La consciencia de un CEO

Pino  Bethencourt | 7 de septiembre de 2015

La creciente crisis de inmigración hacia la supuesta tierra dorada de Europa pesa sobre nuestras conciencias estos días. Ahora que los números de refugiados de la guerra son tantos miles y es imposible no verlos, nos vemos obligados a sentir un drama que sólo se ha hecho más presente, pero que lleva ahí mucho, mucho tiempo.

Los límites entre lo que sabemos y lo que no sabemos delimitan nuestra conciencia. Yo soy lo que conozco, y lo que no veo, aunque sea mío, como que no me preocupa. El reputado filósofo Ken Wilber ya escribió un bestseller en 1979 llamado “La conciencia sin fronteras”, donde argumentaba que el camino del crecimiento pasaba por romper las barraras y separaciones en nuestro interior. Wilber también explicó que en la antigüedad la conciencia de las tribus más primitivas se limitaba a la pequeña parcela del mundo que habitaban y la historia de sus propios ascendentes tribales.

Hoy, en cambio, nuestra conciencia abarca la historia desde sus principios, compartida a través de libros y tratados. E integra a todas las zonas geográficas del mundo, puesto que nos enteramos de lo que ocurre al otro lado del planeta en cuestión de minutos, gracias a Internet y las redes sociales. Nuestra conciencia es más grande que la que tenían nuestros padres o abuelos. Las imágenes en las noticias de familias enteras viajando a pie por tierra y mar, sin embargo, nos hacen sentir lo muy pequeños que en realidad somos en este mundo de locos adictos a guerrear.

A menudo bromeo en conferencias cuando explico que el lóbulo prefrontal del córtex, el cimiento de nuestra conciencia de nosotros mismos, es el CEO del cerebro. Como todo CEO, cree que sabe tolo lo que ocurre en su organización. También como todo CEO, no se entera de los problemas internos hasta que explotan. Mientras el lóbulo prefrontal de nuestro cerebro está ocupado con lo que ocurre fuera de nosotros, el sistema límbico, el bulbo raquídeo y todo el sistema nervioso autónomo estén de cháchara continua sobre lo que sentimos, cómo lo sentimos, lo que alteró al corazón y aceleró los niveles de bilis, “qué fuerte que el CEO sigue sin darse cuenta”, etc.

[pullquote]El lóbulo prefrontal del córtex, el cimiento de nuestra conciencia de nosotros mismos, es el CEO del cerebro[/pullquote]

Más que nunca, la obligación de todo CEO, o mejor dicho, de todo CEO que aspire a ser un buen líder, es incrementar su consciencia en todo lo posible. Tanto hacia dentro y abajo (a todas esas cosas raras que acontecen bajo el cuello), como hacia afuera: a todas esas cosas terribles que se desarrollan más allá de las fronteras de su empresa, su mercado y su país. El mundo está demasiado conectado financiera, económica y terrorísticamente como para no mirar.

Cuando miramos atrás en la historia, muy atrás, nos enteramos de que entre 8.000 y 4.500 años A.C. existieron varias civilizaciones pacíficas donde todo se enfocaba a crear, querer, disfrutar y adorar la vida. Las antiguas ciudades de Catal Huyuk, Hacilar y Knossos en Creta dejaron testigo de varios siglos de desarrollo tecnológico tranquilo y feliz. Hasta que aparecieron las hordas invasoras Indo-Europeas o Arias y lo arrasaron todo.

[pullquote]El mundo está demasiado conectado financiera, económica y terrorísticamente como para no mirar.[/pullquote]

Mientras los ciudadanos inocentes de estas primeras ciudades neolíticas estudiaban los metales para moldear estatuas de diosas fértiles y rituales de celebración de la vida, unos pocos nómadas violentos se habían juntado en rincones oscuros y distantes del mundo como bandas de ladrones o mafias de la inmigración. Su estudio de los metales iba encaminado a fabricar armas, destruir poblados y someter mujeres hasta convertirlas en ganado sumiso. Las espadas más gordas ganaron la batalla contra la inocencia pacífica una y otra vez hasta que, hoy en día, seguimos contemplando como unos pocos bestias violentos esclavizan al mundo con su infantil crueldad.

La gran diferencia es que un CEO de entonces no tenía modo alguno de saber lo que se estaba cociendo más allá de sus fronteras, y cada noticia tardaba meses en llegar, si es que alguien sobrevivía para contarlo. Nosotros hoy día, por el contrario, lo tenemos igual de difícil para no enterarnos en menos de 24 horas.

¿Qué estamos haciendo nosotros que promueve este patrón de violencia destructiva en nuestra propia empresa? ¿Con quién hacemos negocios sabiendo que no es trigo limpio? ¿En qué ocasiones nos hacemos los ciegos o miramos a otro lado? ¿Qué actitudes violentas promovemos nosotros mismos con lenguajes más civilizados de primer mundo? ¿Qué linchamientos públicos provocamos en contra de este o aquél cuando nadie nos ha pedido que hagamos de juez?

Los “pocos bestias violentos” no están todos viviendo en los focos de destrucción. Para que ellos peguen tiros, alguien tiene que venderles las armas, alguien tiene que comprar drogas o corromper instituciones…y muchos tenemos que esconder la cabeza en el suelo como avestruces. Como niños que se sienten demasiado pequeños frente al enorme mundo mundial.

Respiremos todos hondo y enterémonos de todo eso que ocurre bajo nuestro cuello. Extendamos nuestra consciencia para encontrar y derrumbar las fronteras internas que aún nos atrapan en errores repetidos, y veremos cómo nos crecemos poco a poco. Cuanto más conscientes nos hagamos todos del dolor que dejan las guerras, menos ganas habrá de volver a levantar una espada de violencia. Integrando las dudas, los dolores y las oscuridades seremos líderes más grandes de un mundo más conectado y consciente del precio pagado por encontrar la paz.

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