Nuestra hora en el escenario

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Richard Vaughan| Madrid

«La vida no es más que una sombra que camina…un pobre cómico que se pavonea y agita durante su única hora en el escenario para después desaparecer y pasar al olvido». Estamos ante una de las partes del soliloquio de Macbeth, una meditación pesimista que dibuja la vida como un acontecer trágico, lleno de desesperanza y sin salida.

¿Así es cómo debemos entender y percibir nuestra existencia? ¿Estamos tan a merced de los acontecimientos? Ya que sólo tenemos una hora simbólica en este escenario imaginario, ¿debemos claudicar y ver la vida pasar entre bastidores?

Esta maravillosa escena de Macbeth, ideada por uno de los cerebros más brillantes y clarividentes de la literatura universal, William Shakespeare encierra una reflexión de gran belleza que sirve para explicar y darle forma al espectro de la condición humana, sus comportamientos, planteamientos y opciones vitales.

Estas disertaciones rescatadas del tiempo están tan vigentes ahora como entonces y nos sirven para confrontarnos con nosotros mismos y proponernos un análisis de las actitudes que manifestamos en nuestra vida. El mundo es un abanico de emocionantes oportunidades esperando a aquellos que adopten las actitudes apropiadas. Nosotros decidimos si optamos por consumirnos en la apatía y en una sensación de impotencia ante lo que acontece o nos inclinamos por aprovechar cada instante de esta hora que tenemos para darle significado y propósito a nuestra existencia. Cada persona elabora una representación del mundo, un mapa de ruta, en función del cual piensa, siente, actúa, decide y reacciona. Las personas negativas, que confunden pesimismo con realidad y a las que nada les conviene, aparte de ser un pesado lastre que acaba cansando al resto, suelen ser personas más rutinarias, poco dadas a las soluciones creativas y enemigas de la evolución.

En cambio, las personas positivas son equilibradas y serenas. Demuestran cercanía y sensibilidad y disponen de una mente poderosa que siempre busca soluciones y alternativas prácticas. Son flexibles y tenaces y no se torturan por los errores cometidos, sino que aprenden de ellos. Tampoco viven atormentados por sus carencias o debilidades y tratan de perfeccionarlas hasta convertirlas en fortalezas. Sustituyen los pensamientos destructivos por otros optimistas, enérgicos y constructivos y saben estar en paz consigo mismo. Y por último, y muy importante, reconocen la importancia de la imaginación y saben canalizarla por los circuitos adecuados para crear futuros prometedores y brillantes.

El poder de las ideas, la demostración de la creatividad, el ingenio, la intuición y la inspiración son las armas que nos ayudan a soñar futuros y alcanzarlos, más allá de las reducidas cotas de realidad con las que nos solemos conformar.

La imaginación es una catapulta de evolución personal y empresarial. Las personas que son capaces de ejercitar la imaginación constructiva son personas positivas y originales, sensibles hacia lo que les rodea, proclives a afrontar retos, portadores de una actitud flexible y dotados de una gran capacidad de síntesis. Todas éstas son capacidades necesarias para la innovación.

Si para Aristóteles la imaginación es la activación de las facultades internas del hombre, tenemos que aprender a estar ilusionados y a difundir buenas vibraciones a nuestro alrededor. Vayamos, pues, a «esa región del alfabeto situada más allá de la Z» para sorprendernos de todo lo que hay allí. Las limitaciones sólo existen en nuestra mente y están apoyadas en cimientos irreales. Si te atreves a derribarlos, verás el cambio y podrás volar hasta el infinito y más allá. El escritor inglés G. K. Chesterton dijo que «no hay reglas de arquitectura para los castillos en el aire». Pues si es así, entonces construye castillos y, después, trabaja incansablemente para dotarlos de unos buenos cimientos de apoyo.

© Richard Vaughan

Presidente de Grupo Vaughan

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