Reconciliarse con el poder

Diego Posada |  26 de octubre de 2015

El poder tiene mala prensa. Genera recelos y suspicacias. Sin embargo, disponer de él, gestionarlo o generarlo es labores labores ligadas al directivo. Miguel Rosique presenta, en su nuevo libro Poder, influencia y autoridad (edita Alienta,2015), una serie de reflexiones según las que debemos hablar  y reflexionar más sobre el ejercicio del poder. Y también menos sobre liderazgo. Advierte que esa palabra está ligada al management del buenismo, que  ha banalizado la función directiva y el verdadero liderazgo. Para Rosique las teorías del liderazgo “sólo miran hacia dentro del directivo. No analizan el entorno”. De esta manera se resaltan las cualidades personales de las carreras exitosas y se hace poca mella en explicar cómo ha sido la gestión de la influencia y política.

Según el autor vivimos en una era que trata de presentar innumerables casos de éxito de directivos que obliga al resto a un “exhibicionismo dramático”. De tal manera que los perfiles profesionales se han convertido en un despropósito donde se publicita como logro hasta ser presidente de la comunidad de vecinos.

Rosique propone pasar página y ahondar en el poderazgo. Un concepto de nuevo cuño que pretende dar un paso atrás y retomar un estilo de dirección basado en el esfuerzo y los méritos profesionales. El ejercicio del mismo implica que el directivo no tome las decisiones en función de su deseabilidad social, que tenga una capacitación técnica más que demostrable, que asuma los enemigos que le creará el ejercicio de su poder o que haga uso de la firmeza.

La construcción del poder

El libro usa dos géneros para presentar sus teorías. Arranca con un modelo más cercano al ensayo para dar luego cabida a la ficción. A través de ambas construye una visión del poder como la de un bien escaso. Por eso, obliga a construir poder más allá del otorgado, de la autoridad formal. Hay que echar mano de la influencia.

Esas son las dos patas, autoridad e influencia, son sobre las que se asienta el poder. Ser merecedor de autoridad ante un equipo no pasa sólo por la descripción del cargo. Rosique determina que la autoridad se basa en la libre aceptación de las personas del equipo en asumir como suyas las órdenes que fórmula el jefe. Hay que distinguir, como hacían los romanos, la autoritas de la potestas. Uno tiene su origen en un poder social el otro en las capacidades que otorga el cargo.

Además de esas dos patas hay que contar con una motivación previa, saber para qué quiere el directivo acumular poder, y con un elemento que aporta equilibrio al conjunto: la política. Según la motivación del directivo cambia su conducta. Los hay motivados por objetivos, por filiación (algo extendido en el management actual según el autor) y motivados por el poder. Este ultimo fomenta el verdadero liderazgo, el poderazgo.

 

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