El Instituto de la Ingeniería de España acogió el quinto encuentro de Más Mujeres CEO, un espacio donde quince directivas reflexionaron sobre liderazgo femenino, ambición y poder empresarial inspiradas por las pioneras Hedy Lamarr y Pilar Careaga.
La sede del Instituto de la Ingeniería de España, en Madrid, acogió el quinto encuentro de Más Mujeres CEO, una iniciativa que conecta a mujeres líderes del presente con figuras del pasado que abrieron camino cuando casi nadie hablaba de liderazgo femenino.
En esta ocasión, las invitadas invisibles a la mesa eran dos pioneras: Hedy Lamarr, la actriz e inventora cuya patente sentó las bases del WiFi y las comunicaciones seguras, y Pilar Careaga, primera mujer ingeniera de España. Dos trayectorias muy distintas. Dos épocas separadas por décadas. Pero un mismo gesto en común: no esperar a que alguien les diera permiso para construir su camino.
Ante ese legado, un grupo de directivas se reunió para reflexionar sobre el liderazgo femenino hoy. Porque la conversación ha cambiado. La cuestión ya no es si las mujeres pueden estar en la mesa, sino cómo queremos liderar y qué queremos transformar cuando llegamos.
Una mesa con memoria
El encuentro, impulsado por Mediaplus Equmedia y Sarah Marlex en colaboración con Marcas de Restauración (MDR) y el el Instituto de la Ingeniería, reunió a mujeres que hoy ocupan posiciones de responsabilidad en distintos sectores.
En la mesa estaban Rocío Rivero, CEO de Sarah Marlex; Celia Caño, directora general de Mediaplus Equmedia; María Encinas, gerente de Cámara de Madrid; Ana Cantero, general manager de Gewiss Iberica; María Luz Cobos, directora general de Grupo Transaher; Loli Riquelme, CEO de La Mafia se sienta a la mesa; María Garaña, CEO de ClarkeModet; Berta Caro, directora corporativa de Tecalis; o María Eugenia Blasco, socia directora de AGM Abogados.
A ellas se sumaron perfiles institucionales y del ecosistema empresarial como María Teresa Goya, presidenta de la Asociación de Mujeres Empresarias de Pozuelo; Rosa Sánchez Diz, secretaria general de la misma asociación; Almudena Semur, secretaria general de la Asociación por la Excelencia de los Servicios Públicos; Pilar Castellanos, responsable de comunicación y relaciones institucionales de MMT Seguros; Belén Campos, directora de PONTER; o Esther Viedma, dirección ejecutiva de Sixvalves.
La anfitriona, María Cruz Díaz, presidenta del Instituto de la Ingeniería de España, aportó un contexto que explica bien el desafío. Las mujeres siguen siendo minoría en muchas disciplinas tecnológicas. En Europa, apenas entre el 20 % y el 28 % de quienes estudian ingeniería son mujeres . El talento está. El reto es otro: cómo convertir ese talento en liderazgo visible.
La primera barrera: creérselo
Una de las ideas que apareció con más claridad durante el diálogo fue la de la confianza.
“La primera barrera es que no nos lo creemos nosotras”.
Durante generaciones, las mujeres han sido educadas para ser prudentes, cuidadosas, discretas. Virtudes valiosas, sin duda. Pero que a veces pesan demasiado cuando llega el momento de levantar la mano, tomar una decisión o asumir una posición de poder.
El conocido síndrome del impostor sigue apareciendo en muchas trayectorias profesionales femeninas: esa sensación de no estar suficientemente preparadas o de tener que demostrar continuamente el propio valor.
Sin embargo, las experiencias compartidas en la mesa dibujaban otra realidad: muchas mujeres que alcanzan puestos directivos lo hacen con trayectorias especialmente sólidas. El problema, coincidían varias de las participantes, no suele estar en el talento. Está en las redes de confianza que impulsan las carreras dentro de las organizaciones .
Ambición, valentía y riesgo
A medida que avanzaba la conversación, tres conceptos comenzaron a aparecer de forma natural en distintas intervenciones. No como eslóganes, sino como realidades que cualquier líder reconoce cuando atraviesa determinadas decisiones: ambición, valentía y riesgo.
Durante mucho tiempo, la ambición femenina ha sido observada con lupa. Mientras la ambición masculina se ha interpretado casi como una consecuencia lógica del liderazgo, la de una mujer ha despertado, en más de una ocasión, cierta incomodidad silenciosa. Como si aspirar a dirigir, a transformar o a tomar decisiones de impacto necesitara una explicación adicional.
Sin embargo, liderar —en cualquier contexto— implica necesariamente ambición. No como una carrera personal por acumular poder, sino como la energía que empuja a construir, a mejorar lo existente y a imaginar lo que todavía no está.
Después aparece la valentía. Porque dirigir nunca consiste en tomar decisiones con todas las respuestas sobre la mesa. Al contrario: el liderazgo suele ejercerse precisamente cuando la información es incompleta, el contexto cambia con rapidez y el resultado permanece abierto.
Ahí entra en juego el tercer elemento: el riesgo. No como amenaza, sino como condición inevitable del progreso. Quien lidera aprende, tarde o temprano, a convivir con esa incertidumbre.

Esta tríada —ambición, valentía y riesgo— conduce también a otra reflexión más profunda que atravesó el encuentro: la necesidad de repensar el propio modelo de éxito empresarial.
Durante décadas, el liderazgo corporativo ha estado asociado a un patrón bastante rígido: jornadas interminables, competitividad permanente y una definición del éxito medida casi exclusivamente en resultados financieros.
Ese modelo empieza a mostrar síntomas de agotamiento. El liderazgo que viene —y que en muchos casos ya está emergiendo— incorpora nuevas dimensiones: bienestar, talento, cultura organizativa y propósito. Porque liderar hoy no consiste únicamente en alcanzar el poder. Consiste, sobre todo, en transformar la manera en que ese poder se ejerce.
El poder de los referentes
Si algo quedó claro durante la conversación es que el liderazgo nunca surge en solitario. Cada generación avanza sobre las huellas de otras personas que, en su momento, se atrevieron a cuestionar lo establecido y abrir nuevas posibilidades. Y, en el caso de las dos mujeres que inspiraron el encuentro, lo hicieron en periodos convulsos marcados por las guerras.
Por eso los referentes importan. No porque representen historias perfectas, sino porque actúan como señales en el camino. Cuando una sociedad reconoce a quienes se adelantaron a su tiempo, amplía su propio horizonte de expectativas: lo que ayer parecía improbable empieza a percibirse como una opción real.
La presencia simbólica de Hedy Lamarr y Pilar Careaga en este encuentro cumplía precisamente esa función. Recordar que el progreso no suele empezar con grandes discursos, sino con decisiones individuales que desafían los límites de cada época.
La ex primera ministra Angela Merkel lo expresó con una claridad que sigue resonando en cualquier conversación sobre liderazgo: “Siempre hay que mirar el mundo con los ojos de quien vendrá después de nosotros.” Quizá esa sea, en el fondo, la verdadera tarea de los referentes: dejar el camino un poco más ancho para quienes todavía están por llegar.





