Albert Rivera: el liderazgo líquido

Albert Rivera Fotografía | El Plural

Especial Elecciones 10N. A menos de un mes para unos nuevos comicios, ponemos el foco en el líder de la formación Ciudadanos, Albert Rivera. El profesor titular de la Universidad Europea de Madrid, Moisés Ruiz, analiza su figura desde el punto de vista del liderazgo.

La noticia de la nueva convocatoria electoral ha despertado en Albert Rivera su lado más populista. Es un líder político que históricamente ha buscado el efecto en sus acciones. Intenta seducir al votante con hechos que conlleven consecuencias y así guiarle a la reflexión de una conclusión que ha sido previamente incluida de manera colateral en el mensaje.

En términos científicos a esta manera de comunicar se le llama persuasión indirecta. Y en el liderazgo político adquiere una dimensión efectista ya que busca llegar al lector a través de sugerencias implícitas. Un buen ejemplo de ello ha sido la presentación de la moción de censura al Presidente de la Generalitat, Joaquin Torra. Era evidente que no había la más mínima posibilidad de que prosperase. Pero el efecto de ver al líder de los socialistas catalanes, Miquel Iceta, votando abstención junto a todo su grupo de parlamentarios era merecedor de librar esta derrota. Indirectamente se trataba de presentar al PSC como colaborador con el independentismo con el consiguiente daño que eso podía suponer al presidente Pedro Sánchez, que tiene en el socialismo catalán un buen aliado.

El liderazgo efectista de Albert Rivera nace en la campaña autonómica de 2006 cuando se presentó desnudo en un cartel electoral con el lema “sólo nos importan las personas, nos importas tú”. El impacto visual fue demoledor, Ciudadanos como partido tomó rápida presencia en la mente del votante que no recordaba tanto el mensaje directo y sí el indirecto asociado al cuerpo desnudo.

«¿Qué tipo de líder es Albert Rivera?»

Es Albert Rivera un líder natural, de fácil y veloz lenguaje, le gusta sobrecarga de palabras sus mensajes con la intención de decirlo todo en poco tiempo. Abusa de la exageración cuando se trata de definir a sus rivales, y es más concreto cuando se trata de definir a los suyos.

El riesgo del efectismo es acabar siendo dominado por el propio mensaje y variarlo según los acontecimientos dispongan. En política se traduce por dejar que las encuestas elaboren la estrategia de actuación. Por estos surcos ha sembrado Albert Rivera el 2019.

En abril era imprescindible elevar el tono del mensaje porque los análisis internos decían que existía la amenaza clara de traslado de votos al partido VOX y en octubre, calma su irritación pasando del no al pacto de Gobierno al es posible porque hay preocupación por la fuga de papeletas al PSOE y al PP.

Son cambios que confunden al votante con la percepción del líder. La solidez es una virtud inexorable en el liderazgo político. Pero Albert Rivera que muestra una presencia moderna ha vinculado su intuición por la senda líquida de Zygmunt Bauman (sociólogo creador del término generación líquida) donde no todo es lo que parece y aquello que existe hay que reemplazarlo por lo que puedas diseñar.

Un líder de diseño con el que, a buen seguro, te gustaría ir a cenar porque disfrutarías de una entretenida conversación, pero nunca podrías adelantar que va a pedir de segundo porque puede variar su elección según considere que, en ese momento, deba diseñar la realidad.

Todo cambia de un momento a otro, somos conscientes de que somos cambiables y por lo tanto tenemos miedo de fijar nada para siempre. Eso debe pensar Albert Rivera cuando decide qué hacer. En 2016 decidió pactar para gobernar con el mismo político que en 2019 decidió no hacerlo y antes de acabar el año está abierto a consensuar de nuevo.

Modernidad líquida

Esta manera de guiar en el liderazgo político no es nueva, ya en el siglo pasado el politólogo Maurice Duverger acuñó el término de partidos electoralistas que se movían en el interés de mantener poder e influencia.

Unos siglos antes, pensadores de la talla de Rousseau o Voltaire entendieron que el antiguo régimen no funcionaba y decidieron que había que rehacerlo de nuevo. La diferencia con lo de hoy es que ese cambio respondía a la idea de construir algo resistente para siempre. Era el tiempo de la modernidad sólida.
En los liderazgos efectistas prima lo actual, lo líquido, lo que pretende ser evidente a través de un mensaje rápido que permanezca durante un tiempo, el suficiente para pensar en que algo nuevo puede estar modificando todo lo anterior.

Albert Rivera a pesar de sus contradicciones, de su liquidez en el mensaje, de su carpe díem electoral y “luego se verá”, seguirá siendo una persona con la que te gustaría coincidir al lado del avión en un viaje transoceánico.

Moisés Ruiz | Profesor Senior Titular de la Universidad Europea de Madrid y experto en liderazgo

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