Sin palabras

Pino  Bethencourt |  26 de junio de 2015

uando algo nos emociona o nos mueve profundamente a menudo decimos que no hay palabras para describirlo. Pues así es el auténtico liderazgo: sin palabras.

Aunque seguiremos escribiendo ríos de tinta sobre el tema, enumerando cualidades, discutiendo comportamientos y analizando factores críticos de éxito, lo cierto es que el liderazgo es algo que ocurre por debajo del cuello, en un lugar de nosotros en el que las palabras y los números no tienen sentido alguno. En un lugar en el que nos fundimos de nuevo con todas las demás especies mamíferas del planeta, reconociendo una sabiduría evolutiva que supera con creces cualquier producto de nuestro sobrevalorado intelecto.

La prueba del algodón es sencilla. Cojamos a dos CEOs frente a una crisis. Inventémoslos para que nadie se enfade y nos ponga una demanda: Juanito y Pepito. El banco de inversión que dirigen acaba de darse cuenta de que tienen demasiados activos tóxicos que podrían meterlos en una espiral inacabable de auto-destrucción. Y por no meternos en zarandajas, aclaro ya que no van a elegir el camino  oscuro de Jeremy Irons en la película “Margin Call”.

Juanito entra en un lógico ataque de pánico en su despacho mientras su larga lista de propiedades, obligaciones y privilegios da vueltas en su cabeza. Se droga o se emborracha para controlar el horror interno, salva lo que puede en sus cuentas de Suiza, y se dispone a dar instrucciones a su organización.

Pepito ya llevaba tiempo preguntándose qué sentido tenía tanto dinero, tanta competición, tanto circo de vanidades y mentiras compartidas. Al recibir la noticia siente cómo cae un ladrillo en sus tripas que lo hunde a la planta del garaje. Entra en su despacho y respira hondo. Mira la vista de rascacielos empujando el amanecer y se prepara para dar la cara con sus equipos.

Aquí viene lo interesante: ¿Cuál de los dos conseguirá que sus equipos le sigan a donde decida ir? ¿Cuál de los dos hará sentirse seguros y comprometidos a los cientos o miles de empleados que esperan su discurso?

Podemos incluso suponer que ambos emplean exactamente el mismo discurso. El mismo plan de reacción para sobrevivir al desastre y minimizar las pérdidas de la empresa. ¿Quién movilizará más a la plantilla con menos esfuerzo?

La clave no estará en las palabras, que ya hemos decidido que serán las mismas. La clave va a estar en un conjunto de señales no verbales que todos los cuerpos mamíferos de sus atentos empleados captarán inmediatamente de modo inconsciente. Seamos generosos. Vamos a regalarle a Juanito una sesión relámpago de coaching en discursos públicos que le corrija los dejes, le diga dónde mirar y cómo, y le ‘maquille’ física y emocionalmente para dar el pego. Se la dará un súper experto en micro-gestos faciales que cobra muchísimo dinero por dar charlas aquí y ahí.

Pues bien. Ganará Pepito. ¿Por qué?

 

Primero, porque no ha bebido. ¡Ja,ja,ja!

No. En serio. Pepito no ha intentado controlar, subyugar, esconder o maquillar sus emociones y sensaciones alrededor de la mala noticia. Al revés. Se ha dado un rato para absorber el golpe, respirar tranquilo, sopesar los riesgos reales desde una mente serena, y cuando se sentía lúcido, ha salido a hablar con su gente desde el corazón.

Segundo, aún en desventaja frente a Juanito y su clase mágica de cómo venderle un peine a un calvo, Pepito va a comunicar su posición de modo natural sin secretos ni micro-chorradas faciales. Mirará a los ojos a sus empleados, respirará hondo y profundo para aterrizar las emociones que surjan en él, ocupará una postura erguida y serena sin armaduras falsas. Su voz se modulará naturalmente para impactar en las palabras clave y su cuerpo ocupará el espacio del pódium con fuerza porque en sus tripas y en su corazón tendrá una clara sensación de responsabilidad sobre la supervivencia de su manada ejecutiva. Todo él será una expresión espontánea de su verdad. Sin adornos, ni tapujos, ni maquillajes falsos.

Tercero, Pepito es cliente mío. ¡Ja, ja, ja!

Pepito y yo compartimos un gran sentido del humor. Esa misma liviandad sabia que vemos a menudo en las películas de héroes y guerreros frente a una batalla mortal. Ya no se trata de ellos mismos. Las cartas están echadas y ellos saben que sólo pueden dar lo mejor de sí. Que aprenderán de los fracasos y serán aún mejores estrategas si salen vivos de ésta. Pepito no está atrapado por una espiral de auto-duda, frustración con las circunstancias y ganas infantiles de ganar siempre. Pepito lleva tiempo reflexionando sobre su misión en la industria de las finanzas, ha aprendido a gestionar sus emociones con el foco de atención, la respiración y el movimiento.

Ha tomado nota de cómo su cuerpo y sus emociones le traicionaban en situaciones pasadas y poco a poco ha ido puliendo sus respuestas instintivas para adaptarse exactamente a lo que cada situación requería de él. Sí. Pepito ha sido un excelente cliente: uno de esos que disfrutan de superarse a sí mismos, se aplican con disciplina y han comprendido que la sabiduría va mucho más allá de la inteligencia o el conocimiento. Pepito sabe que la sabiduría no se comprende, se siente.

Cuando Juanito acabe el discurso, la plantilla de este banco herido de muerte habrá comprendido que su líder es débil, está asustado y se ha evadido del problema con alcohol. Todos esos cuerpos trajeados sabrán instintivamente que una manada sin líder es una manada a punto de morir a manos del primer depredador que pase por ahí. Habrán desconectado del discurso sin querer a medida que su mente huía hacia nuevos planes de supervivencia en otras empresas.

Al oir a Pepito, sin embargo, se hará un enorme silencio en la sala. El ambiente pesará con temor, dolor e implicación. Serán pocos los que piensen en abandonar porque sus cuerpos mamíferos se sentirán más seguros y fuertes dentro de la manada que fuera de ella. La fuerza de Pepito se sentirá en palabras directas desde el corazón. Pocas. Parcas. Sinceras.

Y si salen de esta, todos esos empleados recordarán este momento todas sus vidas como uno de los momentos más significativos, valientes, emocionantes, heroicos. Sabrán siempre lo que es auténtico liderazgo. Y nunca podrán describirlo con palabras. ¡Ni falta que hace!

 

 

 

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