¿Y el fin de la violencia para cuándo?

Pino Bethencourt Gallagher | 22 de julio de 2016

iempre había oído que la jungla y los animales salvajes eran muy violentos. Expresiones como “la ley del más fuerte”, “sólo puede quedar uno”, y “esto es una jungla” parecían indicar que los animales salvajes eran brutales en su violencia. Mucho más que nosotros. Ahora sé que esto no era más que pura imaginación colectiva. Y que los más violentos del mundo somos, sin duda alguna, los humanos modernos.

Acabo de leer que unos Sirios han hecho un vídeo decapitando a un niño de doce años. Lo han filmado y presumen de ello en internet. Este mes nos ha dejado demasiadas noticias de atentados terroristas terribles en media Europa. Pero por si a alguno se nos ocurre pensar que esto son cosas de otros países “menos evolucionados” que nosotros, ya están unos Sevillanos en los San Fermines dispuestos a violar a una chica de diecinueve años, y también filmarlo en vídeo para presumir de su hazaña.

No olvidemos las lamentables imágenes de violencia gratuita y bastante alcoholizada que vimos durante la Eurocopa. O las burradas viles y crueles que algunos amantes de los animales escribieron en twitter sobre la muerte del torero.  Y bueno, el que coja un coche en Madrid que se prepare para que le empujen impacientemente por detrás, le piten, le insulten y hasta le amenacen con volantazos violentos para ahorrarse cinco minutos en el trayecto a casa o al trabajo. Nuestra sociedad está inundada de violencia sin control, tanto en nuestro comportamiento como en nuestras palabras. Y no tengo yo tan claro que la violencia verbal sea mucho mejor que la violencia física. Verdades como puños y palabras que son dagas. ¡Uff!

Ningún otro animal muestra más rabia o agresión de la estrictamente necesaria para alimentarse y sobrevivir. De hecho muchos instintos de caza animales buscan la muerte más rápida, y por ende menos dolorosa, posible. Los halcones golpean a su presa en la nuca con el pico. Los perros sacuden a su presa para romperles el cuello en una sacudida. Cualquier vistazo a culturas indígenas ancestrales también dibuja modos de cazar animales piadosas y agradecidas con su sacrificio. Los Nabis de la película de Avatar mostraban algo del estilo.

¿Entonces qué nos pasa? ¿Por qué hay tanta violencia completamente excesiva en nuestra sociedad?

El problema es nuestra propia negación del instinto natural de agresión. Desde que nos hicimos inteligentes decidimos que dar golpes era malo, y procuramos dejar de darlos a toda costa. Así nos juzgamos negativamente a nosotros mismos cada vez que tenemos un pensamiento conflictivo o un impulso de agresión. Pasarnos muchos siglos diciendo que los animales y los indígenas eran terriblemente salvajes, brutales y animales –valga la redundancia – delata precisamente nuestra represión a toda costa de lo que hemos considerado “malo” y pecaminoso.

En mi trabajo como coach repito muchísimas veces las instrucciones para enseñar a mis clientes a soltar su rabia de un modo seguro y efectivo. Porque el instinto de agresión, y la rabia, no son ni buenos ni malos, sino una respuesta natural del cuerpo humano destinada a coger lo que es suyo: Coger la comida que necesita para alimentarse, defender su territorio frente a las amenazas, ejercer superioridad jerárquica sin tener que liarse a palos con nadie. Entre los animales, y digo esto porque vivo con tres perros y trabajo mucho con caballos, una mirada rabiosa – o asesina si hace falta – es suficiente para evitar un encontronazo que le saldrá caro al menos a uno de los dos.

¿Qué es la violencia típica del humano moderno? Es una deformación reprimida, revertida y sublevada contra nosotros mismos de la rabia que no nos permitimos expresar de modo sano, natural y efectivo. La rabia que no sale cuando y como debe, se concentra, se retuerce, se entumece, y se expresa en violencia déspota, hasta sociópata, como la que inunda nuestro cotidiano.

Cuando algo o alguien nos provoca rabia lo mejor que podemos hacer es expresarla físicamente. Es decir, sacarla de cuello para abajo. Cuantos más músculos estén implicados en la expresión de dicha emoción, más liberadora es su expresión. Patadas, puñetazos, gruñidos, apretones de manos y gritos descontrolados. PERO. Hay que hacerlo en un espacio donde no afecte a nadie más. Donde no tenga consecuencias negativas para los demás ni para nosotros mismos.

Yo mando a muchos clientes a boxear, o más bien, a dar golpes contra una bolsa de entrenamiento de boxeo. Les invito a pensar en la persona, la circunstancia o el hecho que les provoca ese sentimiento. Esta es la otra clave de una expresión segura y efectiva. Tenemos que admitir el motivo de nuestra rabia y conectar lo que estamos haciendo con lo que sentimos y lo que pensamos.

Liarse a patadas contra un árbol mientras pensamos en contar calorías no sirve para nada más que para consumir calorías. Al conectar la acción, la emoción y el pensamiento, sin embargo, se cierra un circuito de expresión de rabia que se disuelve y se libera. Me recuerda a las hileras de cubitos del tetrix que desaparecían si conseguías alinear las piezas sin dejar huecos. Esa rabia desaparece, los músculos se relajan, y con la práctica no sólo mejoran dolores crónicos, sino que el carácter de la persona se suaviza claramente.

Para nuestro jefe, nuestra pareja o nuestros hijos es mil veces más deseable que nosotros rabiemos “contra ellos” estando solos frente a una bolsa de boxeo. No es nada deseable ni sano que nos aguantemos las ganas por culpa, juicio moral y demás pamplinas modernas, y luego explotemos contra quien menos culpa tiene en el momento menos propicio: insultando en las redes sociales, conduciendo como energúmenos, maltratando a los empleados de la gasolinera o el restaurante o la oficina de correos, o siendo insoportablemente gruñones con los niños o el perro al llegar a casa.

Quien dice bolsa de boxeo dice colchón de la cama, cojines y demás muebles blanditos. Todo lo que sean impactos físicos es válido mientras estemos pensando en lo que nos hace rabiar. Correr o nadar también valen. Y el libro de ejercicios de terapia bioenergética de Alexander Lowen está lleno de variantes sanas, seguras y muy liberadoras.

Mientras sigamos descargando nuestra rabia contenida o congelada sobre otras personas la violencia no hará más que crecer. La violencia siempre genera más violencia. Incluso la violencia que pretende controlar la violencia de otros. Los hijos de los asesinados por un bando siempre vuelven a vengarse después, impulsados por rabia ciega.

El fin de la violencia penosa y tan destructiva de los humanos modernos llegará cuando cada uno nos hagamos cargo de nuestra propia rabia y aprendamos a expresarla de este modo responsable. A ratitos. No hay meditación más constructiva que esta. Hay tanto meditador profesional empeñado en controlar su rabia con mantras y silencio quieto durante horas. Luego te dicen que meditan todas las mañanas y piensas: “¡Pues menos mal bonito! ¿Cómo estarías si no?”

En mi trabajo con caballos sorprendo a muchos directivos intentando dar una instrucción al caballo y enfadándose porque el caballo les chotea. Los ningunea porque no les importa un bledo su argumentación lógica de ejecutivo inteligente. Sencillamente no expresan la rabia justificada por la juguetona provocación del equino. A lo mejor chillan, bailan la jota y profieren todo tipo de insultos. Pero su voz es plana y superficial. Su mirada no asusta. Su cuerpo no se mueve con su supuesta emoción. Es como el programa Masterchef. Todo está escenificado, actuado y manipulado. No sale rabia auténtica. Tan sólo un sucedáneo.

Pues esto es lo que nos pasa. Que chillamos poco cuando hace falta y luego destrozamos y destruimos sin pensarlo en el momento más insospechado. Reprimimos nuestra rabia a todas horas con juicios morales e intentos de ser “buena gente”, y luego ella se escapa a nuestro control en cuanto nos despistamos. Arrasa con todo lo que se le pone por medio.

El fin de la violencia va a tardar aún algún tiempo en llegar. Hay demasiados juicios “civilizados” en nuestro entorno. Tenemos demasiada rabia inconsciente acumulada en los músculos. La nuestra, la de nuestros padres y abuelos. La de tantas generaciones que tampoco se permitieron expresarla y se limitaron a pasárnosla sin querer en todos esos gestos e impulsos que hacían cuando ya no podían más de ser “buenos” padres y sus hijos les copiaban como esponjas.

Pero más vale tarde que nunca. Por el bien de nuestros hijos. Por nuestra propia salud mental y física. Aprendamos a expresar rabia como adultos animales: responsables, auténticos y naturales. Y dejemos los juicios morales para los rabiosos reprimidos, ¿ok?

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