La bruja como líder

Pino  Bethencourt | 9 de diciembre de 2015

Hace tres años me encontré en plena Castellana recibiendo gritos de un empresario muy fino que no grita casi nunca. Me llamaba “bruja mala” sin parar a las puertas de un evento de emprendedores lleno de clientes, amigos y depositarios de ambas nuestras reputaciones. Yo, con morros pintados de rojo y vestido a juego me defendí como pude de sus acusaciones sin demasiada credibilidad. Pero desde hace unos meses me he dado cuenta de que en el fondo tenía razón. Sí, soy bruja. ¿Qué pasa?

Lo de que soy mala ya es más opinable, aunque lo cierto es que las brujas están todas muy demonizadas. Siglos y siglos de persecuciones, quemas, propaganda acusatoria cristiana y torturas sádicas de tribunales de la inquisición diezmaron por completo la población de brujas, curanderas, chamanas y líderes espirituales femeninas en tribus rebeldes y salvajes por toda Europa. Ambas palabras, “bruja” y “salvaje” se han coloreado de juicios morales negativos, siempre al servicio de algún iluminado necesitado de dominar el mundo. Antes de pensarlo ya sentimos estos términos como oscuros o incluso demoníacos. Terribles. Indomables. Misteriosos en plan sospechoso. ¿Y quizás un poco demasiado…no sé…atrayentes?

¡Ay! ¡Esa tentación! Igual de peligrosa y malvada que la mujer que la incita. Esa mujer que no se doblega ante nadie que no lo merezca. Esa mujer segura de sí misma, confiada en sus misterios de emoción, cómoda con el caos incomprensible y curiosa con los enigmas inexplicables que tiñen todas nuestras vidas de supuestas coincidencias sin sentido. Esa mujer que no le hace ascos a ninguna sensación y que sigue su instinto por encima de todo hasta dar con una solución superior a la lógica limitada de mentes asustadas. Esa mujer que se convertía en líder natural de toda sociedad pagana o indígena sin ningún esfuerzo, tras muchos años de cuidadoso entrenamiento en las artes de lo oculto, lo sobrenatural y lo divino.

Esa mujer, señoras y señores, fue el arquetipo de liderazgo por excelencia hasta hace unos cinco mil años más o menos. Al igual que muchas especies mamíferas, los primeros humanos tenían como líderes de sus grupos a hembras claramente superiores en su fortaleza espiritual. Delfines, caballos, lobos, leones y bonobos, entre otros, siguen otorgando el liderazgo de sus manadas a una hembra. Los humanos, en cambio, hemos aniquilado a todas nuestras líderes femeninas del pasado. Tan brutal y cruel ha sido la carnicería que ya ninguna mujer se atreve a coger su fuerza. Y luego nos preguntamos que por qué no llegan las mujeres a la cima de las empresas.

“Pobrecitas, es que no pueden con el horario. Qué loquitas, las pobres, con ese ciclo menstrual que las llena de hormonas impredecibles tan difíciles de controlar. Sumisas y perfeccionistas, se matan de hambre para intentar encarnar ideales de belleza imposibles propuestos por ellas mismas en sus propias revistas. Les falta fuerza física para aguantar las dificultades del poder masculino, por no decir que les falta madurar el coco para entrar en consejos del IBEX35. Les falta colmillo para tomar decisiones difíciles y luego les sobra colmillo cuando se enfrentan a rivales de su mismo sexo. Que si no saben soltar a sus bebés para volver a trabajar. Que si son frías porque no quieren tener más bebés. Son frígidas cuando después de tanto reto cotidiano ya no tienen ganas jugar con sus parejas, o son muy sueltas cuando jugar con quien se les ponga delante es el único modo de apaciguar la ansiedad de no ser nunca suficiente…” La lista de excusas que nos tratan como princesitas ineptas o débiles rastreras es interminable. ¡Como el genial comentario de Ellen Degeneres sobre los bolígrafos bic rosas para chicas en youtube!

Francamente. No hay mujer que apruebe la larga lista de pruebas imposibles que le imponemos entre todos a su lado más femenino. Ese aspecto completamente curvilíneo que se opone frontalmente a lo mental y lineal. Esa dimensión emocional, sensual, atenta al lenguaje no verbal y a las señales extrañas que nos regala la vida a todas horas. Esa esencia impredecible que cambia de humor cada cinco minutos por detalles a los que los hombres y las mentes científicas no dan ninguna importancia. Esa capacidad para gestionar al bebé rebelde mientras salva atascos de gran ciudad, completa la lista mental de lo que deberá comprar al volver a casa, conduce sin caer en ninguna trampa de radar, y dicta instrucciones precisas para su próxima reunión a su subordinado con el manos libres.

Todo esto es lo que hace fuertes a las mujeres: lo no lineal, lo no racional, lo imprevisible, lo que ni siquiera es explicable a veces. La mujer está biológicamente diseñada para moverse con la incertidumbre y encontrar conexiones ocultas entre datos completamente desconectados. El problema es que estamos educando a las mujeres para ser lineales, previsibles, controladas y planificadores como si fuesen hombres. Y toda mujer que se resista a esta religión dominante de sosez robótica y borreguil es condenada a la hoguera antes o después. Quemada, perseguida, castigada e insultada públicamente a la puerta de eventos donde destrozar su reputación es tan dañino como clavarle un cuchillo.

Yo no digo que no haya mujeres malvadas. Por supuesto que las hay. Pero entre nosotros, me dan mucho más miedo los hombres muy educados con armas de destrucción masiva que las mujeres amantes de una buena tirada de tarot. Todo lo que existe en este mundo se presta a la intención de los humanos. Podemos usar los rituales y los métodos de adivinación o introspección para manipular al de enfrente y obligarlo a comprar nuestra religión, o para liberarlo de sus propias cegueras y ayudarlo a descubrir su lado más emotivo, inconsciente, irresistiblemente humano.

Demonizar a las mujeres poderosas de sociedades tribales fue el modo más eficiente de descabezar dichos poblados y someterlos al poder centralizado reinante. Se hizo durante siglos en todas partes del planeta, a medida que las crecientes civilizaciones patriarcales con Dioses masculinos y progresos tecnológicos borraron del mapa a todo obstáculo en su camino, ya fuese humano, animal o vegetal. Y se sigue haciendo hoy en día mediante miles de mensajes y señales que invitan a la mujer a ser más racional y menos sensorial. Más pensativa y menos emotiva. Más seria y menos excitante. Hasta que se parece tanto a un hombre (de los de hoy), que podemos permitirnos el riesgo de hacerla directiva.

No señores. El problema de género en el liderazgo de nuestras organizaciones no es que las mujeres no sean bastante masculinas. Es el contrario: que las mujeres no sean más auténtica y rabiosamente femeninas. Y lo que es más, no les vendría nada mal a muchos hombres volver a conectar con ese animal salvaje e indomable que se mueve bajo la superficie de su apretada y racional consciencia. Desde luego, ¡muchas mujeres lo acogeríamos con ganas juguetonas! En lo empresarial, lo personal…y lo básico, ¡auténticamente divino!

Vivan las brujas. Y vivan los hombres que saben apreciar el arte de hacer maliciosa brujería con la mirada. En la oficina, en casa, y donde más nos divierte a todos jugar.

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