No quieren comprar una casa. Quieren otra cosa

por | Jun 3, 2026

El esfuerzo para comprar vivienda en España supera ya los siete años de salario íntegro. Pero el problema no es solo el precio: es que una generación entera ha dejado de creer en el modelo. Y está construyendo uno nuevo.

Por Carlos Gómez es CEO y Cofundador de VIVLA | La hipoteca a treinta años fue el gran contrato social del siglo XX. Tipos bajos, empleo estable, mercado laboral predecible, expectativa razonable de revalorización. En ese contexto, endeudarse para comprar un activo inmobiliario era la decisión más racional que una familia de clase media podía tomar. Generación tras generación, el guión funcionó. Y funcionó tan bien que nadie se detuvo a preguntarse si seguiría funcionando cuando cambiaran las condiciones.

Las condiciones han cambiado.

En España, el esfuerzo para comprar una vivienda supera ya los siete años de salario íntegro. Los precios crecen por encima de los salarios desde hace más de una década. La tasa de ahorro de los menores de cuarenta no alcanza para las entradas que exigen los bancos. Y mientras tanto, el mercado de alquiler — la alternativa teórica — acumula las mismas tensiones que el de compra.

El modelo está roto. Pero no solo por el precio

Está roto porque una generación entera está creciendo sin creer en él. La misma que prefiere el renting al coche en propiedad, el co-working a la oficina propia, el co-living al alquiler indefinido. No porque no pueda acceder. En muchos casos puede. Sino porque ha recalculado qué significa realmente ser propietario de algo: el capital inmovilizado, el mantenimiento, la rigidez, la atadura. Y ha decidido que hay fórmulas más inteligentes.

El mercado inmobiliario tiene ante sí dos preguntas urgentes. La primera es la obvia: cómo construir suficiente oferta para que el acceso sea posible. La segunda, que se hace menos: qué ocurre cuando la generación que no pudo comprar encuentra modelos alternativos que funcionan mejor y ya no quiere volver al original.

Nuevos modelos inmobiliarios

Co-living, co-working, co-propiedad. No son parches. Son arquitecturas de acceso distintas, diseñadas para quien valora el uso sobre la titularidad, la eficiencia sobre la permanencia, la flexibilidad sobre el estatus.

NetJets construyó sobre esa lógica en aviación privada hace décadas. La co-propiedad de barcos lleva aún más tiempo. En ambos casos, el modelo no nació para quien no podía comprar. Nació para quien pudo y decidió que la propiedad plena no era la respuesta correcta a la pregunta que se estaba haciendo.

VIVLA hace lo mismo en segunda residencia. Una familia accede a una casa en Menorca, Cantabria o los Pirineos, la disfruta cuando quiere, sin inmovilizar un millón de euros en un activo que usaría seis semanas al año. La racionalidad es exactamente la misma.

La propiedad no desaparece. Se transforma. Lo que se rompe no es el deseo de tener algo. Se rompe la idea de que la única forma válida de tenerlo es la escritura completa, la hipoteca entera, el compromiso a treinta años.

Una generación que ya tomó esa decisión con los coches, las oficinas y los espacios de vida no va a hacer una excepción con la vivienda.

El sector que lo procese antes no solo sobrevivirá al cambio. Lo liderará.

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