que se ha recompuesto. De esa aceptación brota la compasión con uno mismo —«somos nuestros mayores enemigos», reconoció esta atleta educada en la excelencia de la centésima— y de la compasión, la energía para seguir avanzando cuando el desierto aprieta.

Raíces, alas y límites con dulzura

¿Cómo se construye una identidad de líder propia cuando cargas con un apellido que pesa —el del fundador, el del antecesor brillante, el de una familia empresarial—? Paula lo tiene vivido: «El legado no se honra imitando. Lo que hay que coger es la base, que para mí son los valores, y a partir de ahí darle tu identidad. Las raíces son las que nos sostienen: a mí me dan raíces y luego alas». De su padre no heredó la medalla, sino la humildad de quien saludaba igual a un rey que a un amigo del pueblo. Esa cercanía que genera la fe más valiosa que puede inspirar un líder: si él salta, yo salto.

Cercanía, sí, pero con contornos. Frente a lo que llamó el «blandismo» que recorre la sociedad, defendió que «es muy sano poner límites», eso sí, «con dulzura y con reflexión». Lo ilustró cuando una directiva de la sala compartió su dilema: dirige hoy a quienes ayer eran sus compañeros. La respuesta de Paula fue honesta: el líder cercano también tiene que ganarse la autoridad siendo muy bueno en lo suyo, sabiendo dónde está su sitio.

De hecho, regaló a la sala un ejercicio de una sencillez desarmante para desactivar el ego herido: quitar el «me». No «no me ha saludado», sino «no ha saludado». Un pronombre menos y, de repente, dejas de ser el protagonista de la ofensa. Las cosas se ven con otra distancia.

En el desierto, cuando los 250 kilómetros del Sáhara aprietan, Paula se repite tres palabras: puedes, pudiste y podrás. Y ante quienes creen que los grandes cambios solo se logran pensando en macro, respondió con la fábula del colibrí que, gota a gota, intenta apagar el incendio mientras los elefantes se ríen: «Yo al menos hago mi parte». Los veinte directivos salieron de EKINN con esa pregunta prendida en la solapa, mucho más exigente que cualquier KPI: ¿qué cuerda estás ofreciendo tú a los tuyos?

Elena Carrascosa Vela
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