León XIV en Madrid: lo que dos mil años de liderazgo pontificio enseñan a la empresa

por | Jun 5, 2026

La visita del Papa a España coincide con Management pontificio de Javier Fernández Aguado, obra que demuestra que la Iglesia es la institución que más y mejor ha enseñado al mundo a dirigir personas, construir organizaciones y sostener un propósito a través de los siglos.

Permítame el lector comenzar con una pregunta que puede parecer impertinente: ¿quién ha dirigido con más eficacia durante más tiempo la organización más compleja que ha conocido la historia? No es Apple. No es la Compañía de las Indias. Es la Iglesia católica. Dos mil años de continuidad institucional, presencia en todos los continentes, capacidad para integrar culturas divergentes bajo una misión común y una sucesión ininterrumpida de timoneles que, con sus luces y sus sombras, han demostrado que el liderazgo duradero se fundamenta en el servicio y en la autoridad moral, no en el poder formal. Así lo sostiene con rigor y erudición Javier Fernández Aguado en Management pontificio (LID Editorial, 2024), obra en la que el pensador español demuestra que la mayoría de las técnicas de dirección consideradas modernas se hallan presentes, con distintos ropajes, desde los orígenes de la institución petrina.

La visita de León XIV a Madrid ofrece, en este contexto, un caso contemporáneo para verificar las reflexiones de Fernández Aguado. Y la verificación, hay que decirlo, resulta plenamente satisfactoria.

El gestor que llegó de las periferias

Robert Prevost no es un papa de laboratorio. Es, ante todo, un hombre que ha vivido entre los pobres, que ha ejercido el gobierno eclesial en contextos de extrema complejidad y que llega a la cátedra petrina con la serenidad de quien sabe que el carisma personal, por brillante que sea, no basta para sostener una institución bimilenaria. Fernández Aguado lleva años subrayando esta lección en sus obras: las organizaciones perdurables dependen menos del carisma de un líder que de su capacidad para consolidar estructuras, formar equipos y garantizar continuidad. León XIV parece haberlo interiorizado. Su perfil —orientado a la gestión, la cohesión y el fortalecimiento institucional— es el de un dirigente llamado a reforzar procesos, coordinar sensibilidades diversas y consolidar una gobernanza global de extraordinaria complejidad.

Eso, en términos empresariales, se llama liderazgo institucional. Y es, precisamente, el más escaso y el más necesario.

Lo que la Magnifica Humanitas enseña a un CEO

La primera encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, es un documento de ambición moral e intelectual infrecuente en el panorama intelectual contemporáneo. Como señala el propio Fernández Aguado, autor que ha estudiado con detenimiento el magisterio pontificio como escuela de management, el Papa convoca en sus páginas a San Agustín, Tolkien, Arendt y Frankl con la misma naturalidad con que un buen directivo integra tradición y modernidad en la gestión de su organización. No hay ruptura. Sí hay continuidad inteligente.

Para el directivo humanista, la encíclica ofrece al menos tres lecciones de hondo calado.

  • La primera es la advertencia de que el progreso técnico no entraña necesariamente el progreso moral. León XIV recupera las palabras de Romano Guardini —»el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto»— para aplicarlas a la inteligencia artificial. La IA nos hace más capaces. Pero potenciar nuestras facultades hace más posible que nunca el acrecentamiento de las desigualdades, cuando no formas nuevas de dominación. El directivo que implanta tecnología sin preguntarse por su impacto humano no está siendo eficiente. Está siendo imprudente.
  • La segunda lección es la reivindicación de la vulnerabilidad como condición humana irrenunciable. Frente a la fantasía transhumanista que aspira a trascender el límite exacerbando nuestras facultades, el Papa reivindica la humanidad herida, consciente de su límite y abierta al rostro ajeno. Para Fernández Aguado, que ha dedicado décadas a estudiar cómo las organizaciones eclesiales han gestionado la fragilidad humana con una eficacia que ninguna consultora ha igualado, esta antropología no es debilidad. Es la base de toda cultura organizativa sólida. Las personas no son recursos. Son fines en sí mismas. Eso, en management humanista, no es una declaración de intenciones. Es el punto de partida.
  • La tercera lección, acaso la más urgente para quien dirige equipos hoy, es la distinción entre velocidad e impacto. El Papa advierte del riesgo de confundir la adopción acelerada de tecnología con la transformación real de las organizaciones. Las empresas que llenan sus estructuras de herramientas de inteligencia artificial sin rediseñar la manera en que sus personas piensan, deciden y colaboran no están transformándose. Están acelerando sus propias ineficiencias. Velocidad sin criterio, viene a decir León XIV con otras palabras, es simplemente otro nombre para la insensatez.

Dos mil años de management que no caducan

Javier Fernández Aguado concluye en Management pontificio que la Iglesia ha sido, históricamente, una escuela de dirección que ninguna business school ha igualado en longevidad ni en alcance. León XIV es, a su juicio, una prueba contemporánea de esas enseñanzas: liderazgo institucional por encima del personalismo mediático, conducción de la diversidad bajo una misión común, construcción de equipos orientados a un propósito que trasciende el beneficio inmediato y visión estratégica de largo plazo en un mundo dominado por el cortoplacismo.

La Iglesia, recuerda Fernández Aguado, ha sobrevivido a imperios, a revoluciones, a cismas y a pandemias. No porque sus líderes fueran siempre brillantes —no lo fueron—, sino porque supo construir estructuras capaces de sobrevivir a sus propios errores y de aprender de ellos. Esa capacidad de resiliencia institucional es, hogaño, la competencia más escasa y más valiosa que puede poseer una organización.

León XIV no ha venido a Madrid a ofrecer respuestas cómodas. La Magnifica Humanitas no es un documento conciliador ni está escrita para serlo. Es, como toda gran encíclica, un texto que obliga a pensar, que interpela a quien dirige y que recuerda, con la autoridad de dos mil años de historia, que el verdadero liderazgo no consiste en brillar. Consiste, como escribió Fernández Aguado parafraseando la tradición pontificia, en llevar a las personas hacia algo más grande que ellas mismas.

Y eso, en el fondo, es lo que distingue a un directivo de un jefe.

Elena Carrascosa Vela
Elena Carrascosa Vela

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