Montañas que nos hablan de liderazgo

Pino  Bethencourt | 13 de abril de 2015

Si mis cálculos no me fallan, cuando lea estas líneas yo estaré caminando por las montañas del Macizo de Ayllón con un grupo de ejecutivos holandeses. Es la primera vez que la reputada “Foundation for Natural Leadership” holandesa realiza uno de sus programas en España, aunque hace ya diez años que nuestros colegas europeos, tan avanzados en aspectos de liderazgo, vieron el potencial oculto de las montañas.

Caminaremos en silencio durante cuatro días seguidos. Los móviles y demás cacharros electrónicos habrán quedado guardados para nuestra vuelta a la civilización, dejándonos perdernos del todo en la montaña, y –lo más importante—en nosotros mismos. Llevaremos diarios para escribir nuestros pensamientos sobre quiénes somos, qué queremos lograr en nuestras empresas, qué obstáculos nos frustran y qué pasiones nos empujan a seguir aprendiendo a ser mejores personas. Mejores líderes.

Repetiremos rituales tan viejos que nadie sabe a quién se le ocurrieron, o de qué lugar remoto llegaron prácticas tan sencillas como hablar de intimidades frente a una fogata. Probablemente nos contaremos secretos de los que nunca les cuentas a los que más te conocen o más te ven a diario. Dudas prohibidas sobre tu habilidad para mirarte al espejo sin resquemores cada mañana. Miedos que solo puedes compartir con extraños que no te conocen de nada y que han prometido guardar silencio sobre lo vivido juntos en este viaje de montaña.

Quizás estés pensando lo mismo que toda mi familia, que lleva semanas riéndose de mí y del pedazo de cuelgue que debo de tener para tirarme cuatro días en uno de los rincones más despoblados de toda Europa. Quizás me darías la misma mirada sorprendida y aprensiva que sorprendo en clientes y colegas cuando les cuento que este programa integra la tecnología más avanzada que existe sobre el aprendizaje del liderazgo, el cambio de hábitos duraderos y el crecimiento personal. No te preocupes. Ríete todo lo que quieras. Yo pienso reírme mucho también de mis aventuras en la montaña.

Pero cuando se te pase la risa seguro que sentirás un poco de envidia. Envidia de la libertad que da una excursión como esta. Envidia de la libertad que requiere escaparse de la civilización, el progreso y la esclavitud constante de los medios y las redes sociales. Envidia de algo que no entiendes muy bien, pero que sientes como legítimamente tuyo. Como un recuerdo perdido de algo que solías disfrutar muchísimo por motivos imposibles de explicar. Aunque nunca hayas ido realmente a la montaña.

Y es que el cuerpo humano está diseñado para enfrentarse, retarse y crecerse en la Naturaleza. El ser humano es el producto de millones de años de combate con la montaña y sus criaturas más salvajes. El Homo Sapiens lidera el mundo porque ganó la batalla evolutiva por la supervivencia en un entorno que, hasta hace poco más de diez mil años, no era tan distinto de las montañas deshabitadas del Macizo de Ayllón.

Por eso te resulta tan familiar. Por eso es apetecible. Aunque nos hayamos llenado de tics histéricos de civilizados comodones acostumbrados a cafés de máquina y comida rápida. En el fondo de nosotros, de todos nosotros, late aún ese instinto de juego y curiosidad que fundamenta todos los aprendizajes inolvidables de la vida. Igual que los bebés aprenden a velocidades impresionantes a fuerza de tomarse la vida como un juego continuo, los ejecutivos comprenden lo que es liderazgo con mayúsculas retándose a sí mismos en aventuras de montaña.

El primer principio es este: aprender a cambiar hábitos del mismo modo que aprendimos a crearlos en primera instancia, con juego y aventura. El segundo principio es la profunda reflexión que genera el silencio, la simplicidad y la cruda Naturaleza. Parece que la mente se expande y se relaja cuando se va alejando de la gran ciudad. Y a medida que las piernas van dejando kilómetros tras de sí, el cuerpo se ablanda y se hace más sensible, más honesto, más presente en cada instante.

La verborrea repetitiva del estrés cotidiano se diluye para dar paso a cuestiones más fundamentales sobre la estrategia de tu empresa, las tensiones de tu equipo y las insatisfacciones de tu fuerza laboral. Dejas de resolver problemas repetitivos como una cajera del supermercado cuyas colas de clientes enfadados nunca terminan, y empiezas a ver tu profesión, tu carácter y tu vida con una lucidez desconocida. Ves tu liderazgo, y lo más valioso, empiezas a admitir también tus faltas de liderazgo.

El tercer principio es el espejo que te da la propia montaña. No solo te inspira con horizontes remotos llenos de belleza intemporal. La misma que contemplaron nuestros padres, abuelos y demás ancestros. También te vuelve más sensible, más reactivo a los miles de fenómenos espontáneos de vida y muerte que se repiten a nuestro alrededor en el silencio alejado del ruido civilizado de twitter y el email. Te suben lágrimas a los ojos por todo y por nada: por recuerdos tristes, por batallas perdidas, pero también por pura alegría frente al misterio de lo salvaje.

En cada paso que das en la montaña pones a prueba toda tu habilidad contra el tirón de la gravedad y la resistencia de la tierra. No del modo manido y manipulado que tanto practicas en los rascacielos acristalados de tu oficina. No. De un modo nuevo e inmediato que te sorprende y se ríe de tus pequeños truquitos de aprendiz de manager. El modo en el que apoyas el pie aquí, cómo sorteas el obstáculo ahí, de qué modo te enfrentas al riachuelo que todos cruzan como si nada y a ti te seca la boca. Todas estas pruebas físicas delatan tu modo de responder a los retos de la vida y de los negocios. Te muestran tu tendencia a ir demasiado rápido en las negociaciones con clientes, o tu habilidad para construir grandes planes estratégicos tan despegados de la realidad futura como escurridizos resbalan tus pies sobre el terreno irregular de la montaña.

Todo lo que te pasa en la montaña –y no hace falta ponerse a subir paredes empinadas en plan hiperman, ¡ni mucho menos!–, te está dando pistas sobre cómo te enfrentas a tus retos profesionales en el día a día. Es el mismo cuerpo. Es la misma lógica instintiva la que interpreta la reunión con los accionistas para ampliar capital en la ciudad y ahora calcula el impulso físico necesario para saltar sobre el agua hasta la piedra aparentemente alejada. Solo que aquí en la Naturaleza no puedes inventarte todas las excusas razonadas que tan bien te engañan en tu vida normal. Aquí no te queda más remedio que admitir que te has pasado de listo, o te has quedado corto de esfuerzo, o estás sintiendo un miedo que no te deja pensar. Aquí no hay máscaras ni mentiras. No hay coaches comprensivos ni jefes paternales. Aquí sólo hay cruda realidad.

Aprender a liderar así es mucho más rápido y económico que marear la perdiz en charlas y talleres de habilidades bien intencionados en el despacho. Es dejarte de teorías bonitas, que ya sabemos tú, yo, y el formador del taller que no funcionan, y pasar a la práctica más básica, más vital, y francamente, mucho más emocionante.

Esto es lo que los ejecutivos Holandeses entienden mejor que muchos españoles ahora mismo. Que la montaña nos enseña la verdad sobre nosotros mismos, y si nos atrevemos a mirar esta verdad, escribirla y razonarla en nuestros diarios, y compartirla con nuestros compañeros de camino, la transformamos sin siquiera intentarlo. Igual que un bebé aprende a andar sin proponérselo intencionadamente. Aprovechamos las dinámicas de auto-corrección más antiguas y poderosas del impresionante cerebro Homo Sapiens para crecer y cambiar.

Y ya si llegas al punto de dejarte acariciar por los símbolos y coincidencias casi mágicas que te ofrece la montaña, en la más pura apertura a la ‘sincronicidad’ popularizada por Joseph Jarowsky, pues vuelves lleno de ideas, inspiraciones y ganas insaciables de conquistar el mundo…de un modo mucho más amable y sostenible que antes.

Por algo nuestros primeros ancestros conversaban con las piedras, observaban los animales y se ensoñaban con las montañas. Así pasaban de jovencitos impulsivos e idiotas a convertirse en grandiosos guerreros,  expertos y sabios. A ver si nos aplicamos el cuento de nuevo, y le damos las gracias a nuestras generosas maestras, las montañas.

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