Un horizonte muy cercano

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El debate sobre la participación de las mujeres en la toma de decisiones empresariales y su ascenso hacia las cimas del poder es apasionante. Asistimos a profundos cambios que están remodelando la empresa desde sus estructuras más íntimas, a debates sobre las ventajas que las mujeres aportan a las empresas y a movimientos para garantizar la igualdad de oportunidades en un escenario global que reclama las habilidades femeninas y que ya no quiere prescindir de ellas. El horizonte lejano que veían las mujeres de hace varias décadas ya no es inalcanzable. El momento actual es de cambio, de definición de nuevas corrientes y de búsqueda de la palanca impulsora para que el acceso de las mujeres que lo deseen a puestos de responsabilidad deje de ser un deseo y se convierta en un hecho que ya no sea noticia. Sólo así habremos alcanzado la madurez.

El estado de la cuestión

Una de las grandes transformaciones que nos trajo el siglo XX fue la incorporación de la mujer en el ámbito laboral, hecho que se ha consolidado en el siglo XXI. Este fenómeno, además de modificar estructuralmente la sociedad y repercutir en los modos de vida tradicionales, ha provocado la necesaria adaptación del mundo de los negocios, dirigido y controlado por hombres, a nuevas formas de pensar y percibir la realidad.

A lo largo de la Historia apreciamos multitud de ejemplos que tienen como protagonista a la mujer y a su lucha por participar en la sociedad en igualdad de condiciones con el hombre. En la Revolución Francesa (1789) se pedía el sufragio femenino, en el siglo XIX la acción de las organizaciones de mujeres hizo posible algunas reformas legales como el Acta de propiedad de la mujer casada (1882) en Inglaterra, que reconocía el derecho de éstas a la propiedad y la posibilidad de disponer libremente de sus salarios[1].

Pero tradicionalmente, el sexo femenino ha sido considerado como un conjunto atrasado de la sociedad, sin razones de peso para sustentar esta afirmación. Es decir, este carácter atrasado no es innato a la mujer, como en algunas etapas de la humanidad se ha querido hacer creer a la población. Ese pensamiento está basado en estereotipos, un mecanismo que nos hace distorsionar la realidad y provoca respuestas o comportamientos irracionales.

En el siglo XIX los científicos se acogieron a la diferencia de tamaño entre el cerebro de los varones (un 9% mayor) y las mujeres para afirmar que éstas tenían menos capacidad mental que los hombres. Afortunadamente, como señala la doctora Louann Brizendine en su libro El cerebro femenino, estos debates ya están superados y las investigaciones nos han señalado que, si en algo somos diferentes, es precisamente en las sensibilidades cerebrales ante el estrés y el conflicto. Los cerebros masculino y femenino procesan de distintas formas los estímulos que tienen que ver con oír, ver, sentir y juzgar los que los otros están diciendo[2]

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, las campañas que continúan ensalzando el prototipo del ama de casa y presentando las ocupaciones de la mujer circunscritas al ámbito doméstico resultan un fracaso. La etapa de desarrollo económico actúa como propulsor e impulsor del empleo, el consumo y la construcción del estado de bienestar.

La mujer, que ha participado de esta evolución, consolida su presencia entre la población activa y reclama su espacio, acelerando su incorporación al trabajo. Comienza, de esta manera, el nacimiento de una tendencia que cambia el papel tradicional de la mujer. Una sociedad que considera que su hábitat natural es el hogar y que el mundo laboral es un campo restringido para ella, despierta a una realidad imparable.

 

El estrecho callejón de los estereotipos

Aquella imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable es un estereotipo[3]. O lo que es lo mismo, una representación repetida frecuentemente que simplifica la visión de lo que nos rodea.

Los clichés nos ayudan a organizar la información que tomamos del exterior y darle un sentido a un aspecto específico. Suponen un modo de categorizar el mundo real y de reforzar el sistema de convenciones sociales, pero llegan a ser peligrosos, porque actúan como una pantalla que nos impiden apreciar los matices y niegan la oportunidad. Además, predeterminan modelos de conducta que se convierten en esquemas mentales fuertemente enraizados y establecen descripciones rígidas que difícilmente se pueden cambiar.

Su funcionamiento es curioso porque el estereotipo sirve para justificar o racionalizar nuestra conducta en relación a la categoría que representa; es decir, sirve para evidenciar nuestro acogimiento o rechazo de un grupo. De alguna manera es como un escudo que nos protege de la toma de decisiones individual y nos aleja de la responsabilidad.

¿Para qué molestarme por conocer más aspectos de la persona que tengo delante si el cliché social establecido ya se encarga de decirme cómo es? La opinión común no puede estar equivocada –piensan algunos.

Los patrones sociales que han movido a las sociedades de antaño perpetuaban como algo natural esos estereotipos, trasladándolos a todas las esferas. En relación con el trabajo, existe una serie de creencias que encorsetan a la mujer en algunos puestos (que aunque están siendo desmontadas, en algunos casos pueden continuar vigentes). La razón estriba en los estereotipos que se les asignan. La siguiente tabla muestra la relación entre algunas de esas creencias y los trabajos desempeñados. Conviene señalar que estos estereotipos son negativos en la medida en que cierran la puerta de las mujeres a trabajos considerados más duros, como el área de las finanzas, la logística o posiciones científicas.

Algunos estereotiposTrabajos desempeñados
Mayor capacidad para realizar tareas domésticasAmas de casa, empleadas del hogar, camareras, limpieza en empresas el peso de la casa recae principalmente en la mujer.
Más predisposición a cuidar de los demásProfesoras, niñeras, atención a mayores y discapacitados, enfermeras.
Mayores habilidades para la comunicaciónAtención al cliente, dependientas, azafatas, relaciones públicas, telefonistas, puestos de marketing, comunicación y protocolo.

Asimismo, también encontramos creencias negativas que continúan asociando a las mujeres al tópico y ponen en evidencia las desigualdades que todavía persisten con respecto a los hombres, y que muestran la necesidad de ampliar el horizonte de las mujeres para derribar los estereotipos que condicionan la percepción de la sociedad.

Creencia negativaConsecuencia
Menos compromiso con el trabajo debido a la escasez de tiempo.Menores posibilidades de promoción.
Más impedimentos para viajar o cambiar de residenciaPocas oportunidades para alcanzar una dirección general o cambiar a puestos más altos en otras compañías.
Menos competencias para defender intereses empresariales por temor al conflicto.No participa en proyectos clave o en las fases más importantes y es escasa su vinculación con el poder.
El dinero para ellas es menos importante.Fisuras salariales.

 

Una breve historia común

Cuando María entró en la sala donde iba a tener lugar la entrevista de selección de personal se encontraba nerviosa, dominada por la extraña mezcla de miedo e ilusión que le producía la esperanza de poder ocupar el puesto para el que optaba: responsable de expansión internacional.

A sus 34 años se sentía totalmente preparada para el puesto, varios estudios de posgrado, que complementaban su carrera universitaria, y su experiencia paralela a la que se solicitaba en la empresa para la que trabajaba actualmente, hacían que María se hubiera visto reflejada como en un espejo y se hubiera decidido a optar al trabajo.

La puerta se abrió e hizo que la mente de María regresara de sus ensoñaciones. Se acababa de casar y era hora de inclinarse por un trabajo que le aportara mayores ingresos y una estabilidad que su compañía parecía no tener. Aquél era el sitio perfecto para ella: una multinacional en la que podría desarrollar facetas de su formación que hasta el momento no había tenido la oportunidad de poner en marcha.

La entrevista transcurrió cordialmente, María pudo expresar sus deseos y las expectativas que tenía en aquella organización. Quería evolucionar y desplegar su talento poniendo en juego sus capacidades. Sentía que su vida había tomado un nuevo rumbo y no quería crecer linealmente, necesitaba otros retos. Su reciente matrimonio colmaba su plano personal y ahora le tocaba el turno a la faceta profesional.

Tras una despedida amable, María salió del despacho con dirección a la salida principal y mientras caminaba vio la cara de los otros candidatos que esperaban a ser entrevistados. Todos eran hombres. Una de las características del puesto exigía viajar con relativa frecuencia. María confiaba en su coraje y su preparación, pero de repente se dio cuenta de que en quien no confiaba era en el seleccionador de personal que seguramente elegiría a un hombre para el puesto.

 

El coste de echar el freno

El lastre de los estereotipos de género tiene un impacto muy significativo en el mercado, ya que las etiquetas de género encasillan a hombres y mujeres en roles asignados culturalmente e impiden el desarrollo de su talento.

Si bien es cierto que los empresarios no desean desperdiciar el talento de sus trabajadores, no es menos cierto que los estereotipos de género actúan a menudo como barreras para que los trabajadores desarrollen plenamente sus capacidades.

Estos estereotipos aparecen en el momento de tomar decisiones referidas a los recursos humanos, lo cual repercute en la cantidad y calidad de las oportunidades laborales que se presentan a hombres y mujeres. Inciden en la disposición de contratación, promoción, inversión en capacitación, política de remuneraciones, apertura de nuevas oportunidades ocupacionales y de acceso a puestos de mando[4].

Un estereotipo no surge de la nada, y en el caso de los relacionados con el sexo y aplicados al entorno laboral, son fruto de la concepción y organización de la sociedad que ha funcionado durante años.

La revista Harvard Business Review lanzó en 1965 una encuesta a sus lectores para comprobar las actitudes hacia las mujeres en las organizaciones. Casi el 50% de los hombres y de las mujeres encuestados pensaban que las mujeres ni esperaban ni querían desempeñar puestos de autoridad en las empresas. Veinte años después de estos resultados, en 1985, los lectores confirmaron en otra encuesta que el ámbito laboral había cambiado significativamente. En ese año, únicamente un porcentaje pequeño de lectores pensaba que las mujeres no aspiraban a puestos de alto nivel, concretamente el 9% de los hombres y el 4% de las mujeres.

Los estudios más recientes demuestran que la incorporación completa de las mujeres al mercado laboral no es únicamente una cuestión de justicia social, sino que constituye un beneficio para las organizaciones, ya que la creación de equipos directivos diversos es necesaria en el entorno de complejidad y diversidad que caracteriza el mundo empresarial moderno[5].

Ahora la apuesta de futuro inmediato depende de cada uno de nosotros y de nuestra voluntad por amoldar las propias visiones, creencias y esquemas a un nuevo paradigma.

 

© Helena López-Casares Pertusa


 

[1] Ballarín Pilar, Birriel Margarita M., Martínez Cándida, Ortiz Teresa. Las mujeres y la historia de Europa. Universidad de Granada.

[2] Brizendine, Louann. El cerebro femenino. Editorial RBA, Barcelona, 2008, página 27.

[3] Diccionario de lengua española, vigésimo segunda edición.

[4] Aguirre Rosario. Desigualdades de género en el mercado de trabajo en Uruguay. Primer Encuentro de Formación Profesional y Equidad de Género. PRONAFOD–GTZ. 13 de noviembre de 2000. Montevideo, Uruguay.

[5] Ibáñez A., Korkostegi M.J, Narvaiza L., Pando M.J., Rodríguez P., Sanz, B. Dirigir en femenino. LID Editorial Empresarial. Madrid, 2009, página 36.

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