Cómo “gracias” es más eficiente que “pero”

Pino  Bethencourt

i padre siempre dijo que quería nadar con un delfín algún día. Pero alguien le dijo que los delfines en los parques “sufren mucho” y ya no quiso hacerlo. Falleció sin conocerlos. Nuestros “peros” ponen muchas trabas a nuestras propias posibilidades, frenan nuestro aprendizaje, y le quitan valor a la entrega generosa de demasiadas personas, y demasiados animales.

Ese deseo truncado de mi padre me impulsó a buscar yo misma. Hace más de ocho años que me bañé por primera vez con delfines en un parque acuático en México. Compré todas las fotos y vídeos –nada baratos – que me ofrecieron. Me sentí como un mono de feria obedeciendo instrucciones junto al delfín, él a cambio de pescado y yo a cambio de…¿qué? Usamos a los animales como si fuesen máquinas, prestando poca atención a lo que sienten, o dicen sin palabras.

Este conflicto me llevó a visitar otros parques acuáticos en EEUU y en España, y a explorar la interacción con delfines salvajes. Con la firme intención de acercar los delfines al mundo de los ejecutivos, acabé adentrándome en el mundo de los caballos hace tres años. Los caballos están mucho menos politizados que los delfines. Quizás porque ya están tan integrados en la vida del hombre que es raro encontrar un equino salvaje. Descubrí que también en esta industria se asume lo que piensa el animal, se atropella su nobleza con objetivos a corto plazo y se tacha de tontos a los que cuestionamos dichas prácticas. Explotamos a los animales igual que saqueamos el planeta, con la cabeza llena de ideas teóricas y el corazón bien amordazado. No sea que se conecte mucho con el animal.

Cuanto más trabajo con caballos y delfines más agradecimiento siento hacia ellos. Siempre que llevo a un cliente a la yeguada se hace un silencio embriagador cuando el caballo refleja un fallo crítico en el liderazgo de mi cliente. Siempre nos regalan una imagen de espejo profundamente sincera, sin juicio alguno. Una nueva luz, una nueva clave sobre lo que nos limita para ser más eficientes. Una para mi cliente y otra para mí. No falla. Nunca ponen un pero. Siempre ponen un gracias. Con alegría y buen humor.

La semana pasada estuve en un parque acuático entrenándome endelfino-terapia para niños discapacitados. Sus delfines me enseñaron tanto, y me hicieron tantos mimos espontáneos a medida que avanzaba la semana, que se me cayó literalmente la baba. Eran animalitos muy felices a pesar de la enorme presión que sufrían todos los que los cuidaban. Todos sus cuidadores los trataban como si fueran familia. Parecían la tribu de los Nabis azules en la película de Avatar, completamente integrados con sus animalitos a pesar del asedio continuado de enemigos menos agradecidos.

“Los cuidadores de animales celebramos cada una de las vidas que cuidamos y buscamos la conservación. Los activistas de animales celebran cada muerte al cuidado del hombre y buscan el conflicto” reza un tímido testimonio anónimo en internet. No vaya a ser que su autor acabe salvajemente asediado en las redes sociales con vídeos manipulados como le ocurrió al recientemente fallecido entrenador José Luis Barbero. Imperfecto como fue en la pasión de su vida.

Usamos a los delfines en nuestras peleas humanas sin pensarlo dos veces. Todos interpretamos los comportamientos que vemos a la medida de lo que sentimos nosotros mismos. En psicología se llama“proyectar”: yo asumo que un delfín en una piscina se siente muy solo porque esa imagen me recuerda a cómo me siento yo en mi pareja, por ejemplo. Es mucho más fácil rabiar, despotricar y hasta linchar públicamente al supuesto villano — ¡a quien no conozco por cierto! –, que enfrentarme a mi marido y confesarle cómo me siento.

Dicen que deberíamos dejar de preocuparnos tanto por el planeta que vamos a dejarles a nuestros hijos, y poner más atención a los hijos que le dejaremos al planeta. Y nuestros hijos aprenden de lo que hacemos nosotros. A ver si dejamos de poner tantos peros a todo y empezamos a dar gracias a lo que nos dan los animales, dentro y fuera de nuestro cuidado. Sin inventarnos historias sobre lo que creemos que sienten, sin freírlos a fotos, sin pedirles satisfacer expectativas mágicas que debemos resolver nosotros mismos…sin sobornarlos con comida para que nos hagan caso.

Son cada vez más numerosos los delfines en libertad que se acercan a los barcos a pedir — ¡Incluso con crías!—porque obviamente funciona. Luego sufren heridas por hélice y dejan de cazar. Y total, con todo lo que estamos pescando nosotros, a ver qué les queda a los pobres. Tanta guerra ciega por liberar a los delfines de los parques ¿para qué? ¿Para que naden muchos kilómetros en océanos apestados de ruido artificial, llenos de redes y plásticos tirados, vacíos de alimento y manchados de petróleo y gas?

Somos todos mamíferos. Estamos diseñados para buscarnos y querernos frente a los retos de la vida. Lo que es más, estamos diseñados para dar la vida a cambio de la supervivencia y el progreso de nuestras manadas o familias. Los delfines y los caballos aceptan este coste mucho mejor que nosotros. Los Nabis azules de Avatar y todas las tribus primitivas de la humanidad también entendían lo importante que es agradecer los sacrificios de nuestros semejantes.

Honrar su memoria con orgullo por lo que nos ayudaron a avanzar. Cada vez que criticamos a un parque porque tiene delfines cautivos le quitamos honor y grandeza al sacrificio de ese animal. Olvidamos que se entregan a sus destinos en pro de algo más grande. En silencio, sin juicios y con buen humor. Saben que a veces tiene que haber muertos para que las personas dejemos de hacer guerras y aprendamos a escuchar.

Te invito a que visites un parque este verano con tu familia y paséis un rato frente a la piscina de delfines. Antes o después del espectáculo, cuando se haya marchado la muchedumbre y se relajen. Id a una yeguada y pasead por los boxes sin prisas. Sólo míralos, háblales, agradéceles todas las vidas que tocan e ilusionan con su esfuerzo. Así podrán sentirse honrados por vuestra visita. Mimados por vuestro cariño sin intención.

Créeme. Lo único que quieren los animalitos del mundo es que los humanos volvamos a honrarlos como solíamos hacerlo en la antigüedad más salvaje y aborigen. ¡Dejémosles hijos más amorosos y menos peleones a los delfines futuros! Demos gracias muchas, muchas veces más, y enterremos de una vez nuestros estúpidos peros.

Y si crees que esto no tiene nada que ver con tu liderazgo, léete el artículo otra vez. Tiene todo que ver con quién eres, y el ejemplo quedas. A tus accionistas, tus competidores, tus subordinados, lo más importante, a tus hijos.

Pino Bethencourt

Experta en liderazgo y crecimiento personal.

Fundadora The LeadWithoutWords Group.

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