Reacciona: algo va mal

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José Manuel Chapado | Madrid

Socio de ISAVIA y autor de Vértigo
@jmchapado

 

Narraba en su biografía el bueno de Gila que nació en el seno de una familia humilde cuando su madre se había ido a hacer la compra. De hecho, tuvo que bajar las escaleras para prevenir a la portera: «señora Juana, que soy yo, que ya he nacido». Cuando regresó su madre, le reprendió duramente: «que sea la última vez que se te ocurra nacer solo».

Aquel humor negro y surrealista de Gila era inigualable. Proseguía la narración describiendo a su familia: «siete hermanos, mi madre, mi padre, la abuela, una vaca lechera en la terraza y un señor de marrón que vivía en el pasillo y que nunca supimos cómo se llamaba». Siempre me sorprendió ese señor de marrón. Lo que nunca pude imaginar entonces era que en un momento como el actual iba a ser capaz de ponerle cara y nombre. Muchas caras y muchos nombres.

Miro alrededor, en el interior de muchas organizaciones para las que trabajo, y observo con asombro y decepción ejércitos de pusilánimes señores de marrón que vegetan en los pasillos de esas empresas. Muchos de ellos, además, son directivos. Es fácil reconocerlos. Son seres inertes, incapaces de reconocer y enfrentar la realidad. Tienen miedo. Mejor dicho, sufren miedo. Un miedo que les paraliza.

Alguien les dijo en su día que su función era gestionar, coordinar, acoplar, ajustar… O quizá no, puede que nadie se lo dijera, pero fue lo que ellos quisieron escuchar. Por eso, hoy no se sienten capaces de liderar, impulsar, crear, dirigir, conducir, seducir, motivar, provocar… En una palabra, no son capaces de decidir, de reaccionar.

En una convención comercial escuché a uno de sus responsables pedir más compromiso a los suyos. Así, sin más. Sin ninguna otra decisión. Eso y nada es lo mismo. Ejemplo de cobarde señor de marrón que vegeta en su puesto directivo esperando a que el temporal escampe. Eso no es lo que se espera de él, o al menos no es lo que yo esperaría si fuese el accionista de la compañía.

Yo quisiera agarrarle de las solapas y zarandearle para que reaccionase y tomara decisiones. Si los números no dan, haz algo. Elimina unos productos e invierte en otros. Explora nuevos canales de distribución y comercialización. Inventa aplicaciones distintas. Valora la expansión en nuevos mercados. Cambia comerciales por exportadores. No sé. ¡Algo!

Otra modalidad de decisiones vegetativas son los recortes lineales. La situación exige reducir el gasto en un 5%, por ejemplo, y alguien aplica un recorte lineal en todos los departamentos. Así, sin más. A veces, esta cobarde actitud impacta en el empleo: que todas las áreas adelgacen en un 5% la plantilla. Éste es otro ejemplo de decisiones que no son tales y es propio de directivos que sólo buscan y no deciden, de profesionales que no asumen su responsabilidad, de funciones que no se ejercen, de avestruces que esconden la cabeza bajo el ala.

Nada es más injusto que tratar igual situaciones desiguales. Pongamos por caso la congelación de los salarios de la función pública. En el sector público sobran muchos. Y otros muchos merecen ser reconocidos y actualizados salarialmente muy por encima de la inflación. Hay capítulos presupuestarios que deben ser seccionados sin más, y otros, como el I+D+i, que deben ser objeto de una apuesta decidida en forma de inversión valiente.

Estamos repletos de ejemplos de inacción. De gente cobarde. Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra. No sólo los políticos y directivos sufren este cáncer. Si un trabajador, del sector privado o público, reconoce que su trabajo no aporta a la consecución del resultado colectivo, se calla como un canalla. Queda aletargado, con la esperanza de que nadie más se dé cuenta. Cuanto menos se mueva, mejor. «Ya escampará», piensa.

Claro está que si un político, un directivo o un trabajador proponen decisiones valientes toman riesgos. Esto es ponerse en el centro de la diana de las críticas, pero también es ponerse al frente en el ejercicio responsable de su función. Es liderar, es asumir. Las grandes decisiones son también grandes renuncias.

La primera renuncia que nos exige la situación actual es no seguir permitiendo liderazgos diluidos que ni son liderazgos ni son nada. Decide y reacciona. Sólo hay una cosa que no te puedes permitir: seguir haciendo más de lo mismo. O lo que es igual, no hacer nada.

Ponte al frente. Afronta las riendas de tu destino. Ejerce de manera valiente tu responsabilidad. Es fácil eludir la responsabilidad, pero no es posible eludir las consecuencias de haberla eludido. Hay momentos o situaciones cuyas consecuencias nos desbordan. Sentirse así es humano y comprensible. Ahora bien, en nuestra mano está el querer y saber reaccionar. No es aceptable la búsqueda de terceros como culpables, ni la de excusas que justifiquen nuestra falta de decisión. Ni lloros, ni frustraciones, ni cobardía, ni esperpentos… No se llora cuando el lamento deja paso a la acción.

Gila no sabía cómo se llamaba aquel señor de marrón que vivía en el pasillo de su casa. Pero yo sí sé a quién me recuerdan tantos directivos y profesionales que vegetan en nuestras organizaciones sin tomar decisiones. Son ejércitos de Pilatos. Quieren no mancharse las manos, pero no lo consiguen.

¡Atrévete y actúa!

José Manuel Chapado es socio de ISAVIA, conferenciante y autor del libro Vértigo

 

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