Einstein, la relatividad del liderazgo

Alba Paz

Albert Einstein fue una de las mentes más brillantes del siglo XX. El hombre de las mil facetas con un gran sentido del humor, un carácter apacible y siempre motivado por un deseo innato de aprender y crear nuevos descubrimientos. Así es el creador de la teoría de la relatividad.

Einstein nació en 1879 en una ciudad alemana situada al borde del Danubio llamada Ulm. Su infancia fue prácticamente buena, aunque ya presentaba dificultades a la hora de expresarse y relacionarse con los demás. Aun así, era un niño muy serio, paciente y metódico, características que arrastraría a lo largo de su vida. Gracias a su tío Jacob se adentró en el mundo de la ciencia y más concretamente en el estudio del álgebra. Más tarde su padre creó un pequeño taller para realizar diferentes experimentos científicos.

Su juventud estuvo marcada desde el principio por el caos ocasionado por el cambio de vivienda de sus padres, desde Alemania hasta Italia para desarrollar una nueva vida. Einstein, que en ese momento cursaba el bachillerato, se quedó en la ciudad solo hasta que definitivamente decidió abandonar sus estudios y marchase de nuevo con su familia. Esto le llevo a empezar a trabajar  como funcionario en la Oficina Federal de Patentes en Berna.

Un año después contrajo matrimonio con Mileva Maric con la que tuvo dos hijos. Su vida familiar estuvo marcada por la distancia con su mujer con la que llegó a divorciarse años después tras una convivencia difícil entre ambos. Con sus hijos tuvo una relación muy parecida hasta llegar al punto de abandonarlos completamente. Durante esta etapa siguió formándose y consiguió su primer diploma de profesor de matemáticas y física.

En 1916 llegó su obra maestra: la teoría de la relatividad general. A partir de este momento comenzaron a salir sus beneficiarios y sus detractores. Le acusaron de ateo, aunque él luchaba por su proyecto y no se daba fácilmente por vencido. Era un hombre que nunca buscaba el conflicto, pero se enfrentaba a él sin miedo. El amor, en estos momentos difíciles, volvió a su vida y se casó con su prima Elsa.

En 1921 recibe el Premio Nobel de Física en una etapa de revolución tecnología y cambios innovadores. En los diez años siguientes se ve obligado a exiliar a diferentes países, aunque fue muy bien recibido en EEUU donde sacó su parte más gentil y acogedora. Aquí es donde muere en 1955 tras retirarse de la docencia.

No todo el mundo piensa que ésta pueda ser la verdadera personalidad de un genio de la ciencia, pero sin duda tener una mente brillante supone tener una vida marcada por las irregularidades y las habladurías.

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