Cuando la mirada cambia, el cuadro entero se recompone. Crónica de cómo el verdadero liderazgo en femenino transforma desde el poder de decisión, no desde la visibilidad.
Hace siglos una mujer entraba en una sala como la de un museo de una sola manera: posando. Quieta, la mirada hacia abajo o el costado, como si su cuerpo —su dolor, su presencia— fuera materia prima para que otro, siempre otro, lo firmara como creación propia. Las Guerrilla Girls resumieron la trampa en 1989 con una pregunta que sigue resonando en cada galería, en cada consejo de administración: ¿Tienen que estar desnudas las mujeres para entrar en el Met? En aquella época solo el 5% de las obras expuestas eran de artistas mujeres, pero el 85% de los desnudos representados eran cuerpos de mujer. La paradoja se podría recitar de memoria: hipervisibles como objeto, invisibles como sujeto.
Esa distorsión nunca se quedó encerrada entre cuadros. Migró a los organigramas empresariales con una paciencia envidiable. Y hoy, en 2026, la seguimos teniendo delante, con otros nombres, más políticas de diversidad, pero los mismos mecanismos de fondo.
El sexto encuentro de Más Mujeres CEO, impulsado por Sarah Marlex y Mediaplus Equmedia, con la colaboración del hotel Radisson RED Madrid como anfitrión en el debate, comenzó donde tenía que hacerlo: en el Reina Sofía, enfrentando esa pregunta antigua en las mismas salas que la generaron. Una experiencia que trazaba un diagnóstico del presente disfrazado de historia, una forma de entender que lo que pasó en los museos del siglo XX sigue pasando, con variaciones, en los despachos de ahora.
«Cuando nos atrevemos a hacer algo distinto de lo que se está haciendo habitualmente, eso es lo que transforma a la sociedad, transforma a las personas y nos hace mejores.» Miriam Serrano, Previntegra
La visión como acto de poder
Rafael Japón, doctor internacional en Historia y Artes, docente e investigador, diseñó un recorrido exclusivo para dieciséis directivas españolas que como metáfora iniciaba su camino en el hombre dormido («El descanso») y concluía con el hombre accidentado («Autorretrato») de Alfonso Ponce de León. Lo que revelaba era la forma en que el poder se construye a través de la mirada de Ángeles Santos, Salvador Dalí, Rosario de Velasco, Josep de Togores y Mateo Hernández. Amy Herman, historiadora del arte que entrena agentes del FBI, lleva años trabajando sobre una hipótesis que suena extraña al principio y obvia después: observar una obra de arte con atención real entrena exactamente la misma capacidad que necesita un directivo para tomar decisiones robustas en contextos de incertidumbre. Ver los detalles que otros no ven. Sostener la ambigüedad sin resolverla antes de tiempo. Cambiar de perspectiva cuando la primera lectura no es suficiente.
Y ahí estaba el nudo que el grupo debía desentrañar: la visión no es pasiva. Es un acto de poder.
Cuando Rafa detuvo el grupo frente a «Figuras en una ventana» de Dalí les pidió que se fijaran en algo que la mayoría pasa por alto, en ese detalle que modifica todo. El cuadro no muestra la cara de Ana María Dalí, su hermana, pero lo que sí muestra es lo que ella está viendo. La composición entera depende de su perspectiva. Nosotros, espectadores, percibimos el mundo a través de su mirada. De pronto la mujer no es el objeto contemplado sino el sujeto que observa, quien define qué vale la pena ver, y eso en una empresa, en una organización, en cualquier espacio donde se toman decisiones sobre lo que importa, es todo.
Cuando la palabra se niega y otros lenguajes la reemplazan
Ángeles Santos, con apenas dieciocho años, pintó «La tertulia». Las tres jóvenes aparecen en una tertulia —ese espacio intelectual que les fue negado durante décadas— pero no hablan. La palabra se les niega. Sin embargo, Santos no pide permiso para que hablen. Simplemente transforma la sala en un espacio donde la inteligencia, el gesto, la ropa, la presencia de ellas es lo que importa. La tertulia tradicional de los cafés madrileños de la época se convierte en algo completamente diferente cuando quien pinta decide que lo relevante no es la voz sino la consciencia, no la elocuencia sino la mirada.
«Una mirada diferente porque esto lo vas moviendo y cada vez aparece un paisaje nuevo. Un paisaje nuevo y una mirada diferente», Celia Caño Mediaplus Equmedia
Esta idea resonó de manera particular en el Red Radisson cuando Noemí Boza abrió el debate con las dieciséis participantes. Porque ninguna de ellas —Miriam Serrano, Paloma Casado, Marisa Palacios, Icíar Moscoso, Lourdes López, Esther de Gaspar, Maite Rodríguez Martín, Carmen González, Isabel Flores, Yolanda Mayo, Rut Ballesteros, Lucía Corredera, Gemma Pérez Antón, Rocío Rivero, Celia Caño— hablaba de «romper el techo de cristal» en los términos que las generaciones anteriores lo hacían. Hablaban de transformar la arquitectura. De cambiar qué se considera valioso y dejar de pedir permiso para que la lógica empresarial sea completamente diferente.
Marisa Palacios, desde Solta Medical, describía cómo en medicina estética decir «no» a un tratamiento que da dinero pero viola el código deontológico requiere algo que trasciende las políticas corporativas: requiere un propósito. Esther de Gaspar, en su labor como CEO de un hospital, hablaba de preguntarle al paciente antes de decidir por él, de centrar la asistencia en la persona y no en la patología. Icíar Moscoso, desde Grupo Alkemy, explicaba cómo la transformación digital verdadera pasa por escuchar a los equipos antes de imponer soluciones tecnológicas. No eran cambios cosméticos. Eran reformulaciones del modelo completo, cuadros pintados de otra manera, donde la composición misma ha cambiado.
El equilibrio que no necesita justificarse
Rosario de Velasco había repintado siglos atrás a Adán y Eva sin culpa, sin jerarquía, sin la serpiente que falta en los cuadros tradicionales. Los dos, desnudos, en una igualdad que no grita sino que simplemente existe. La composición los pone al mismo nivel. No hay sumisión. No hay necesidad de reivindicación. Solo hay equilibrio, como si fuera lo natural.
Eso era lo que describían Lourdes López en BD, Yolanda Mayo en el Teatro Fernando Fernán Gómez, Rut Ballesteros en Cavala cuando hablaban de una forma «diferente, ni mejor ni peor» de liderar. Porque cuando la perspectiva cambia, el cuadro entero se recompone. Y no necesita disculparse por ser diferente ni requiere permiso para existir.
«En el mundo de la tecnología médica somos realmente pocas. El rol como vicepresidenta de dar visibilidad a esto, de abrir caminos, es importante porque todavía hay ciertas actitudes que requieren educación. Si hay un rol que la mujer puede jugar ahora es el tema de equilibrio, con calma y con paz» Lourdes López, BD
Grant Thornton publicó hace poco que España tiene un 37% de mujeres en dirección ejecutiva. Sin embargo, Isabel Perea, socia directora de Auditoría en Grant Thornton, recordó lo que nadie quería escuchar: de nada sirve ese número si los puestos de poder real —CEO, presidentas, socias— siguen cayendo año tras año. Es la trampa del decorado. Es el cuadro en el que la mujer aparece pero no decidió cómo pintarlo.
Noemí Boza, socia directora de Más Cuota, planteó entonces la pregunta que ninguna organización quería hacer: «¿Y si lo importante no es la visibilidad sino la manera en que nos relacionamos, nos apoyamos, decidimos juntas?». Porque hay directivas cuya trayectoria profesional es resplandeciente pero que todavía no abren puertas. Y hay otras mujeres que, desde espacios mucho más pequeños de influencia, están redefiniendo cómo se toman decisiones, quién participa, qué criterios importan.
La arquitectura que se construye después
Cuando Rafa Japón se detuvo la escultura de Mateo Hernández —una mujer saltando desde un bañador, real, sin idealización, moviéndose hacia adelante— quedó claro lo que el recorrido había querido revelar. El cuerpo de la mujer en el arte dejó de ser símbolo para ser presencia. Acción. Decisión propia. Libertad.
Eso es lo que buscaban las dieciséis directivas españolas que cruzaron el Museo Reina Sofía esa mañana: entender que la transformación verdadera no pasa por ocupar un asiento en la mesa. Pasa por cambiar la forma en que se toman decisiones alrededor de esa mesa. Por hacer que la sala entera funcione de manera diferente porque, simplemente, hay una perspectiva que antes no estaba.
Seis ediciones de Más Mujeres CEO. Seis conversaciones en torno a cómo construimos el techo después de romperlo. Porque el verdadero poder no es llegar a la cima. Es decidir qué hay cuando llegas, quién participa en esa decisión y con qué criterios se juzga. Es saber que tienes la capacidad de cambiar no solo lo que ves sino cómo ven los demás.
«Todo es gestión humana: mirar para adelante, con ojos nuevos y siempre intentando inventar», Yolanda Mayo, Teatro Fernán Gómez.






